– Una parte de tus dificultades ahora mismo, Ramón Durán, procede de que eres incapaz de comportarte con chulería. Eres incapaz de decirme: «No te necesito, ahí te quedas.» Y eso es porque no crees que si ahora salieras de esta casa, encontrarías a alguien capaz de sustituirme a mí. Tu problema no es que te sientas humillado al creerte sustituido por Juanjo en esta casa. El problema es que en el fondo de tu corazón tú no crees que yo pueda ser sustituido por nadie. El problema es que tú me necesitas a mí mucho más que yo a ti. Yo te amo, pero, sin embargo, no te necesito. En cambio tú, que no me amas, me necesitas, y por eso no te puedes ir. Por eso no puedes hacerme frente. Por eso estás perdido. Si te vieras desde fuera, si pudieras verte a ti mismo y a mí, sentados en esta habitación, verías cómo resplandeces tú y cómo soy yo pálido e insignificante. Si te pudieras ver desde fuera, comprenderías que tú tienes los ases en este juego: todas las ventajas, y yo ninguna. ¿Por qué no puedes verte a ti mismo y a mí desde fuera de los dos?
– No lo sé.
¿Qué he hecho de mi vida? ¿Qué ha hecho Javier Salazar de su vida? Esta es una tarde brahmsiana. Esta no es una tarde madrileña de invierno, seca, fría, soleada. Ésta no es una tarde castellana. Es una tarde reducida, la rue est plus intime a cause de la brume . Y también las calles del barrio de Argüelles se han vuelto norteñas, íntimas y terribles, demoníacas y hermosas. Tardes de Glenmorangie, tardes del Dr. Jekyll. ¡Oh, pero qué bobadas! Boberías y bobadas. Nada ha sucedido en estos días -se dice a sí mismo Salazar- que no me haya sucedido previamente más o menos de la misma forma. No hay en todo esto ninguna novedad. Pero sí que la hay, musita, lejanísimo, dubitativo, tentativo, brahmsiano, un contradiós que se ha convertido en voz del clarinete del Clarinet Quintet in B minor, Op. 115 . No hay ninguna prisa -se dice Salazar a sí mismo-, que la juventud se apresure, si así lo desea, los vulgares ejecutivos españoles que tanto me hacían reír, sonreír, en aquellos tiempos de director literario de aquella gran casa editorial . Iba yo en medio de ellos pero no era uno de ellos. ¡Oh, gran Eugene O'Neill! Ésta es mi hora de repesca. ¿Y si he fracasado? Javier Salazar toma otro sorbito de su Glenmorangie y se mira y se contempla en el admirablemente dorado espejo de su sala de estar, que refleja el fuego de su estufa de puertas de cristal refractario, que le refleja a él mismo en esta tarde gris, la grisalla de principios de diciembre. ¿No parece ahora mismo que he llegado al final y que he ganado la estúpida carrera de la vida? Soy una persona llena de significación, por eso los jóvenes se interesan por mí, aunque no son del todo jóvenes ninguno de los dos, con treinta años. Suena el teléfono y es Lucía Martín, una inteligencia fracasada en opinión de Salazar:
– Javier, Javier, Javier. ¿Cuándo vendrás a verme? Sé que nunca. Nunca suena igual que nuca , el hijo de una nuca y una monja. ¿A que no recuerdas quién hizo esa insensata asociación?
– ¡Rilke, por supuesto, Lucía, eres tan previsible. Ni una sola vez, Lucía, imprevisible!
Lucía Martín salva, de momento, el ambiguo y mórbido estado mental de Javier Salazar.
– Oigo detrás de ti -dice Lucía, que en el teléfono tiene presencia real, como el cuerpo de Cristo en la sagrada Eucaristía-, oigo detrás de ti un musiqueo bellísimo. ¿Qué es? Quiero saberlo.
– ¡Es Brahms, Lucía, es Brahms, quién si no! Mucho lamento que no seas capaz tú misma de reconocerlo y que tenga que serte palabra por palabra dicho como a una vulgar jovencita, una triste oca blanca. Ninguna mujer que no sea capaz de reconocer el Clarinet Quintet de Brahms, a simple vista, con sólo oír una nota, merece ser tenida en cuenta.
– ¡Pero, por Dios, Javier, yo soy la única mujer que tú has tenido en cuenta! ¿cómo a mí puedes esto decirme por teléfono? Algo te esta pasando, algo terrible, algo que no puede ser dicho por teléfono.
