Por las calles de la ciudad va mi amor / Poco importa dónde vaya en el tiempo dividido / Ya no es mi amor / cualquiera puede hablarle. Estas líneas de René Char retumban ahora en la cabeza de Allende. Ya es de noche. Ha cruzado la Avenida de la Ilustración en dirección al Barrio del Pilar. Ahí, los chavales jóvenes con los que se cruza, las parejas jóvenes hacia la caída de la tarde, le hacen sentir una intensa nostalgia que Allende, severamente, juzga negativa. Es la melancolía, siempre mala, que Emilia detesta. Apresura el paso, huele a hierba y las farolas color zanahoria le hacen sentirse como en una ciudad extranjera de pronto. Una ciudad los confines de cuyos barrios azulean al fondo, jalbegados y enramados por las siluetas crepusculares de los faunos, los dioses. Allende hubiera querido salir a la calle con Durán, bajar juntos en el ascensor, discutir un poco en el portal si dar un paseo largo o quedarse a tomar una cerveza en el centro comercial de La Vaguada. Por las calles de la ciudad va mi amor …, musita Allende. Y tiene razón Char: éste es el tiempo dividido de Allende: su tiempo es el tiempo dividido. Entre su tiempo y el tiempo de Ramón Durán no hay ahora conjunción posible. Quisiera saber dónde va, verle andar solo, aunque sea de lejos. Ojalá se acercara a mí por sorpresa. Ya no es mi amor, cualquiera puede hablarle . Paco Allende no puede esta anochecida detener por sí solo el curso angustioso de su nostalgia: Tengo sesenta y cinco años, he encalvecido, he perdido la forma, estoy gordito, y amo a un chaval maravilloso que ya no se acuerda de mí. Ya no se acuerda , murmura Allende. Mágicamente el poema de Char recubre todo el presente, toda la conciencia de Paco Allende: Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa dónde vaya en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, cualquiera puede hablarle. Ya no se acuerda; ¿quién fue el que le amó y le ilumina de lejos para que no caiga?
Ramón Durán ha visto salir a Allende del portal de Emilia. Cuando dijo que iba a estirar las piernas, ésa fue verdaderamente su intención. La calle estival le ha perturbado: recuerda intensamente a Juanjo ahora: las caricias del colegio, las duchas, y también se acuerda de la casa de Salazar. ¿Estarán ellos dos ahí ahora? Deambula hacia la parada del autobús 133. Ese autobús le llevará directo a Ar güelles. Se presentará sin avisar. Quizá no estén. Emilia no le esperará. Paco Allende tampoco. ¿Por qué Paco Allende, si está por mí -que lo está- no hace nada por quedarse conmigo? ¿Por qué le deja Paco Allende sedoso y libre, en la noche urbana, en el tiempo dividido?
El 133 se desliza deprisa por la anochecida estival, benévola, va casi vacío. Desde el interior del autobús tiene Ramón Durán la sensación de hallarse encapsulado y atravesar velozmente un fluido rojoazul parpadeante, irresponsabilizador. La noche liberadora es un deslizamiento en superficie. Tiene la sensación de ser transportado -y ciertamente lo está siendo- hacia un destino gozoso, inquietante. ¿Cómo le recibirán? Ramón Durán aspira su inmediato futuro tan velozmente como Emilia consume sus dos cigarrillos diarios. Símbolos diminutos del placer perfecto: los cigarrillos desaparecen aspirados con la rapidez de los deseos satisfechos. No hay hiato alguno esta noche entre la realidad y el deseo. Por eso, Durán se encuentra en Moncloa casi sin darse cuenta. Se siente ligero, fuerte, bien vestido con su ligera ropa de marca. Siente, a la vez, un remordimiento no muy intenso y una sensación de libertad no muy intensa. El Ejército del Aire, que construyó Pichichi Gutiérrez-Soto como una reproducción en miniatura de las formas escurialenses, le sirve de pretexto para no dirigirse directamente a casa de Salazar. Se detiene a tomar una caña en el quiosco de la esquina del Paseo de Moret y baja después, Paseo de Moret abajo, con su fuerte olor a pinar. Ha descubierto Durán, en este tiempo que va desde la muerte de su madre hasta esta noche, que su vida ha cambiado mucho y que su vida, en su presente estado, no puede paladearse con claridad: se ha