Исабель Альенде - MI PAÍS INVENTADO

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influyentes en Chile y, según la opinión de muchos, rescataron el sur de la barbarie y lo convirtieron en el paraíso espléndido que hoy es.

Después de la Segunda Guerra Mundial llegó una oleada diferente de alemanes a refugiarse en Chile, donde existía tanta simpatía por ellos, que nuestro gobierno no se unió a los Aliados hasta última hora, cuando fue imposible permanecer neutral. Durante la guerra el partido nazi chileno desfilaba con uniformes pardos, banderas con esvásticas y el brazo en alto. Mi abuela corría al lado lanzándoles tomates. Esta dama era una excepción, porque en Chile la gente era tan antisemita, que la palabra «judío» era una grosería; tengo amigos a los cuales les lavaban la boca con agua y jabón si se atrevían a pronunciarla. Para referirse a ellos se decía «israelitas» o «hebreos», y casi siempre en un susurro. Todavía existe la misteriosa colonia Dignidad, un campamento nazi completamente cerrado, como si fuera una nación independiente, que ningún gobierno ha logrado desmantelar porque se supone que cuenta con la solapada protección de las Fuerzas Armadas. En tiempos de la dictadura (1973–1989) fue un centro de tortura usado por los servicios de inteligencia. En la actualidad su jefe se encuentra prófugo de la justicia, acusado de violación de menores y otros delitos. Los campesinos de los alrededores, sin embargo, les tienen simpatía a estos supuestos nazis, porque mantienen un excelente hospital, que ponen al servicio de la población. A la entrada de la colonia hay un restaurante alemán, donde se ofrece la mejor pastelería de la zona, servido por unos extraños hombres rubios llenos de tics faciales, que responden con monosílabos y tienen ojos de lagarto. Esto no lo he comprobado, me lo contaron.

Durante el siglo XIX llegaron ingleses en buen número y controlaron el transporte marítimo y de ferrocarriles, así como el comercio de importación y exportación. Algunos de sus descendientes de tercera o cuarta generación, que jamás pisaron Inglaterra, pero la llamaban home, tenían a mucha honra hablar castellano con acento y enterarse de las noticias por periódicos atrasados que venían de allá. Mi abuelo, quien tuvo muchos negocios con compañías que criaban ovejas en la Patagonia para la industria textil británica, contaba que nunca firmó un contrato; la palabra dicha y un apretón de manos eran más que suficientes. Los ingleses — «gringos», como llamamos genéricamente a cualquiera de pelo rubio o cuya lengua materna sea el inglés–crearon colegios, clubes y nos enseñaron varios juegos de lo más aburridos, incluyendo el bridge.

A los chilenos nos gustan los alemanes por las salchichas, la cerveza y el casco prusiano, además del paso de ganso que nuestros militares adoptaron para desfilar; pero en realidad procuramos imitar a los ingleses. Los admiramos tanto, que nos creemos los ingleses de América Latina, tal como consideramos que los ingleses son los chilenos de Europa. En la ridícula guerra de las Malvinas (1982) en vez de apoyar a los argentinos, que son nuestros vecinos, apoyamos a los británicos, a partir de lo cual la primera ministra, Mar–garet Thatcher, se convirtió en amiga del alma del siniestro general Pinochet. América Latina nunca nos perdonará semejante mal paso. Sin duda tenemos algunas cosas en común con los hijos de la rubia Albión: individualismo, buenos modales, sentido del fair play, clasismo, austeridad y mala dentadura. (La austeridad británica no incluye, claro está, a la realeza, que es al espíritu inglés lo que Las Vegas es al desierto de Mojave.) Nos fascina la excentricidad de la cual los británicos suelen hacer alarde, pero no somos capaces de imitarla, porque tenemos demasiado temor al ridículo; en cambio intentamos copiarles su aparente autocontrol. Digo aparente, porque en ciertas circunstancias, como por ejemplo un partido de fútbol, los ingleses y los chilenos por igual pierden la cabeza y son capaces de descuartizar a sus contrincantes. Del mismo modo, a pesar de su fama de ecuánimes, ambos pueden ser de una crueldad feroz. Las atrocidades cometidas por los ingleses a lo largo de su historia equivalen a las que cometen los chilenos apenas cuentan con un buen pretexto e impunidad. Nuestra historia está salpicada de muestras de barbarie. No en vano el lema de la patria es «por la razón o la fuerza», una frase que siempre me ha parecido particularmente estúpida. Durante los nueve meses de la revolución de 1891 murieron más chilenos que durante los cuatro años de la guerra contra Perú y Bolivia (1879–1883), muchos de ellos baleados por la espalda o torturados, otros lanzados al mar con piedras atadas a los tobillos. El método de hacer desaparecer a los enemigos ideológicos, que tanto aplicaron las diversas dictaduras latinoamericanas durante los años setenta y ochenta del siglo XX, ya se practicaba en Chile casi un siglo antes. Esto no quita que nuestra democracia fuera la más sólida y antigua del continente.

