– Vale, ahora mismo no estoy bien, pero eso tiene arreglo. Lo que tú dices es verdad, pero tiene arreglo, tú mismo lo decías, ¿no te acuerdas? Eso nos decías hace años: el cuerpo es muy agradecido. Si entreno a muerte los meses que faltan por qué no voy a tener oportunidad, y si no eso en otra cosa, en los bomberos.
– ¡Los chaperos! Un cursillo de chaperos no te iría mal. Ahí sí que tienes campo. Ahí eres lo top , tío, lo top .
Durán decide sacar los ases que tenía guardados. Si hasta ahora habló sólo de sí mismo fue porque no quería agobiar a Juanjo, no quería que se sintiera acosado o forzado a adoptar proyectos repentinos, pero ahora comprende -piensa que por suerte no es demasiado tarde- que no debió no mencionar a Juanjo en sus proyectos cuando la verdad es que le incluían desde un principio. La negativa reacción de Juanjo -decide ahora Durán- procede, como es natural, de haberse sentido excluido. Por eso sonríe ahora Durán y exclama:
– ¡Pero es que esto es pa’ los dos. Vale, yo estoy mal, poco fino, pero vamos a entrenarnos los dos. Tú eras mi entrenador, siempre lo has sido, tú controlas. Si me pongo yo solo no llego a nada, pero tú controlas!
Decide Ramón Durán dar un paso más y decirle, repetirle, toda la verdad a su adorable monitor de futbito: quiere volver a conquistarle, a seducirle. Tiene que contarle toda la verdad.
– Además, joder… Estoy loco por ti. Anoche hubiera matado al Fermín ese. Sólo quiero estar contigo, y ¿sabes qué? Ahora no es como antes. Por desgracia ahora es muy distinto, por suerte o por desgracia es muy distinto desde que murió mi madre: ahora soy rico. Con lo que yo tengo da para los dos de sobra.
– Joder, tío, haber empezado por ahí. Si tan rico eres, préstame tres mil euros. Eh, ¿qué tal? Con tres mil euros pillo una Yamaha Majesty de ciento veinticinco centímetros cúbicos, negra. Si se lo digo a Salazar, él me la compra. Pero prefiero que me compres tú la Yamaha. Si me amas tanto como dices, pues de puta madre, cómprame la Yamaha si me amas.
Ramón Durán siente un escalofrío no del todo agradable al principio: primero le ha pedido dinero prestado, nada más oírle decir que es rico trata de sablearle, pero inmediatamente después el escalofrío se vuelve delicioso: lo de que quiere una Yamaha Majesty, le enternece: una motito guapa de 125, para rodar los dos a los entrenos, para rodar los dos por el monte de El Pardo, para besarse secretamente en los recodos oscuros de Madrid, en las terrazas recién nuevas del verano, para olvidarlo todo, vivir al día, amarse ciegamente. Ha habido un vuelco grande del aura sentimental que recubría a los dos chicos. Hasta salir lo de la Yamaha, Durán se ha mostrado activo y Juanjo pasivo. A partir de ahora, Juanjo se muestra muy activo y Durán, en cambio, enternecido, sedado, como acariciado, adormecido un poco. Contemplados desde fuera, desde cualquiera de las mesas vecinas, Durán expresa la felicidad instantánea, un placer casi físico, un reenamoramiento, cualquiera puede verlo, cualquiera puede hablarle, a excepción tal vez de Paco Allende, que si le viera ahora tal y como está, sufriría mucho. Durán no recuerda ahora quién le amó, ni reconoce tampoco en Juanjo -a quien ama o cree que ama- el desamor, la hostilidad o la envidia. Cree que la vehemencia nueva con que Juanjo ahora, encandilado, sigue hablando de la moto, es fruto de un renovado amor que Juanjo, en realidad, no sintió nunca por Durán y menos ahora.
– ¿Me lo vas a dejar sí o no?
– Sí, claro, lo que quieras.
– Eres un tío guay, cojonudo, eso eres. Mira, la vamos a ir a ver la moto al Yamaha Center de Marqués de Urquijo. Son dos mil novecientos más la matriculación, tres mil ochenta euros justos, tres mil euros números redondos puesta en la calle. Se pone a ciento cuarenta por hora esta Majesty. Joder, es que no me lo puedo creer, tío, la verdad.
– Lo único -dice Durán- es que ahora mismo no lo tengo. O sea, lo tengo, lo que tenía mi madre en su cuenta, pero el piso todavía hay que venderlo. Tendré que ir por allí, por Marbella, pero lo tendré muy pronto.
– ¿Sabes lo que vamos a hacer ahora? Vamos al Yamaha Center a que la veas la moto.
La mano derecha de Juanjo descansa ahora junto al muslo de Durán en el asiento de Riofrío: están realmente aislados los dos en esa esquina. Durán acaricia la mano de su amado, está loco de alegría, loco de deseo. Tiene esa expresión blanda y fofa, abotargada, del enamorado, el engañado. Juanjo, que le observa de reojo, se deja acariciar la mano y acaricia a su vez el muslo de Durán. Durán paga la cuenta y toman los dos el metro en Colón dirección a Argüelles.