– Pues sí, es verdad, Lucía, sí. ¿Quieres que por teléfono te diga lo que a mí me está pasando? Sólo podría por teléfono decírtelo, y nunca vis-à-vis . Me estoy enamorando de un jodio pendejo, de polla larga y entendimiento corto.
– Por favor, Javier, polla es la única palabra de todo el Diccionario de la Real Academia entero que no puedo soportar. ¡Es tan machista!
– Me estás, Lucía, impidiendo, te estás interponiendo físicamente, auditivamente entre Brahms y yo, te detesto, te cuelgo, llámame mañana.
Salazar ha colgado el teléfono y se ha sentido muchísimo mejor. Ahora Javier Salazar se siente muchísimo mejor, porque ha humillado a Lucía Martín, que es una pobre tonta, una antigua enamorada babosa del recién ex seminarista, aquel que nació, quién sabe dónde, cuando se salió del seminario y se hizo hombre, como el Verbo divino.
El color de la tarde trae consigo el color de las tardes del pasado. Dicen que lo olvidamos casi todo, que reconstruimos los fragmentos después, que casualmente emergen al cabo de los años sin valor de verdad, modificados por el presente y los sentimientos del presente: Salazar, sin embargo, ha adquirido esta noción de the pastness of the past , esta cualidad del pasado, de la literatura, por ejemplo, leyendo a Philip Larkin. No es, pues, su propia noción. Salazar considera que su pasado se distribuye en escenas muy precisas, como dibujadas por un pintor flamenco, como ciudades o interiores pintados por Vermeer. Que esto sea de hecho así en el caso de Salazar, o que simplemente se trate de una ilusión reconfortante, que Salazar ha mantenido intacta hasta la fecha, da un poco lo mismo. Salazar cree que su pasado está ahí en el ingens aula memoriae , espacializado, aunque también irrealizado o desrrealizado, virtual -si se quiere usar esta expresión-, que puede ser traído una y otra vez al presente en su integridad de estampa o de foto fija, como un dato archivado en un ordenador personal. Aunque Salazar no tiene un ordenador personal en su casa, aprendió a utilizarlos hace tiempo, cuando aún iba regularmente a su oficina, y siempre admiró esa memoria del ordenador, que nunca falla, siempre idéntica a sí misma, que emerge con sólo pulsar las teclas apropiadas: basta teclear el nombre del documento, basta teclear -cree Salazar- los nombres propios de su vida: Ramonín, Paco, el seminario, la playa, el recreo, el aula de ciencias naturales donde se guardaban en grandes armarios de cristal los utensilios para los experimentos de física y química, el aula de geología con las polvorientas bandejas de minerales y de rocas y de fósiles. Basta teclear el nombre de aquellos jóvenes que fueron todos ellos, para que las escenas reaparezcan idénticas y exactas, de un pasado sin modificar por el yo y sus sentimientos, su mala voluntad… Cree Salazar que este pasado, supuestamente codificado sin añadido alguno, le permite conocerse a sí mismo. En esta tarde de niebla y leños de encina ardiendo en su estufa, sin encender ahora ya la luz eléctrica, sus bellas lámparas de latón y cristal y porcelana inglesa, con sus pantallas amarillentas, alumbrado sólo por la luz del atardecer en la terraza, el canela encendido, el naranja encendido, el verdeazul agreste de la noche sin pájaros y el incesante, persecutorio idiolecto de las llamas que queman manteniendo intacto e incandescente el gran leño de encina, el gran silencio candente del tiempo pasado.
En aquel entonces, el Javier Salazar que esta tarde de invierno contempla las llamaradas vivaces de su estufa, dejándose iluminar sólo por ellas, se hallaba muy oculto aún. El propio Salazar no cree que de entonces acá haya sufrido él mismo muchos cambios: se reconoce muy bien en su pasado, en sus inmovilizadas imágenes, en esa codificada sucesión de figuras y acontecimientos que él ha retenido cuidadosamente en su memoria como otros muchos (muchos intelectuales amigos suyos que ahora publican abultadas memorias) han guardado fotografías y hasta billetes de metro o entradas de fútbol que ahora aparecen en sus testimonios. Salazar ha guardado muy pocos documentos. Tiene lo que suele llamarse una memoria fotográfica, una memoria -le complace pensar- de disco duro.
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