Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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– Hijo, ha habido un accidente -breve pausa-. Un accidente de coche -otra pausa. Más larga en esta ocasión-. Lo han sufrido tus padres.

Le miro, deseando que continúe.

– ¿Les ha…? ¿Se van a…?

– Lo siento, hijo. Fue un segundo. No se pudo hacer nada por ellos.

Observo su cara atentamente, intentando sostenerle la mirada, pero es difícil porque se aleja de mí, adentrándose en un profundo y oscuro túnel. En mi visión periférica estallan estrellas.

– ¿Te encuentras bien, hijo?

– ¿Qué? -¿Te encuentras bien?

De repente está otra vez enfrente de mí. Parpadeo y me pregunto a qué se refiere. ¿Cómo demonios me voy a encontrar bien? Entonces me doy cuenta de que me está preguntando si voy a llorar.

Se aclara la garganta y continúa:

– Tienes que volver hoy mismo. Para hacer la identificación definitiva. Yo te llevaré a la estación.

El jefe de la policía, miembro de nuestra congregación, me espera en el andén vestido de calle. Me recibe con un incómodo saludo de cabeza y un rígido apretón de manos. Casi como si se lo pensara mejor, me arrastra a un violento abrazo. Me da unos sonoros golpes en la espalda y me separa de un empujón acompañado de un sollozo. Luego me lleva al hospital en su propio coche, un Phaeton de dos años que debe de haberle costado un riñón. Hay muchas cosas que la gente habría hecho de diferente manera si hubieran sabido lo que iba a pasar aquel aciago octubre.

El forense nos conduce hasta el sótano y desaparece tras una puerta, dejándonos en el pasillo. Al cabo de unos minutos aparece una enfermera que sujeta la puerta abierta como silenciosa invitación.

No hay ventanas. En una pared cuelga un reloj, pero, por lo demás, la habitación está desnuda. El suelo es de linóleo, verde oliva y blanco, y en el centro hay dos camillas. Encima de cada una de ellas hay un cuerpo cubierto con una sábana. No soy capaz de asimilarlo. Ni siquiera podría distinguir dónde están los pies y la cabeza.

– ¿Está preparado? -dice el forense colocándose entre nosotros.

Trago saliva y asiento. Una mano se posa en mi hombro. Es la del jefe de policía.

El forense descubre primero a mi padre y luego a mi madre.

No parecen mis padres, y sin embargo no pueden ser nadie más. La muerte los cubre por completo: en los multicolores dibujos de sus torsos golpeados, el morado berenjena sobre el blanco sin sangre; en las cuencas de sus ojos, hundidas, huecas. Mi madre -tan bella y meticulosa en vida- exhibe una mueca tensa en la muerte. Su pelo está enmarañado y manchado de sangre, pegado al agujero de su cráneo fracturado. La boca abierta, la barbilla retraída como si estuviera roncando.

Me giro en el momento en que el vómito fluye de mi boca. Hay alguien preparado con una palangana en forma de riñón, pero no acierto y oigo cómo el líquido cae al suelo y salpica las paredes. Lo oigo porque tengo los ojos cerrados con fuerza. Vomito una y otra vez, hasta que no me queda nada dentro. A pesar de eso, sigo doblado y con arcadas hasta que empiezo a pensar si es posible darse la vuelta como un guante.

Me llevan a otro sitio y me plantan en una silla. Una amable enfermera vestida con uniforme almidonado me trae un café que deja en la silla de al lado hasta que se queda frío.

Después viene el capellán y se sienta a mi lado. Me pregunta si hay alguien al que deba llamar. Le digo que todos mis parientes están en Polonia. Me pregunta por los vecinos y los miembros de nuestra iglesia, pero por mucho que lo intento no consigo recordar ni un solo nombre. Ni uno. No estoy seguro de que recordara el mío si me lo preguntaran.

Cuando se va, me levanto. Hay poco más de tres kilómetros hasta nuestra casa, y llego justo cuando el último rayo de sol se desliza por el horizonte.

La entrada de coches está vacía. Naturalmente.

