Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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– Rosemary -digo.

– ¿Sí, señor Jankowski? -dice ella.

– Él está mintiendo, ¿sabe?

– Eso yo no lo sé. Y usted tampoco.

– Pero yo sí que lo sé. Yo estuve en el circo.

Parpadea irritada.

– ¿Qué quiere decir?

Dudo y me lo pienso mejor.

– No tiene importancia -digo.

– ¿Trabajó usted en un circo?

– Ya le he dicho que no tiene importancia.

Durante un instante hay un silencio incómodo.

– El señor McGuinty podría haber resultado gravemente herido, ¿sabe? -dice colocándome las piernas. Trabaja deprisa, con eficacia, pero sin llegar a resultar mecánica.

– No lo creo. Los abogados son indestructibles.

Se me queda mirando un buen rato, observándome a mí como persona real. Por un momento me parece percibir en ella un resquicio. Luego vuelve a ponerse en marcha.

– ¿Le llevará su familia al circo este fin de semana?

– Sí, sí -digo con cierto orgullo-. Viene alguien todos los domingos. Como un reloj.

Desdobla una manta y me la coloca sobre las piernas.

– ¿Quiere que le traiga la cena?

– No -digo.

Hay un silencio tenso. Me doy cuenta de que debería haber añadido «gracias», pero ya es demasiado tarde.

– De acuerdo entonces -dice-. Volveré dentro de un rato a ver si necesita algo.

Ya. Sí, claro. Eso es lo que dicen siempre.

Pero, mira tú por dónde, aquí está.

– Esto no se lo cuente a nadie -dice mientras abre mi mesita plegable y me la pone sobre las piernas. Coloca en ella una servilleta de papel, un tenedor de plástico y un bol de fruta que tiene una pinta realmente apetitosa, con fresas, melón y manzana-. La había traído para cenar. Estoy a dieta. ¿Le gusta la fruta, señor Jankowski?

Le contestaría, pero tengo la mano delante de la boca y estoy temblando. Manzana, por el amor de Dios.

Me da una palmada en la otra mano y sale del cuarto ignorando discretamente mis lágrimas.

Me meto un trozo de manzana en la boca y saboreo sus jugos. La lámpara fluorescente del techo arroja su áspera luz sobre mis dedos nudosos, que sacan trozos de fruta del bol. Me parecen de otro. Desde luego no pueden ser míos.

La edad es una ladrona implacable. Justo cuando empiezas a tomar el pulso a la vida te arranca la fuerza de las piernas y te encorva la espalda. Produce dolores y enturbia la cabeza y silenciosamente infesta a tu mujer de cáncer.

Metastásico, dijo el médico. Cuestión de semanas o meses. Pero mi amada era frágil como un pájaro. Murió nueve días más tarde. Después de sesenta y un años juntos, sencillamente agarró mi mano y expiró.

Aunque hay veces que daría cualquier cosa por tenerla aquí de nuevo, me alegro de que se fuera la primera.

Perderla fue como si me partieran por la mitad. Ése fue el momento en que todo acabó para mí, y no me habría gustado que ella hubiera pasado por esa situación. Ser el que sobrevive es una cagada.

Antes pensaba que prefería envejecer a la alternativa, pero ahora no estoy tan seguro. A veces la monotonía del bingo, los karaokes y los ancianos polvorientos aparcados en el pasillo en sus sillas de ruedas me hacen desear la muerte. Sobre todo cuando recuerdo que yo soy uno de los ancianos polvorientos archivado como una especie de trasto inservible.

Pero no hay nada que hacer. Lo único que puedo hacer es pasar el rato hasta que llegue lo inevitable, observando cómo los fantasmas de mi pasado deambulan por mi presente inane. Se mueven a sus anchas y se sienten como en su casa, básicamente porque no tienen competencia. He dejado de luchar contra ellos.

En este mismo momento están haciendo lo que quieren.

Poneos cómodos, chicos. Quedaos un rato. Oh, lo siento… Veo que ya lo habéis hecho.

Malditos fantasmas.

