– Siento un sentimiento de culpabilidad todo el tiempo, Emilia. Por lo de mi madre. Y no lo puedo ni arreglar ni quitar, porque se ha muerto. Y también porque la misma noche que la mataron yo estaba aquí en Madrid, en casa de este Salazar que Paco te habrá hablado, con un amigo mío del colegio, los tres estábamos follando. Y luego también, cuando vine aquí a Madrid, no quise hacer nada ni estudiar nada. Sólo quería, no sé, ligar, vivir la vida, estar guapo, estar cómodo. Así me encontré con Salazar y me fui a vivir con él. Y estaba contento, más o menos, y luego me encontré con Juanjo y me dejé camelar otra vez, porque Juanjo me gustaba mucho otra vez. Ahora mismo Paco es el único que ha hecho algo por mí. Y aquí estoy en tu casa ahora, contándote esto. Os lo cuento a los dos… Si me llama Juanjo esta tarde, igual me voy con él. Si no hoy, mañana. ¿Entonces qué? ¿Para qué os estoy contando esto, Emilia?
– Me lo estás contando para desahogarte y para entenderte y para identificarte a ti mismo como un hombre libre -dice Emilia-, ¿sabes, Ramón? Hablas conmigo y estás hablando con Paco y conmigo y contigo mismo. Estás despejando tu oscuridad y tu ignorancia. Y nosotros también. No somos tus maestros. Estamos moviéndonos en una comunidad muy pequeña de personas que quieren ser libres y que, para serlo, se apoyan unos en otros. ¿Sabes por qué me gusta que hables así conmigo esta tarde y con Paco? Porque te he visto melancólico. Y la melancolía es siempre mala. No hay melancolía libre, inteligente, sana. Toda melancolía es mala. Hay que obrar bien y estar alegres. Y merendar también, como ahora estamos merendando…
– Y también jugar al ping-pong. Obrar bien, estar alegres, merendar opíparamente y jugar al ping-pong: he aquí mi programa de filosofía moral -ha intercalado Allende mientras moja una rosquilla del santo con sabor a limón en su café, una rosquilla lista.
Es a principios de junio. Estos días ha cedido el calor y hay un ambiente fresco, casi norteño, en la sala de estar de Emilia. La conversación ha salido sola. Emilia tiene razón -piensa Allende-, él también ha observado una creciente melancolía en Durán que hasta la fecha no se ha manifestado más que en un recogimiento murriático. Apenas ha salido de casa, apenas ha tomado parte en las conversaciones de la familia. Esto resulta particularmente sombrío estos días en opinión de Allende, porque Emilia pasa casi todo el día en el instituto debido a la cercanía de los exámenes y Allende tiene que estar más horas en las tutorías. La única que se queda en casa es Paula, la hija de Emilia, que tiene que estudiar, y que ha contado, no como un secreto, sino como quien expone una situación de hecho y además delante del interesado, que Ramón apenas ha salido de casa. Este sábado Allende ha ido a comer a casa de Emilia. Paula ha salido con unas amigas y se han quedado los tres de sobremesa y al final merendando. De alguna manera, entre los dos han conseguido hacer hablar a Ramón Durán. Al final ha declarado todo lo anterior. Mientras le oían, Allende pensó que había acertado al poner a Durán en conexión con Emilia y al alejarle de la concupiscencia de sus propios ojos. Es consciente, por supuesto, de que este proceso reeducativo, si es que así puede denominarse, no ha hecho más que empezar. Allende sabe que Durán volverá a añorar la compañía de Juanjo. Volverá a sentir el deseo de tomar parte en las reuniones hedonistas, erotizadas, y viciadas aunque sólo sea por el insuficiente amor de Salazar, su senescente erotismo, su pereza mental, la compulsión de sus sofocados recuerdos. La súbita confesión de Durán hace un rato, en presencia de los dos, pero dirigiéndose especialmente a Emilia, le ha conmovido mucho y también le ha alegrado darse cuenta de la perspicacia con que Durán percibe su propia situación, pero -y precisamente en virtud de esa perspicacia- Allende tiene que reconocer que Juanjo y Salazar, bien juntos o cada cual por su lado, representan una causa externa de agitación y que Ramón Durán -desacostumbrado a planificar su vida en términos de esfuerzo y laboriosidad- tendrá ocasiones de sobra a lo largo de todo el verano que se avecina para reanudar esas amistades. Pero Allende sabe que él mismo debe reducir sus intervenciones pedagógicas al mínimo. Si se acostara con Durán, Ramón Durán acabaría siendo incapaz de distinguir a Salazar de Allende. En este caso el problema no procede tanto de la conveniencia o inconveniencia de entregarse a los placeres particulares de la genitalidad y del homoerotismo (que Allende, en sí mismos, no censura) como de incluir a Ramón Durán en concreto en una situación clausurante que, más pronto o más tarde, acabe convirtiéndole en objeto placentero. Allende sabe esta tarde de junio que Durán, con su aire retraído, tristón incluso, es tal vez su último gran amor. Se siente contento de estar ahí, con Durán y con Emilia, y prolongaría la situación todo lo posible. Pero la situación durará lo que dure esta apacible tarde de sábado norteño en Madrid. Allende volverá solo a su piso y no se consentirá a sí mismo llamar esa misma noche o a la mañana siguiente para preguntar si Durán ha dormido en casa de Emilia, o si ha salido a los bares en busca de Juanjo o de cualquier otro. Allende sabe que para liberar a Ramón Durán del propio Ramón Durán tiene primero que liberarle del propio Paco Allende.