Me quedo en el patio de atrás, con la maleta en la mano y la mirada perdida en el edificio alargado y bajo que hay detrás de la casa. Sobre la entrada se lee un cartel nuevo, con letras negras brillantes:

E. JANKOWSKI E HIJO

Veterinarios

Al cabo de un rato me giro hacia la casa, remonto los escalones y abro la puerta de atrás.

La posesión más preciada de mi padre -una radio Philco- está en la encimera de la cocina. El jersey azul de mi madre cuelga del respaldo de una silla. Sobre la mesa de la cocina hay ropa blanca planchada, y un jarrón con violetas marchitas. Un bol boca abajo, dos platos y un puñado de cubiertos están puestos a escurrir encima de un trapo de cuadros extendido junto al fregadero.

Esta mañana tenía padres. Esta mañana tomaron el desayuno.

Caigo de rodillas allí mismo, en la puerta de atrás, y aúllo con la cabeza entre las manos.

Las señoras del ropero parroquial, advertidas de mi regreso por la mujer del jefe de policía, no tardan mucho en lanzarse sobre mí.

Todavía estoy en la entrada, con la cabeza apoyada en las rodillas. Oigo el crujido de la gravilla bajo los neumáticos, puertas de coche que se cierran, y acto seguido me encuentro rodeado de carne flácida, estampados florales y manos enguantadas. Me siento estrujado contra pechos blandos, atosigado por sombreros con velo y envuelto en jazmín, lavanda y agua de rosas. La muerte es un asunto muy formal y se han vestido con sus galas de los domingos. Me dan palmaditas, dramatizan y, sobre todo, cacarean.

Qué pena, qué pena tan grande. Y, además, una gente tan buena. Es difícil aceptar una desgracia tan terrible, por supuesto, pero los caminos del buen Dios son inescrutables. Ellas se ocuparán de todo. La habitación de invitados de la casa de Jim y Mabel Neurater ya está preparada. No tengo que preocuparme por nada.

Agarran mi maleta y me llevan hasta el coche que han dejado en marcha. Jim Neurater, con expresión sombría, está al volante, asiéndolo con ambas manos.

Dos días después de enterrar a mis padres, me citan en el despacho de Edmund Hyde, abogado, para conocer los detalles de su patrimonio. Me siento en una dura silla de cuero enfrente del caballero en cuestión mientras va quedando claro que no hay nada de lo que hablar. Al principio creo que se está burlando de mí. Parece ser que mi padre lleva casi dos años aceptando que le paguen con judías y huevos.

– ¿Judías y huevos? -mi voz se quiebra por la incredulidad-. ¿Judías y huevos?

– Y pollos. Y otros productos.

– No lo entiendo.

– Es lo que tiene la gente, hijo. Esta comunidad se ha visto muy afectada y tu padre intentaba ayudarles. No podía quedarse mirando cómo sufrían los animales.

– Pero… no lo entiendo. Aunque aceptara que le pagaran con…, en fin, lo que fuera, ¿cómo es posible que todo le pertenezca al banco?

– No pudieron hacer frente al pago de la hipoteca.

– Mis padres no tenían hipoteca.

Parece incómodo. Se coloca los dedos unidos por las puntas delante de la cara.

– Bueno, sí, lo cierto es que sí.

– No, de eso nada -le discuto-. Han vivido aquí desde hace casi treinta años. Mi padre ahorraba cada centavo que ganaba.

– El banco quebró.

Entrecierro los ojos.

– Creía que había dicho que todo el dinero se lo quedaba el banco.

Suelta un profundo suspiro.

– Se trata de otro banco. El que les concedió la hipoteca cuando quebró el otro -me dice. No sé si está intentando parecer paciente y fracasando a todas luces o intentando librarse de mí descaradamente.

Hago una pausa para sopesar mis posibilidades.

– ¿Y qué pasa con las cosas de la casa? ¿De la consulta? -pregunto por fin.

– Todo se lo queda el banco.

– ¿Y si yo me negara?

– ¿Cómo?

– Podría volver y hacerme cargo de la consulta e intentar cubrir los pagos.

– Las cosas no funcionan así. Tú no puedes quedártela.

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