John Hawks - El viajero

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Marcada por un sino implacable, había ocasiones en que Maya hubiera deseado nacer ciega e ignorante. Su infancia no fue la de tantas otras niñas de su edad, y Maya pronto se vio obligada a soportar duras pruebas. Su padre era uno de los últimos Arlequines, superviviente de una estirpe de guerreros protectores de los Viajeros que había sobrevivido a varios intentos de asesinato por parte de los mercenarios de la Tabula. Condicionada por su ascendencia genética, Maya tenía un único objetivo en la vida: proteger, con su propia vida si era necesario, a los Viajeros, seres humanos con la capacidad de saltar hacia mundos paralelos y de retornar a la dimensión terrestre con los conocimientos adquiridos en otros planos de la realidad.
Pero ¿por qué debía ella renunciar a una vida normal? Es más, ¿cómo podía aceptar que su propio padre optara por sacrificarla en nombre de un ideal tan extraño como maldito? ¿Acaso los ciudadanos de a pie, ignorantes de su propio destino, controlados por la Hermandad como si fueran animales condicionados, merecían tal sacrificio por su parte? Las dudas de Maya no la habían dejado en paz desde que se había enterado de una verdad que sólo aceptaría tras la muerte de su padre a manos de la Tabula. Entonces supo que había llegado el momento de actuar. Su misión: viajar a Estados Unidos y proteger a los hermanos Corrigan, los dos últimos Viajeros que quedaban sobre la faz de la tierra, y cuyo destino no era otro que el de cambiar los derroteros de un mundo demasiado corrompido.

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»Tras muchos regateos, mi padre le compró la propiedad a un fulano que quería cobrar en efectivo. Nos instalamos dos semanas después. Todo parecía normal hasta que llegó fin de mes y se fue la luz. Al principio, Michael y yo pensamos que algo se había estropeado, pero nuestros padres nos llamaron a la cocina y nos explicaron que la corriente eléctrica y el teléfono nos conectaban con el resto del mundo.

– Tu padre sabía que os perseguían -comentó Maya-. Quería mantenerse apartado de la Gran Máquina.

– Mi padre nunca mencionó eso. Simplemente nos dijo que íbamos a adoptar el apellido Miller y que debíamos escoger un nombre. Michael quiso el de Robin, ya sabes, el del Chico Fantástico, pero a mi padre no le gustó la idea. Tras mucho discutirlo, Michael se decidió por David y yo escogí el de Jim, por Jim Hawkins, de La isla del tesoro .

»Eso fue la misma noche que mi padre sacó las armas y nos mostró dónde iba a guardar cada una. La espada de jade se quedó en el dormitorio de mis padres; nosotros no podíamos tocarla sin permiso.

Maya sonrió para sus adentros, pensando en la valiosa espada escondida en un armario, y se preguntó si la habrían dejado apoyada en un rincón, al lado de los zapatos viejos.

– El rifle de asalto estaba detrás del sofá del salón; y la escopeta, en la cocina. Mi padre siempre llevaba su revólver del 38 en una sobaquera, incluso cuando estaba trabajando. Para nosotros no se trataba de nada especial, sólo de una realidad más que nos habíamos acostumbrado a aceptar. Tú dices que mi padre era un Viajero; pues bien, yo nunca lo vi levitar en el aire, desaparecer ni nada de eso.

– El cuerpo del Viajero permanece en este mundo -explicó Maya-. Es la Luz interior la que cruza barreras.

– Un par de veces al año, mi padre se metía en la camioneta y desaparecía unas cuantas semanas. Siempre nos decía que se iba de pesca, pero nunca volvía con peces. Cuando estaba en casa se dedicaba a hacer muebles, o a cuidar del jardín. Normalmente hacía una pausa al mediodía y nos llevaba a Michael y a mí al granero para enseñarnos judo, kárate y kendo con cañas de bambú. A Michael no le gustaba practicar, porque pensaba que era una pérdida de tiempo.

– ¿Se lo dijo alguna vez a tu padre?

– No nos atrevíamos a desafiarlo. A veces, mi padre nos miraba y sabía al instante lo que pensábamos. Michael y yo creíamos que nos podía leer la mente.

– ¿Y qué pensaban de él los vecinos?

– No conocíamos a casi nadie. La familia Stevenson vivía en una granja de más arriba, pero no se mostraban muy amistosos. Había una pareja mayor, Don e Irene Tedford, que vivía al otro lado del arroyo y que se presentó una tarde con dos tartas de manzana. Les sorprendió que no tuviéramos electricidad, pero ahí quedó todo. Recuerdo a Don comentando que la televisión era una pérdida de tiempo.

»Michael y yo empezamos a ir cada tarde a casa de los Tedford para que nos dieran galletas caseras. Mi padre se quedaba siempre en la granja, pero a veces mi madre iba con un cesto de ropa a su casa para hacer la colada en la lavadora eléctrica. Los Tedford tenían un hijo llamado Jerry que había muerto en una guerra, y su retrato estaba por toda la casa. Estaba muerto, pero hablaban de él como si todavía viviera.