Definitivamente Allende ha aprendido con los años a dirigir su atención por su propia voluntad. Ya no es su atención retenida o arrastrada por los objetos como en su juventud, sino que, cada vez más, su atención enfoca o desenfoca hábilmente sus propios objetos. Esta tarde, Allende se alegra de poder trasladar deliberadamente su atención desde su adorado -cada vez, cada minuto que pasa más codiciable y remoto- Durán a la presencia clara, un tanto oronda, de Emilia, que anda por los cincuenta y tres, a quien conoció de profesora de filosofía dando clases particulares en sus horas libres además del instituto, para sacar adelante a Paula, su única hija, con una obstinación de madre soltera y valiente, que jamás -y Allende es un observador severo- dio muestras de resentimiento o de amargura. Emilia se atenía ya en aquellos años difíciles a una severa y alegre ética intramundana que recordaba el mundo de Spinoza -el filósofo preferido de Emilia junto con Bergson y con Sartre- por su estricto atenimiento a lo que hay, a lo que es. Emilia no era aficionada a contar su vida. Teniendo en cuenta que, en los primeros años de su relación, Allende sí era aficionado a internarse en diversas variaciones autobiográficas, que Emilia apenas hablara de su pasado, o -puestos a decir- de su futuro, como si el futuro fuese una tierra firme, siempre a mano, predecible en términos de un día o dos, de una hora o dos, de una clase o, dos, de un par de buenos amigos y siempre de Paula, la maravillosa Paula que por aquel entonces ya formaba parte del equipo de voleibol de su colegio y participaba en los torneos organizados por el ayuntamiento de Madrid, fue, para Paco Allende, una iluminación inesperada. Emilia no dudó nunca que Paco Allende fuera homosexual. Ni tampoco dudó nunca, a la hora de tratar la homosexualidad, del amor homosexual como una variante legítima del amor, humano. Allende aprendió con Emilia el lema spinoziano: bene agere ac laetari . Obrar bien y alegrarse: esta máxima incluía un severo control de los exámenes de conciencia y de los posibles sentimientos de culpabilidad: ambas cosas estaban desterradas por principio de una vida alegre y rectamente preocupada por hacer las cosas bien. Tenemos que pensar de antemano lo que vamos a hacer y luego hacerlo, pero no hay que darle vueltas, repetía con frecuencia. Dado que nadie puede tener en cuenta todas las circunstancias de una acción, todos los pros y los contras, todos los imprevistos con que la realidad impregna nuestra acción real, Emilia daba por supuesto que, con frecuencia, erramos. Éste fue uno de los asuntos que más fascinaron a Allende desde un principio: esta aceptación pragmática de los errores unida a una consistente voluntad de evitarlos. Paco Allende bebió de esta praxis con gusto y entusiasmo crecientes durante los primeros años de la amistad con Emilia. Emilia, a su vez, suavizó, gracias a Allende, una cierta indiferencia -que en ocasiones rozaba lo inhumano- respecto de los detalles, respecto de lo que, sirviéndose de una frase de Karl Rahner, denominaba siempre Emilia la basura biográfica . Ahora atardece. Han pasado muchos años y Allende contempla a Emilia y a su amado Ramón Durán -que se ha relajado mucho según pasaba la tarde- y siente un agradecimiento poético, religioso, humano, tal vez demasiado humano, pero tranquilo y firme por la existencia de Emilia: Nicht wie die Welt ist, sondern das sie ist, das ist das Mystische (No como sea el mundo, sino que sea, eso es lo místico). A Allende esta tarde le hace sonreír la paráfrasis que hace del texto de Wittgenstein: no como sea Emilia, sino que exista Emilia, eso es lo místico. El amor -recuerda ahora Allende una de las célebres definiciones de los afectos que propone Spinoza- es una alegría acompañada por la idea de una causa exterior . Hubo un tiempo en que Allende creyó que amaba a Emilia sin reserva alguna. Creyó que toda su voluntad, su deseo, su querer, se encaminaba a Emilia porque, al verla y al charlar con ella, se sentía contento y alegre. Emilia misma, sin embargo, le recordaba, guasona (Emilia siempre le tomó el pelo a Allende por su «mermada» -ésa es la expresión que Emilia usaba- querencia de Emilia que él sentía), que es verdad que el contento que la presencia de la cosa amada produce en el amante, contento que fortifica, o al menos mantiene, la alegría del amante, es, para Spinoza, la esencia del amor : (y no la voluntad que tiene el amante de unirse a la cosa amada, voluntad que según Spinoza debe hacernos sospechar que no hablamos del amor mismo sino de una propiedad del amor o incluso de una propiedad degustativa o devorativa del amor, canibalística en suma, indigna de crédito). Todas estas cosas ahora, esta tarde cálida, fresca todavía de este principio norteño de junio en Madrid, las recuerda vivamente ahora Paco Allende mientras contempla a su amado Durán y, por qué no, a su también amada, bienamada Emilia, correctora de su entendimiento allá en los años iniciales de su relación.
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