Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Miro fijamente a Edmund Hyde, con su traje caro, detrás de su mesa cara, con sus libros encuadernados en cuero. Tras él, el sol atraviesa las cristaleras emplomadas. Me siento inundado por un odio repentino. Apuesto a que él no ha aceptado que le paguen con judías y huevos en toda su vida.

Me inclino hacia delante y le miro a los ojos. Quiero que esto sea también problema suyo.

– ¿Y qué se supone que debo hacer? -pregunto lentamente.

– No lo sé, hijo. Ojalá lo supiera. El país está pasando por momentos difíciles, eso es un hecho -se reclina en su silla con los dedos aún juntos. Inclina la cabeza como si se le hubiera ocurrido una idea-. Supongo que podrías ir al oeste -dice reflexivo.

Me doy cuenta de que si no me voy de este despacho inmediatamente le voy a estrangular. Me levanto, me pongo el sombrero y salgo.

Cuando llego a la acera me doy cuenta de otra cosa. Sólo se me ocurre una razón por la que mis padres podrían haber pedido una hipoteca: para pagar mis estudios en una buena universidad.

El dolor que me produce esta repentina conclusión es tan intenso que me doblo en dos, sujetándome el estómago.

Como no se me ocurre otra alternativa, vuelvo a la facultad, que no es más que una solución temporal. La habitación y las comidas están pagadas hasta fin de curso, pero eso es dentro de seis días.

Me he perdido toda la semana de clases de repaso. Todo el mundo desea ayudarme. Catherine me pasa sus apuntes y luego me abraza de una manera que sugiere que quizás obtuviera diferentes resultados esta vez si le hiciera mi requerimiento habitual. Me separo de ella. Por primera vez desde que tengo uso de razón no tengo interés en el sexo.

No puedo comer. No puedo dormir. Y, por supuesto, no puedo estudiar. Me quedo mirando un párrafo durante un cuarto de hora pero no soy capaz de asimilarlo. ¿Cómo podría hacerlo cuando, más allá de las palabras, en el fondo blanco del papel, veo como en un bucle interminable la muerte de mis padres? Veo su Buick color crema lanzándose contra la barandilla y saltando por un lado del puente para evitar la camioneta roja del viejo señor McPherson. ¿El viejo señor McPherson, el que se presentó en la iglesia una inolvidable Pascua sin pantalones?

El vigilante del examen cierra la puerta y se sienta. Echa una mirada al reloj de pared y espera hasta que el minutero dé su paso inseguro.

– Pueden empezar.

Cincuenta y dos hojas de examen se dan la vuelta. Algunos lo repasan primero. Otros empiezan a escribir de inmediato. Yo no hago ninguna de las dos cosas.

Cuarenta minutos después todavía no he puesto el lápiz sobre el papel. Miro la hoja con desesperación. Veo diagramas, números, líneas y cuadros -secuencias de palabras con signos de puntuación al final-, algunas son puntos, otras interrogaciones, pero nada tiene el menor sentido. Por un instante incluso dudo de que sea inglés. Lo intento en polaco, pero tampoco funciona. Podrían ser jeroglíficos tranquilamente.

Una chica tose y yo doy un brinco. Una gota de sudor cae de mi frente a la hoja de examen. La limpio con la manga y la levanto.

Puede que si me lo acerco… O me lo alejo… Ahora veo que está en inglés; o más exactamente, que las palabras sueltas son en inglés, pero no soy capaz de pasar de una a otra con un mínimo de coherencia.

Cae una segunda gota de sudor.

Examino el aula. Catherine escribe deprisa, con su pelo castaño claro cayéndole sobre la cara. Es zurda, y como escribe con lápiz tiene el brazo izquierdo plateado de la muñeca al codo. A su lado, Edward levanta la cabeza, mira el reloj aterrorizado y vuelve a doblarse sobre el examen. Yo retiro los ojos y los dirijo hacia una ventana.

Retazos de cielo se adivinan entre las hojas, formando un mosaico de azul y verde suavemente agitado por el viento. Fijo la mirada en él y dejo que mi atención se relaje, concentrándome más allá de las hojas y las ramas. Una ardilla cruza con calma mi campo de visión con su gran cola enhiesta.