»Todo fue bien hasta que el sheriff Randolph se presentó con su coche patrulla. Era un tipo corpulento, de uniforme y llevaba una pistola. Me dio miedo verlo llegar. Pensé que pertenecía a la Red y que mi padre tendría que matarlo.

Maya lo interrumpió.

– En una ocasión estaba en un coche con un Arlequín llamado Libra, y nos pararon por exceso de velocidad. Pensé que Libra iba a cortar el cuello de aquel policía.

– Yo me sentí igual -repuso Gabriel-. Ni Michael ni yo sabíamos qué iba a ocurrir. Mi madre preparó té frío para el sheriff Randolph y todos nos sentamos en el porche. Al principio, Randolph sólo dijo cosas agradables acerca de lo bien que habíamos arreglado la granja, pero después empezó a hablar de no sé qué impuesto local sobre bienes inmuebles. Pensaba que, por no habernos conectado a la red eléctrica, íbamos a negarnos a pagar los impuestos a causa de razones políticas.

»Al comienzo, mi padre no dijo nada y se quedó mirando a Randolph muy fijamente, concentrándose en él. De repente anunció que pagaría gustoso el impuesto, y todos nos quedamos más tranquilos. El único que no parecía contento era Michael, que se acercó al sheriff y le dijo que deseaba ir al colegio con los demás chicos.

»Cuando Randolph se hubo marchado, mi padre nos reunió en la cocina para una charla familiar. Le dijo a Michael que el colegio era peligroso porque formaba parte de la Red. Michael contestó que necesitaba aprender cosas como matemáticas, ciencias e historia. Dijo que no podríamos defendernos de nuestros enemigos si no recibíamos una educación.

– ¿Y qué ocurrió? -preguntó Maya.

– No hablamos del asunto durante el resto del verano. Al final mi padre dijo que conforme, que podíamos ir al colegio, pero que debíamos tener cuidado. No podíamos decir nuestro verdadero nombre y tampoco mencionar las armas.

»Yo me sentía nervioso por tener que encontrarme con otros chicos, pero Michael estaba muy contento. El primer día de clase, se levantó dos horas antes para elegir la ropa que se iba a poner. Me contó que todos los chicos vestían vaqueros y camisas de franela, y que nosotros teníamos que ir igual, que así seríamos como los demás.

»Mamá nos llevó a Unityville y nos matriculamos con nuestros nombres falsos. Michael y yo pasamos dos horas en el despacho mientras el ayudante del director, el señor Batenor, nos hacía unas pruebas. Los dos sabíamos leer muy bien, pero yo fallaba en matemáticas. Cuando me llevaron al aula, los alumnos me miraron. Fue la primera vez que comprendí lo diferente que era mi familia, y cómo nos veían los demás. Los chicos empezaron a cuchichear hasta que el maestro los mandó callar.

»Durante el recreo me encontré con Michael en el patio y nos quedamos mirando cómo los otros chicos jugaban a fútbol. Tal como él me había dicho, los dos íbamos con vaqueros. Cuatro chavales mayores dejaron el partido y se nos acercaron para hablar con nosotros. Todavía me acuerdo de la expresión del rostro de Michael, de lo emocionado, de lo feliz que estaba. Creía que los chicos iban a pedirnos que nos uniéramos al partido y fuéramos amigos.

»Uno de aquellos chavales, el más alto, dijo: "Sois los Miller. Vuestros padres han comprado la granja de Hale Robinson". Michael intentó darle la mano, pero el otro añadió: "Vuestros padres están chiflados".

»Mi hermano siguió sonriendo unos segundos, como si no pudiera dar crédito a lo que el otro acababa de decir porque llevaba años en la carretera forjando su propia fantasía acerca del colegio y de una vida normal. Me dijo que me apartara y entonces le soltó un puñetazo en la boca al más alto. Los demás se le echaron encima, pero no tuvieron la más mínima oportunidad porque Michael utilizaba golpes de kárate contra unos pobres campesinos. Los dejó tirados por el suelo y habría seguido golpeándolos si yo no lo hubiera apartado.

– Entonces, ¿nunca hicisteis amigos?

– La verdad es que no. Los profesores apreciaban a Michael porque sabía hablar con los adultos. Pasábamos todo nuestro tiempo libre en la granja y no nos importaba, porque siempre teníamos algo en marcha, como construir una cabaña o adiestrar a Minerva .

– ¿Quién era Minerva ? ¿Vuestro perro?

– Era nuestra lechuza de seguridad. -Gabriel sonrió ante el recuerdo-. Unos meses antes de ir al colegio encontré una cría de lechuza cerca del riachuelo que atravesaba la finca de Tedford. Como no vi ningún nido cerca, la envolví con mi camiseta y me la llevé a casa.

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