interpuesto, con su actitud bondadosa y ascética, Paco Allende y también la casa de Emilia y Paula, con sus rosquillas del santo y su ambiente alegre y realista. Y se interpone también, ahora mismo, el recuerdo de su madre y de la herencia de su madre: ahora es un chico más o menos rico. Se supone que decidirá a lo largo del verano, de todo este verano, lo que quiere estudiar, lo que va a hacer. Tiene veintiocho años, es muy joven. Soy muy joven, se dice Durán a sí mismo ahora, como quien murmura una jaculatoria. En este tiempo, que al fin y al cabo no pasa de un mes, se ha producido un refinamiento de la conciencia de Durán que oscila entre la ñoñería y la desvergüenza. Es muy joven, es muy guapo, es lo bastante rico como para plantearse a los veintiocho años dejar su pequeña mala vida pasada, los bares, y estudiar Informática o presentarse al ingreso del INEF o estudiar Fisioterapia, sólo ha perdido unos ocho años. Y ha perdido a su madre. Pero como si le protegiera un genio maligno y zumbón, un hada madrina regordeta como Emilia, un hado madrino regordete como Paco Allende, la pérdida de su madre se ha visto compensada por una nueva situación protectora, la casa de Emilia, la discreción enamorada de Paco Allende. Le gusta ser querido. Paco Allende tiene que quererle: Durán es consciente de la dulzura con que Paco Allende le habla o le amonesta o le anima a estudiar o le rehúye: es un cortejo tardío pero inconfundible. Si Allende fuera listo -se le ocurre esto a Ramón Durán mientras, lentamente, camina Paseo de Moret abajo- sacaría partido de este cortejarle con que le corteja y que Durán disfruta. Paco Allende le irrita un poco pero en el fondo le hace sonreír. Los marineros son las alas del amor , la sonrisa es la boca del puerto del amor. Ha sustituido una maternidad por otra: la maternidad de Chipri está recubierta, esta noche dulceacuícola, por una nueva maternidad importada: la maternidad de Allende. Es una zona clausurada, nutritiva, en cuyo seno el tiempo se contiene y se retrasa: mientras Chipri vivía, Durán podía ser camarero en los bares de Madrid, apegarse a la fácil vida de la casa de Salazar, correr por la Ciudad Universitaria y sentirse muy joven. Inmediatamente después de la muerte trágica de Chipri, Allende ha ocupado ese mismo lugar, ha aparecido un nuevo vientre, un nuevo lugar cálido, dotado de un signo femenino mediante la presencia de Emilia y Paula y, a mayores, ahora Durán dispone de una pequeña herencia. Puede planear con veintiocho una vida de estudiante que no quiso planear con dieciocho. Sin embargo, algo en la, en conjunto, austeridad erótica de Allende, algo, también, de la trágica muerte de su madre, y algo de la sobriedad alegre de Emilia, introduce un pico de remordimiento no reducible a este deslizarse placentero, Paseo de Moret abajo, hacia Salazar y Juanjo. De pronto, Durán recuerda a su madre en el Instituto Anatómico Forense, donde le hicieron la autopsia y cuyo cadáver amoratado tuvo que reconocer. Ese recuerdo es como un puntapié. Durán se siente ahora arrojado contra la imagen de su madre asesinada y contra su propia imagen horrorizada y perpleja. La vulgaridad de los comentarios que rodearon aquella muerte. El recuerdo de sus propias lágrimas se mezcla, a su vez, con la imagen de un Allende irreconocible en términos de Salazar o de Juanjo. De repente, Durán se acuerda de uno de sus primeros encuentros con Allende, allá en la Gran Vía, y de aquella extraña frase: Nosotros somos la providencia de Dios . Apenas sabemos nada de Dios, lo poco que sabemos lo descubrimos al convertirnos en los gestores de Dios: Durán no puede recordar esa conversación con claridad ahora. El recuerdo de su madre y el recuerdo de Allende, elididos ahora ante el portal de la casa de Salazar. Ya ha llamado al timbre. No hay respuesta. Vuelve a llamar al timbre, manteniendo el dedo en el botón. Tienen que estar arriba. Vuelve a pulsar por tercera vez. Descuelgan el teléfono del portero automático. La voz de Juanjo, bruscamente, retumba en la calle vacía.
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