Nos sentíamos orgullosos de la eficacia de nuestras instituciones, de nuestros incorruptibles «carabineros», de la seriedad de los jueces y de que ningún presidente se enriqueció en el poder; al contrario, a menudo salía del Palacio de la Moneda más pobre de lo que entraba. A partir de 1973 no volvimos a jactamos de esas co

sas.

Además de ingleses, alemanes, árabes, judíos, españoles e italianos, arribaron a nuestras orillas inmigrantes de Europa Central, científicos, inventores, académicos, algunos verdaderos genios, a quienes llamamos sin distinción de clases «yugoslavos».

Después de la guerra civil en España, llegaron refugiados escapando de la derrota. En 1939 el poeta Pablo Neruda, por encargo del gobierno chileno, fletó un barco, el Winnipeg, que zarpó de Marsella con un cargamento de intelectuales, escritores, artistas, médicos, ingenieros, finos artesanos. Las familias pudientes de Santiago acudieron a Valparaíso a recibir el barco para ofrecer hospitalidad a los viajeros. Mi abuelo fue uno de ellos; en su mesa siempre hubo un puesto para los amigos españoles que llegaran de improviso. Yo aún no había nacido, pero me crié oyendo los cuentos de la guerra civil y las canciones salpicadas de palabrotas de aquellos apasionados anarquistas y republicanos. Esa gente sacudió la modorra colonial del país con sus ideas, sus artes y oficios, sus sufrimientos y pasiones, sus extravagancias. Uno de aquellos refugiados, un catalán amigo de mi familia, me llevó un día a ver una linotipia. Era un joven enjuto, nervioso, con perfil de ave furibunda, que no comía verduras porque las consideraba alimento de burros y vivía obsesionado con la idea de regresar a España cuando muriera Franco, sin sospechar que el hombre viviría cuarenta años más. Era tipógrafo de oficio y olía a una mezcla de ajo y tinta. Desde el último rincón de la mesa, yo lo veía comer sin apetito y despotricar contra Franco, las monarquías y los curas, sin que jamás sus ojos se volvieran en mi dirección, porque detestaba por igual a los niños y a los perros. Sorpresivamente, un día de invierno el catalán anunció que me llevaría de paseo, se envolvió en su larga bufanda y partimos en silencio. Llegamos a un edificio gris, cruzamos una puerta metálica y avanzamos por pasillos donde se apilaban enormes rollos de papel. Un ruido ensordecedor estremecía las paredes. Entonces lo vi transformarse, su paso se hizo liviano, le brillaban los ojos, sonreía. Por primera vez me tocó. Tomándome de la mano me condujo ante una máquina prodigiosa, una especie de locomotora negra, con todos sus mecanismos a la vista, destripada y rabiosa. Tocó sus clavijas y con un estruendo de guerra cayeron las matrices formando las líneas de un texto.

— Un maldito relojero alemán, emigrado a Estados Unidos, patentó esta maravilla en 1884–me gritó al oído-. Se llama linotipia, line of types. Antes había que componer el texto colocando los tipos a

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