– Apóstoles… -dijo el Mayor-. ¡Ja! ¿Por qué no?
– Así usted verá en seguida -dijo Miqueut-, si el trabajo le conviene. Trataré de conseguirle una secretaria. Actualmente estoy un poco falto de personal menor… ¿No es cierto?, el personal menor es difícil de encontrar en este momento y hace gala, en suma, de tales exigencias… casi no podemos permitirnos… ¿no es cierto?, pagarles más de lo que merecen. Les haríamos un mal servicio…
– Por otra parte pienso -dijo el Mayor- que en el primer tiempo, sólo tendré que ponerme al corriente.
– Sí, ¿no es cierto?, en suma, son partes exactas… y el resto, el jefe de Personal me ha prometido siete dactilógrafas de aquí a una semana más o menos. Como tengo otros seis adjuntos, pienso que usted no tendrá una en seguida, porque necesito una para la señora Lougre, es la única fiel, pero yo… eh… en consecuencia, pienso podemos… completar, ¿no es cierto?… Por otra parte enfrento… tengo una sobrina, que es bastante buena taquígrafa… en suma, pienso tomarla en el servicio… le será destinada…
Vidal escuchó un ruidito gracioso, y el choque de una caída en el piso. Casi en seguida se abrió la puerta.
– Vidal -dijo su jefe-, ayúdeme a transportarlo… se sintió mal… La fatiga ocasionada por la elaboración del proyecto, sin duda… En fin, su documento me parece muy interesante… Lo pondré en su escritorio…
– ¿El proyecto? -preguntó Vidal, como si no hubiera comprendido nada.
– No, no -dijo Miqueut-. ¡Al señor Loustalot! Entra en el C.N.U.
– Logró persuadirlo -dijo Vidal en un tono que forzó pareciera admirativo.
– Sí -confesó Miqueut, falsamente modesto-. Pienso darle la Comisión especial de las surprise-parties que se va a crear próximamente.
En ese tiempo el Mayor había terminado por levantarse solo.
– Discúlpeme… -dijo-. Es la fatiga.
– Por favor, señor Loustalot… Espero que ahora se sienta totalmente bien. ¡Y bien! entonces, encantado… Y hasta el próximo lunes.
– Encantado -repitió el Mayor, reprochándose interiormente por usar semejante lenguaje.
Miqueut volvió a su escritorio.
Ahora bien, Fromental no estaba muerto.
Había hecho reparar su Cardebrye, es decir, hizo poner un auto en el extremo del volante que lo había llevado a su casa. Esta nueva disposición resultó más cómoda para llevar a los amigos.
Se había inscripto en Racing y se entrenaba sin descanso para adquirir un par de bíceps famosos y aplastarle la cara al Mayor en la primera ocasión.
En Racing se había hecho amigo de André Vautravers, secretario general de la Delegación… El azar tiene esos golpes…
Frecuentaba también al famoso Claude Abadie, basbetteur y nadador desvergonzado y clarinetista aficionado.
Se encontraba tanto y tan bien con Vautravers que, no contento de verlo en el entrenamiento, obtuvo por su intermedio un puesto en la Delegación… En cierta medida, pues, iba a supervisar las actividades del Consortium.
Fromental entró en funciones una semana antes de la visita del Mayor a Miqueut. Su tarea consistía pura y simplemente, en clasificar los documentos transmitidos por el C.N.U. para llenar un montón de enormes legajos.
Fromental ponía empeño. Y en un repliegue oscuro de sus lóbulos cerebrales se enroscaba un pensamiento diabólico.
Iba a adular a Miqueut felicitándolo por la excelencia de su trabajo y ganando poco a poco su simpatía. Hecho esto, desenmascararía sus baterías y pediría la mano de la sobrina. Plan simple, pero eficaz, y facilitado por la frecuencia de los encuentros que no le faltarían a Fromental, con el Sub-Ingeniero principal. Tres semanas después de su entrada en la Delegación, Fromental recibió el proyecto de Nothon de las surprise-parties elaborado por el Mayor.
Sin desconfianza, y en razón de la importancia excepcional de ese documento, redactó una carta a Miqueut acusando recibo del proyecto y formulando algunos elogios ditirámbicos al autor.