Empujo la silla para atrás con un violento chirrido y me pongo de pie. Tengo la frente perlada de sudor y me tiemblan los dedos. Cincuenta y dos caras se vuelven a mirarme.

Yo debería conocer a esa gente, y hasta hace una semana así era. Sabía dónde vivían sus familias. Sabía lo que hacían sus padres. Sabía si tenían hermanos y si se llevaban bien. Joder, si hasta recordaba los nombres de los que habían tenido que dejar la facultad después del hundimiento de la Bolsa: Henry Winchester, cuyo padre se tiró por la ventana de la Cámara de Comercio de Chicago. Alistair Barnes, cuyo padre se pegó un tiro en la cabeza. Reginald Monty, que intentó sin éxito vivir en un coche cuando su familia no pudo seguir pagando su manutención. Bucky Hayes, cuyo padre, al quedarse sin trabajo, sencillamente desapareció. Pero ¿y éstos? ¿Los que siguen aquí? Nada.

Miro a esas caras sin rasgos -esos óvalos vacíos con pelo-, pasando de uno a otro con creciente desesperación. Percibo un ruido denso y húmedo y me doy cuenta de que lo hago yo. Me cuesta respirar.

– ¿Jacob?

La cara más próxima a mí tiene boca y la está moviendo. Su voz es tímida, insegura.

– ¿Te encuentras bien?

Parpadeo, incapaz de enfocar la mirada. Un segundo después cruzo el aula y tiro la hoja de examen encima de la mesa del profesor.

– ¿Ya ha terminado? -dice él recogiéndolo. Oigo el crujir del papel mientras me dirijo hacia la puerta-. ¡Espere! -grita a mis espaldas-. ¡Ni siquiera lo ha empezado! No puede irse. Si se va no podré permitirle que…

La puerta amortigua sus últimas palabras. Mientras cruzo el patio levanto la mirada hacia el despacho del decano Wilkins. Está junto a la ventana, observando.

Voy caminando hasta los límites de la ciudad y me desvío para seguir el curso de la línea férrea. Sigo andando hasta que ha oscurecido y la luna está alta en el cielo, y después algunas horas más. Ando hasta que me duelen las piernas y me salen ampollas en los pies. Y entonces me paro, porque estoy cansado y hambriento y no tengo ni idea de dónde estoy. Es como si hubiera estado caminando sonámbulo y al despertarme de repente me hubiera encontrado aquí.

La única señal de civilización son las vías del tren, que descansan sobre un lecho de grava elevado. A un lado hay un bosque y un pequeño claro al otro. Desde algún lugar cercano me llega el sonido del agua corriendo, y me dirijo hacia allí orientado por la luz de la luna.

El arroyo tiene unos sesenta centímetros de ancho como mucho. Corre paralelo a la línea de los árboles en un extremo del claro y luego se adentra en el bosque. Me quito los zapatos y los calcetines y me siento en la orilla.

Cuando sumerjo por primera vez los pies en sus gélidas aguas me duelen tanto que los saco rápidamente. Pero insisto, sumergiéndolos cada vez por un periodo de tiempo un poco más largo, hasta que el frío acaba por adormecer las ampollas. Descanso las plantas de los pies en el fondo pedregoso y dejo que el agua corra entre los dedos. Al final, es el propio frío el que me produce dolor y me tumbo en la orilla con la cabeza apoyada en una piedra plana mientras se me secan los pies.

Un coyote aúlla a lo lejos, un sonido al mismo tiempo solitario y familiar, y yo suspiro dejando que se me cierren los ojos. Al oír un aullido de respuesta a unos metros por mi izquierda, me incorporo de golpe.

El coyote lejano aúlla de nuevo y esta vez le responde el pitido de un tren. Me pongo los calcetines y los zapatos y me levanto del todo con la mirada clavada en la linde del claro.

El tren está cada vez más cerca, traquetea y resuena en dirección a mí: chac-a-chac-a-chac-a-chac-a, chac-a-chac-a-chac-a-chac-a, chac-a-chac-a-chac-a-chac-a…

Me limpio las manos en los muslos y me acerco a las vías, deteniéndome a unos metros de ellas. El olor acre del aceite me llena las fosas nasales. El pito suena otra vez:

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