Han empleado una hora larga en ver las motos del Yamaha Center. A la salida, hacia las siete de la tarde, Juanjo insiste en que Durán le acompañe a casa de Salazar. Durán se niega:
– La verdad, prefiero no… Las cosas ya no están como antes, están mucho peor, reconócelo, Juanjo. Los dos chavales esos de ayer tarde…, ¿eso qué es? Es una perversión, ¿o qué? Te tienes que ir de allí, como me fui yo. Yo te ayudo, nos vamos los dos a vivir juntos.
Juanjo escucha en silencio, piensa que la moto va a tardar en llegarle, y es obvio para Juanjo que Durán incluye la moto en una especie de cesta o compacto: alquilar un piso entre los dos, la moto, preparar el ingreso al INEF u otra cosa, cambiar de vida, ser pareja, ¿casarse?… ¡Unos cojones! -concluye Juanjo-. ¡Por mis cojones! Como con Sonia, con Durán, Juanjo se enfrenta ahora ante lo que de verdad le pide a la vida (ésa es su frase un poquito melodramática): a la vida no le pide Juanjo nada más que bienestar, sin compromisos y sin significados especiales. La vida no significa nada: se vive día a día con dinero, con juventud, con desvergüenza. Así que el proyecto de Durán, como el de Sonia, sólo puede ser mantenido mientras le convenga a Juanjo para entretener a su presa.
Salazar está solo en casa. Está inquieto esta tarde. La inquietud, de Salazar es una emoción nueva para el propio Salazar. Es una emoción erótica: recuerda las caricias aún sofocadas del Miguel y el Fermín de la otra tarde, recuerda, sobre todo, los cuerpos desnudos de los dos chavales y de Juanjo, y su propio cuerpo semidesnudo primero, y desnudo del todo después. Todos esa tarde bebieron mucho y fumaron muchos porros. No es lo que Salazar quería. Pero dejó que la situación se desarrollara por sí sola y todos acabaron muy bebidos. Nada en este mundo interesa ya a Salazar: sólo desea explorar esa situación física, esa orgía controlada, con los menores y con Juanjo. La inquietud de esta tarde se debe casi por completo al hecho de que Juanjo ha desaparecido después de comer y ha pasado cuatro horas fuera de casa sin dar ninguna explicación. Esta inquietud es compulsiva, se autoproduce a sí misma cada vez con mayor velocidad. Ha dejado de beber oporto y lleva ya su segundo o tercer vaso de malta, malta sin rebajar, sólo con los hielos. A mitad de la tarde, la inquietud desborda a Salazar. De pronto, Salazar se encuentra desbordado por la titilación de su ánimo o, mejor aún, de su cuerpo eróticamente excitado. Ya Spinoza vio que el problema de la titilación es que puede ser tan grande, tan continua, que resulta mayor que cualquiera de las partes del cuerpo, queda fijada e impide al cuerpo que la padece reaccionar ante otros modos de emoción. Salazar está como enterrado en la arena de su titilante corporeidad, fijada además por el alcohol que ha ingerido. Desea ver a Juanjo, lleva seis horas sin verle. Son pasadas las ocho. Son casi las nueve. Salazar no puede parar quieto. Éste es quizá su cuarto vaso de whisky. Por fin oye la puerta de entrada. Juanjo entra. Salazar sale al vestíbulo. Está borracho. Juanjo se da cuenta de que está borracho. Es un hombre mayor, delgado y borracho. Es un intelectual beodo y delgado. Es un beodo viejo guapo. Es un embriago lívido, todavía de buen ver, está más guapo que nunca, está más borracho que nunca. Juanjo nunca le ha visto tan bebido. Salazar se siente maravillosamente bien ahora, aéreo, agilem sine levitate . Es -se dice a sí mismo-, es la sobria ebrietas de mi dulce amor: estoy enamorado -farfulla-. Juanjo le sonríe, Juanjo resplandece, Juanjo le ama. Juanjo le abraza y le baja los pantalones, le baja los calzoncillos, le acaricia la fláccida polla. Juanjo es Dios y Salazar su sacerdote, su esclavo. Ahora Salazar llora. Salazar no ha llorado nunca. Esto no es llorar, está borracho. ¿Está enamorado o está borracho? Juanjo resplandece. Juanjo está empalmado. Juanjo victorioso arrastra a Salazar hasta la sala otra vez y se masturba delante de Salazar, que se traga el semen, este maná dulzón, cremoso. Es el primer semen que traga Salazar. Se la habían mamado en otras ocasiones, pero nunca él había perdido el tino hasta el punto de embadurnarse los ojos y los labios y tragar el semen abundante de Juanjo. Éste es el primer amor de Salazar. Al tragar el semen, sabe Salazar que ama a Juanjo. Juanjo le pega un rodillazo en la barbilla y luego se inclina sobre Salazar, que ahora realmente parece mucho más borracho que antes: despavorido, enfebrecido, desatinado. Es el semen de su primer amor, el principio del fin.
Читать дальше