Decide, a primeros de diciembre, irse a Madrid un par de semanas y volver para pasar las navidades con su madre. Chipri parece contenta con esto. La última tarde antes del viaje, Durán y su madre se reúnen con Araceli en una cafetería del paseo marítimo. Durán observa, asombrado, que Araceli no parece acordarse de nada de lo ocurrido: el alemán no ha regresado a Alemania, sigue en Marbella, viviendo en el piso conyugal e inconsecuentemente se lleva de maravilla ahora con el amante de Araceli, que se llama Raymond. Todo ello, no obstante sonar raro, tranquiliza a Durán. Se despiden hasta las navidades. La mañana siguiente, sin avisar en Madrid, Durán toma un tren desde Málaga hasta Sevilla y en Sevilla toma un AVE que le deja en Madrid a primeras horas de la tarde. A medida que se acerca a Madrid, con esa velocidad sostenida e insonorizada del AVE, Durán comienza a sentirse inquieto: ha transcurrido un mes desde que se fue. En ninguna de las dos o tres ocasiones que ha telefoneado a Madrid ha hablado con Juanjo. Juanjo, al parecer, se reúne con frecuencia ahora con Salazar. Durán supone que seguirá viviendo en su piso con los compañeros del cursillo. En la estación de Atocha toma un taxi. Da la dirección de Salazar, abre el portal con su llavín, sube en el ascensor hasta el piso, abre la puerta con su llave, pero la puerta tiene la cadena echada. Tiene que llamar al timbre. Puede entrever el recibidor iluminado y oír claramente abrirse la puerta de la sala. Juanjo se dispone a abrir la puerta. Juanjo lleva sólo puesta una camiseta de tirantes que resaltan sus hombros cuadrados y musculosos. La piel de Juanjo brilla un poco, como si se hubiera dado aceite.
– ¡Hombre, tío! -exclama Juanjo-. ¡Cómo te presentas así!
– ¿Cómo me presento?
– Así, sin avisar. No te esperábamos.
– ¿No me esperabais?
– No. Francamente no.
– Bueno. Pues estoy aquí. ¿Qué más da que me esperarais o que no?
El plural de la frase de Juanjo sorprende -como por teléfono- a Durán. ¿Qué es eso de que no le esperaban? Los dos se han quedado mirándose frente a frente en el vestíbulo sin moverse. Se abre ahora la puerta de la sala y aparece Salazar vestido con una bata de seda gris. Jamás -que Durán recuerde- se ha paseado Salazar por la casa en bata a las cuatro de la tarde. Realmente se siente Durán extraño ahora, como si acabara de entrometerse en casa de unos conocidos sorprendiéndoles desagradablemente.
– ¡Qué pintas tenéis los dos! -comenta Durán-. Voy a dejar mis cosas.
– ¿Dónde vas a dejar tus cosas? -inquiere Salazar.
– En mi cuarto.
– Es que ahora tu cuarto es de los dos. Ahora vivo aquí también yo -declara Juanjo.
– ¡Ah!… Muy bien -comenta Durán, estupefacto.
– Tendréis que compartir la cama de momento -comenta Salazar, que sonríe y observa la situación con la cabeza ladeada-. ¿No os molestará, supongo? No sería la primera vez, vamos, digo yo.
– No. A mí no me molesta pero no sabía nada. No sabía que te habías venido a vivir aquí.
– Pues ya ves -dice Juanjo.
Durán lleva a su cuarto la maleta. El cuarto ya no tiene el aspecto de cuando lo abandonó. La presencia de Juanjo es visible y es considerable el desorden: todo está un poco por los suelos, los jerseys, las zapatillas deportivas. La habitación tiene un aire de desaseo juvenil, un aire adolescente: hay un póster del Málaga fútbol club y dos pósters del futbolista holandés del Ajax, el de los calzoncillos marcando paquete, uno que se parece a Beckham. La cama está deshecha. Juanjo le ha seguido y se apoya ahora en el marco de la puerta.
– Joder, tío, podías haber recogido esto un poco.
– Es que no te esperábamos.
– Eso da igual, ¿a ti te gusta vivir así en esta pocilga?
– No seas borde, tío. Hace mucho que me conoces, ¿qué más te da que esté sin arreglar? ¿Es que ya no te gusto?
– ¿Qué tiene que ver que me gustes o no?, ¿qué gilipollez es ésta?
Durán se siente irritado ahora, más irritado que nunca. ¿Qué es toda esta mierda? ¿Qué se le está dando a entender? ¿Ha sido sustituido por Juanjo, que ahora ocupa su lugar? ¿Qué tiene que decir Salazar? La habitual pulcritud de Salazar a la fuerza tendrá que darse de bruces contra esta incuria, este desaliño pseudojuvenil agresivo y rancio que Juanjo se permite.