Su redacción fue aprobada sin modificaciones, pues el jefe estaba muy ocupado con su secretaria, y la misiva partió hacia las relaciones más próximas.
Para rematar la cosa, Fromental descolgó el teléfono.
Marcó el número bien conocido: MIL. 00-00, obtuvo por milagro la comunicación y preguntó por el señor Miqueut.
– No está aquí -le respondió la standardista (la única persona amable de la casa)-. ¿Quiere uno de sus adjuntos? ¿Por qué asunto es?
– Surprise-parties -respondió Fromental.
– ¡Ah! ¡Bien! Voy a pasarle con el señor Mayor.
En la cabeza de Fromental se produjo un ruido de remachador que se explica con su mujer, y antes de tener tiempo de preguntarse si se trataba de "su" Mayor lo tuvo del otro lado.
– ¿Hola? -dijo el Mayor-. Aquí, nuestro bienaventurado Mayor.
– Aquí, Vercoquin -balbuceó el otro, traicionándose en su confusión.
A estas palabras, el Mayor largó por el tubo un aullido cuidadosamente calculado para romper en tres cuartas partes el tímpano derecho de Fromental que dejó el receptor y se agarró la cabeza con las dos manos, gimiendo.
Cuando el desdichado volvió a tomar el teléfono, el Mayor continuó:
– Excúseme -dijo burlándose-, mi teléfono anda muy mal. ¿En qué puedo serle útil?
– Quería hablar con el Sub-Ingeniero principal Miqueut -dijo Fromental-, y no con uno de sus adjuntos.
Vejado, el adjunto en cuestión escupió en el tubo y Fromental tuvo inmediatamente la oreja izquierda obstruida por un líquido espeso. Después el Mayor colgó. Fromental también colgó y con un trombón enderezado y envuelto en algodón celulósico, con gran esfuerzo se desagotó el conducto.
La tempestad que rodaba entre sus parietales tardó dos horas largas en calmarse. Recobrada la lucidez, emprendió la construcción de un planning cuidado de las tonterías que sería posible adosarle al Mayor para hacerlo odiar por Miqueut. Conocía demasiado el encanto inefable del Mayor, para dudar un solo minuto de que no llegaría a sus fines, el de seducir a Miqueut cuando las mínimas circunstancias favorables o la ausencia de circunstancias desfavorables le dieran tiempo. Era pues necesario contraatacar, y presto.
Vercoquin cerró sus cajones con llave, se levantó, apoyó con cuidado su sillón giratorio contra el escritorio (todo eso para darse tiempo para reflexionar) y abandonó la pieza dejando su guante derecho.
Bajó. Su Cardebrye, para el cual había logrado obtener un S. P. en regla, lo esperaba juiciosamente en el cordón.
Sabía -¡gracias a qué astucias!- la dirección de Zizanie. Puso el motor en marcha, apretó el embriague y, a toda velocidad, se dirigió al domicilio de la bella.
A las cinco de la tarde, empezó su facción delante de la casa de Zizanie. A las cinco y cuarenta y nueve exactamente, la vio llegar.
Volvió a poner el motor en marcha, avanzó cuatro metros con dos centímetros para encontrarse justo frente a la puerta y se detuvo de nuevo.
Juró siete veces en nombre de Dios porque tenía hambre, sed, y ganas de hacer pis, y se quedó al volante, los ojos fijos sobre la puerta.
Esperaba algo.
A las siete y media de la mañana todavía esperaba. Su ojo izquierdo estaba completamente pegado por la fatiga. Logró abrirlo con una pinza universal e inmediatamente se encontró en posesión de un sentido visual correcto.
Extendió sus piernas anquilosadas con tanto vigor que aplastó el tablero del Cardebrye. Como no había ningún taller cerca no le prestó atención.
Pasó un cuarto de hora y Zizanie salió. Subió a una encantadora bicicleta de madera de cornejo, fabricación de guerra. Las gomas estaban hechas de tripas de víboras infladas con acetileno y la silla con una espesa capa de gruyère seco bastante confortable y bastante indestructible. Su pollera ligera flotaba detrás de ella, dejando ver un pequeño slip blanco, bordado en lo alto de los muslos con una corta franja castaña.
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