Estos relatos de Durán podían ser muy frecuentes: dependía, curiosamente, del grado de intimidad que alcanzaban los dos juntos: al acercarse a la ternura, después de hacer el amor algunas noches, eran relatos que contaba Durán casi al oído de Salazar, los dos desnudos, intercaladas las piernas de Durán con las de Salazar, después de correrse los dos. Eran -le puso al corriente en alguna ocasión Salazar- tales to be told in the dark . Esto le hizo a Durán muchísima ilusión. Uno de sus proyectos -que tenía más la estructura de las ilusiones que de los proyectos realistas- era aprender inglés. De momento sólo sabía palabras y expresiones sueltas que atesoraba como minerales, coleccionados uno a uno con cartelitos inverosímiles que dicen: topacio, amatista, pirita, cristal de yeso. Así, tales to be told in the dark .
– Merecías tener una educación superior y sólo tienes un mal bachillerato -comentaba a veces Salazar.
– Enséñame tú -decía Durán.
Y Salazar replicaba:
– Es lástima que la única vocación que no tenga sea la de enseñante.
– Yo lo que soy es listo de calle -dijo Durán, y se rio mucho Salazar al oírlo. Y dijo Ramón Durán-: Me alegro que tanto te rías, y también lo siento mucho que no se me haya a mí ocurrido. Se le ocurrió a Antonio Banderas, ya ves tú. Lo dijo de Silvester Stallone, que era listo de calle. Y yo también lo fui y lo soy, listo de calle, por eso ya no quise estudiar más, no quise, y ahora algo sí que lo lamento.
Y Salazar dijo -y a la vez que lo decía se daba cuenta de que no debía decir lo que decía, porque contenía en cuatro frases toda la negatividad de su propia vida que, ahora el muchacho, con su ingenuidad, hacía renacer, como si resucitase de sus cenizas el virulento Fénix de la negación que durante tantos años había asfixiado a Javier Salazar-:
– Mejor. Dedícate a ser guapo y atractivo y olvídate de mierdas de estudiar, que a los que estudian les crecen las narices y los culos.
Y Durán dijo:
– ¿Por qué dices eso, si tú mismo no lo crees? Tú mismo has estudiado y leído toda la vida sin que se te haya engordado la nariz o el culo. Así que ¿por qué lo dices?, ¿por joderme o por qué?
Y Salazar, que se dio cuenta de que había sido atrapado en sus propias palabras, dijo:
– ¡Bah!, no seas solemne, lo digo por decir. Lo digo para que me contradigas y te entrenes a pensar. La mejor manera de pensar es pensar a la contra. Así que te hago encima un bien siendo cínico.
– A lo mejor me haces un bien. No digo que no. Pero preferiría que vinieras por derecho y no por lo torcido, porque la mitad de lo que dices no lo entiendo.
– Va a venir Allende esta tarde -comentó Salazar.
– ¿Y quién es Allende? -preguntó Durán.
– ¿Que quién es Allende? No creo que lo sepa él mismo bien quién es.
– ¿Qué edad tiene?
– Mi edad, más o menos.
– Pues me alegro de que venga. ¡Nunca me presentas a tus amigos ni a nadie…! -Durán dice esto fingiendo enfurruñarse. Es cierto que le extraña que nunca invite Salazar a nadie a su casa, que salga tan poco, que llame tan poca gente por teléfono. Ha pensado Durán que Salazar odia a la gente. Pero esta idea no casa con la habitual cordialidad de Salazar, un poco fría quizá pero muy agradable, en opinión de Durán, hasta la fecha.
– Hace muchos años que nos conocemos. A ti te gustará: es sentimental como tú. Cree en fantasmas y en aparecidos y en cuerpos astrales como tú. Supongo que cree en la resurrección de los muertos, no faltaba más. Allende te gustará seguro.
– Pues sí, seguro que me gusta, si cree en todo eso.