DOS

Tengo veintitrés años y estoy sentado junto a Catherine Hale o más - фото 3

Tengo veintitrés años y estoy sentado junto a Catherine Hale; o, más exactamente, ella está sentada a mi lado, porque ha entrado al aula después que yo y se ha deslizado como sin darle importancia por el banco hasta que nuestros muslos se han tocado, y luego se ha apartado ruborizándose, como si el contacto hubiera sido accidental.

Catherine es una de las cuatro únicas chicas del curso del 31 y su crueldad no conoce límites. He perdido la cuenta de las veces que he pensado «Dios mío, Dios mío, por fin me va a dejar que lo haga», para acabar encontrándome con un «Dios mío, ¿y quiere que pare ahora?».

Que yo sepa, soy el chico virgen más viejo sobre la faz de la Tierra. Por lo menos, nadie más de mi edad está dispuesto a admitirlo. Hasta mi compañero de cuarto, Edward, ha cantado victoria, aunque me inclino a creer que lo más cerca que ha estado de una mujer ha sido entre las tapas de una de sus revistas pornográficas. No hace mucho, uno de los chicos de mi equipo de fútbol le pagó a una mujer un cuarto de dólar para que les dejara hacerlo, uno tras otro, en la cuadra del ganado. Aunque tenía grandes esperanzas de librarme de mi virginidad en Cornell, no fui capaz de participar en aquello. Sencillamente no pude hacerlo.

Así que dentro de diez días, tras seis largos años de disecciones, castraciones, partos de yeguas y de meterles el brazo por el trasero a las vacas más veces de las que me gustaría recordar, me iré de Ithaca, acompañado de mi fiel sombra la Virginidad, para incorporarme a la consulta veterinaria de mi padre en Norwich.

– Y aquí pueden ver ustedes la evidencia de un engrasamiento del intestino delgado distal -dice el profesor Willard McGovern con una voz carente de inflexiones. Ayudándose de un puntero, señala sin entusiasmo los intestinos retorcidos de una cabra moteada muerta-. Esto, unido a la inflamación de los ganglios linfáticos del mesenterio, indica un claro síndrome de…

La puerta se abre con un chirrido y McGovern se vuelve dejando el puntero aún hundido en el vientre del animal. El decano Wilkins entra en el aula apresuradamente y sube las escaleras de la tarima. Los dos hombres conversan tan cerca el uno del otro que sus frentes casi se tocan. McGovern escucha los nerviosos susurros de Wilkins y luego se gira para examinar las filas de estudiantes con expresión preocupada.

A mi alrededor, los estudiantes se agitan inquietos. Catherine me pilla mirándola y cruza una rodilla sobre la otra, estirándose la falda con dedos lánguidos. Yo trago saliva con esfuerzo y retiro la mirada.

– ¿Jacob Jankowski?

El lápiz se me cae del susto. Desaparece rodando bajo los pies de Catherine. Carraspeo y me levanto deprisa. Cincuenta y tantos pares de ojos se posan sobre mí.

– ¿Sí, señor?

– ¿Podemos hablar un momento?

Cierro el cuaderno y lo dejo sobre el banco. Catherine recoge mi lápiz y, al entregármelo, deja que sus dedos se queden pegados a los míos un instante. Salgo al pasillo golpeando rodillas y pisando pies. Los susurros me acompañan hasta el estrado del aula.

El decano Wilkins me mira fijamente.

– Venga con nosotros -dice.

He hecho algo, eso parece evidente.

Le sigo al pasillo. McGovern sale detrás de mí y cierra la puerta. Los dos permanecen en silencio durante un momento, con los brazos cruzados y gestos severos.

Mi cabeza repasa a toda máquina cada una de mis acciones más recientes. ¿Habrán registrado los dormitorios? ¿Habrán encontrado el licor de Edward… o puede que incluso las revistas? Dios mío, si me expulsan ahora mi padre me mata. Sin la menor duda. Por no hablar de lo que le afectaría a mi madre. Vale, puede que haya bebido un poco de whisky, pero no es lo mismo que si hubiera tenido algo que ver con el descalabro del ganado…

El decano Wilkins inspira profundamente, levanta sus ojos hacia los míos y me pone una mano en el hombro.

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