Durán recordará después -meses más tarde, años más tarde- este regreso a la casa de Salazar: esta escena primitiva, dotada de una vivacidad análoga a la de los primeros contactos carnales con Juanjo. Entre la ternura y la deliciosa fogosidad de las duchas del colegio a los dieciséis años, dejándose masturbar y penetrar por Juanjo, su maravilloso monitor de futbito, y esta escena de esta tarde (con Juanjo en camiseta en presencia de Salazar, en el cuarto desordenado y rancio, en el corazón de esta juventud revenida que de pronto Juanjo representa y cuyo contagio siente Ramón Durán en la piel, como un eczema) hay una hilazón continuada, enervante. ¿Es que no hay otra habitación en la casa? Hay de hecho otra pequeña habitación en el piso de Salazar (aparte del dormitorio del propio Salazar), junto a la cocina, una habitación que se usa como trastero, donde está la lavadora, donde hubo, y está todavía, la cama de la criada que Salazar tuvo hace años fija. Ahí lleva Durán su desazón y su bolsa de viaje, y ahí se asoma a la ventana, que da a un patio interior, porque se ahoga y tiene que respirar aire fresco. Contempla los tendederos, con poca ropa ahora, sólo con una colcha en el tercer piso. La colcha se mece suavemente y le recuerda a Durán el mundo malagueño de su madre cuando era crío: se siente irritadísimo. Es incapaz, sin embargo, de poner nombre a lo que siente, es incapaz incluso de mencionar lo que siente. ¿Qué es lo que siente? Es un tapiz cuya figura total Ramón Durán vive sin poder desglosarla: él mismo es parte entretrenzada del tapiz, una figura del tapiz: la única sensación inconfundible para él mismo es que no puede parar quieto. Así que se quita de la ventana y cierra la ventana y se sienta al borde del camastro, atestado de cajas de cartón. De pronto piensa que es ridículo quedarse aquí, como una criada escondida en un cuartucho atestado de cajas de cartón, y va a la sala, donde Salazar se ha sentado a leer junto a la ventana de la terraza. Javier Salazar, sentado en su butaca de cretona amarilla, de perfil, recortándose su silueta contra la crecientemente ennegrecida ventana del otoño madrileño -ya es de noche a pesar no ser siquiera las seis de la tarde-, representa una admirable figura para un retratista romántico: Madrazo haría un espléndido retrato de este hombre casi anciano, pero joven aún, que lee su libro. Juanjo se ha retirado o quizá ha salido.
– ¿Qué hostias es esto, todo esto? -inquiere Ramón Durán con una voz tan áspera e irritada que él mismo se sorprende.
– ¿Qué es todo esto? ¿Que qué es todo esto? ¿Qué te pasa, a qué te refieres?
Salazar se siente bien ahora, continúa en bata. Durán observa que debajo de la bata sólo lleva unos pantalones de pijama, un pijama de seda. La calefacción del piso ya funciona, una temperatura agradable. La sala de estar, de pronto, resplandece toda a la vez con sus libros, sus cuadros, su tranquilidad estudiosa, su paz civilizada, sus alfombras persas, su magia burguesa, su encanto de retiro y madurez, un encanto anglosajón, todo lo que Durán amó desde un principio en Salazar y en su casa y que ahora, de pronto, resplandece huidizo, como una promesa incumplida.
– ¿Qué hace aquí Juanjo? ¿Qué hacéis en pelotas los dos?, ¿qué hostias?, ¿qué es todo esto?
– Todo esto es, que yo sepa, bien poca cosa, sólo que Juanjo se ha quedado aquí a vivir. ¿No podéis aquí vivir los dos? Seguro que cabéis los dos aquí. Tú mismo me contaste que le amabas. Tú mismo me has contado, ¿sí o no?, que todavía te gusta follar con él muchísimo a diario. ¿Eso no me lo has contado, o sí me lo has contado? Quizá me lo ha contado Juanjo, y yo, bobamente, creo que me lo has contado tú. Ha debido de ser Juanjo, sí. No te importa, ¿verdad? Juanjo dice que a ti te gusta mucho, Juanjo. Esto, lo reconozco, es ridículo. Que Juanjo diga que a ti te gusta mucho Juanjo es una pendejada, una mamonada, y Juanjo hay que reconocer que ese punto pendejo sí lo tiene, a diferencia tuya, que ese punto pendejo no lo tienes. Siéntate, no estés ahí de pie. Tú sabes que Juanjo en realidad es muy vulgar, por eso es más, digamos, mejor partenaire que tú, mutatis mutandis , claro está. ¿Por qué pones esa cara, qué te pasa?
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