Es un atardecer cálido y luminoso. Ha habido toda una larga semana de atardeceres así en estos últimos diez días de enero. Por las mañanas, hasta las nueve de la mañana e incluso hasta las diez, marcaba tres grados bajo cero el termómetro de la terraza de Salazar. Pero el sol, al resurgir sobre las ocho y media, desafía todo lo fosco y escalofriado de la neblina y la helada, que escarchaba las piedras de las cunetas y los tramos de césped: el sol de inmediato, al resurgir, incluso cuando sólo era medio sol, un cálido pan de oro entre la niebla del este de Madrid, calentaba el corazón de Ramón Durán, que los días de diario, de lunes a viernes, al no tener que trasnochar en el bar y sobre todo desde que se había quedado a vivir con Salazar, salía a esas horas a hacerse sus buenos diez kilómetros a la carrera. Le gustaba correr por los desmontes del Clínico, por los pinares de detrás de Medicina y Navales, regresar a casa empapado de sudor y darse una larga ducha de agua muy caliente y tomar un copioso desayuno. Aquella semana que iba a venir Allende -iba a venir el jueves a media tarde- Ramón, que lo sabía desde el lunes, se dio cuenta, aunque no lo comentó con Salazar, de la mucha curiosidad que sentía, de lo esperanzado -sin saber por qué- y lo expectante que estaba. Tal vez a causa de la poca gente que veían: a excepción de la gente del bar los fines de semana, desde que vivía con Salazar se había ido reduciendo su -nunca muy numeroso, pero sí relativamente definido- número de amigos. Javier Salazar no parecía tener amigos íntimos, y ni siquiera muchos conocidos: éste era un misterio que no dejaba de intrigar a Durán, teniendo en cuenta que Salazar, por su edad y posición económica, tenía que ser una persona muy bien conectada. Al principio creyó que Salazar se avergonzaba de él un poco: esta idea le mortificaba y se lo preguntó. No mediante una pregunta directa sino que declaró: «Soy poco para ti. Ya lo sé. Te avergüenzas de mí y nunca vemos a nadie por eso.» Pero Salazar se mostró muy amable y le convenció de que ése no era el caso: Salazar se echó a reír y acabó convenciendo a Durán de que pensar aquello era fruto de sus propias preocupaciones: «No es el asunto lo que te inquieta, sino las ideas que tú te haces sobre el asunto.»
Allende resultó ser un hombre de la edad de Salazar aunque mucho menos agraciado. Ramón Durán le abrió la puerta con cierto temor a no saber qué decir. Pero Allende habló bastante y dijo que ya le conocía de oídas, lo que sorprendió a Durán, que no sabía que Salazar hubiese hablado de él con ningún amigo. Era más bien bajo y estaba gordito. Se sentaron alrededor de la mesa camilla, y Allende enseguida se instaló bajo los faldones de la mesa y comprendió Durán que ese gesto le era familiar: esto de la camilla era de lo que más gustaba a Durán de la casa de Salazar, porque le recordaba la casa de su madre allá en Málaga, donde había una camilla parecida, a la cual solía sentarse Ramón Durán durante todo su bachillerato para hacer sus deberes. Tal como había previsto Salazar, Allende cayó muy bien a Durán desde el principio.
Allende era atento y afable, y Durán tuvo la sensación de que nunca había conocido a nadie tan afable. Era curioso lo acerado que resultaba Salazar al compararlo con Allende. Y más curioso aún, si cabe, era que, por primera vez desde que se conocían, Durán había pensado en Salazar ante un tercero. Se le ocurrió esta tarde a Durán que nunca Salazar y él se habían encontrado ante conocidos o amigos del uno o del otro, o comunes.
– Me gusta esta casa lo bonita que está -acababa de decir Allende, que, instalado en uno de los dos sillones de la mesa camilla, recorría con la vista, complacido, la amplia estancia.
– Es que a Javier le gustan las casas al estilo inglés ese que llaman. Un poco guarro yo lo encuentro todo, aunque confortable. -Y al decir esto sonreía Ramón Durán y señalaba el sillón amarillo a rayas rojas y verdes que tenía la cima y los brazos bastante sucios-. Este sillón está asqueroso, ¿cómo se limpia este sillón?
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