Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Señala la cola del tren. Se desliza por detrás de nosotros como una serpiente gigante, los vagones unidos se bambolean e inclinan al tomar las curvas.

– Es una vista preciosa, ¿verdad, Jacob? -dice August. Me vuelvo hacia él. Me está mirando fijamente con los ojos brillantes-. Aunque no tan preciosa como mi Marlena, ¿eh?, ¿eh? -hace un chasquido con la lengua y me guiña un ojo.

Antes de que pueda protestar, se levanta y se pone a bailar claque por el techo.

Alargo el cuello para contar los vagones de ganado. Por lo menos hay seis.

– ¿August?

– ¿Qué? -dice, deteniéndose en medio de un giro.

– ¿En qué coche está Kinko?

Se acuclilla inesperadamente.

– En este mismo. ¿A que eres un chico con mucha suerte?

Levanta una trampilla y desaparece por ella.

Yo me pongo a cuatro patas.

– ¿August?

– ¿Qué? -responde una voz desde la oscuridad.

– ¿Hay escalera?

– No, déjate caer.

Desciendo por la trampilla hasta que me quedo colgando sólo de las puntas de los dedos. Luego me estrello contra el suelo. Un relincho de sorpresa me recibe.

Finas tiras de luz de luna se cuelan entre los tablones que forman las paredes del vagón. A un lado tengo una hilera de caballos. El otro lado está bloqueado por un tabique de factura claramente artesanal.

August se adelanta y empuja la puerta hacia dentro. Ésta golpea contra la pared que hay detrás, dejando al descubierto una habitación improvisada iluminada por una lámpara de petróleo. Está colocada sobre una caja dada la vuelta junto a un camastro. Un enano está tumbado boca abajo en él, leyendo un libro. Es más o menos de mi edad y, como yo, tiene el pelo rojo. Éste, al contrario que el mío, se eleva sobre su cabeza en un penacho indomable. La cara, el cuello y los brazos están profusamente salpicados de pecas.

– Kinko -dice August de mala gana.

– August -responde el enano de igual manera.

– Éste es Jacob -dice August haciendo un reconocimiento de la diminuta habitación-. Va a vivir contigo algún tiempo.

Doy un paso adelante alargando la mano.

– ¿Cómo está usted? -digo.

Kinko contempla con frialdad mi mano y se gira hacia August.

– ¿Qué es?

– Se llama Jacob.

– He dicho «qué», no «quién».

– Nos va a echar una mano con los anímales.

Kinko se levanta de un salto.

– ¿Un cuidador de animales? Olvídalo. Yo soy artista. De ninguna manera voy a vivir con un peón. Se oye un gruñido detrás de él y por primera vez veo a la terrier. Está al fondo del camastro con los pelos de la nuca erizados.

– Soy el director ecuestre y supervisor de los animales -dice August lentamente-, y sólo gracias a mi generosidad se te permite dormir aquí. También le debes a mi generosidad que no esté lleno de peones. Por supuesto, siempre podría cambiar de opinión. Además, este caballero es veterinario, y de Cornell nada menos, lo que le pone bastante por encima de ti en la escala de mi estima. A lo mejor deberías considerar ofrecerle el camastro -la llama de la lámpara parpadea en los ojos de August. Sus labios tiemblan en su resplandor tenebroso.

Tras unos instantes, se vuelve hacia mí y hace una reverencia, chocando los talones.

– Buenas noches, Jacob. Estoy seguro de que Kinko se encargará de que estés cómodo. ¿Verdad, Kinko?

El enano le mira furibundo.

August se alisa los dos lados del pelo con las manos. Luego sale, cerrando la puerta a sus espaldas. Me quedo mirando la madera cortada toscamente hasta que oigo sus pasos por encima de nuestras cabezas. Entonces me giro.

Kinko y la perra me miran fijamente. La perra enseña los dientes y gruñe.

Paso la noche sobre una manta de caballo arrugada pegado contra la pared, lo más lejos que puedo del camastro. La manta está húmeda. Quienquiera que se ocupara de ajustar las tablas cuando convirtieron esto en una habitación hizo un trabajo desastroso, y la lluvia ha empapado la manta, que apesta a moho.

Me despierto sobresaltado. Me he rascado los brazos y el cuello hasta dejármelos en carne viva. No sé si ha sido por dormir sobre pelos de caballo o sobre parásitos, y no quiero saberlo. El cielo que se ve entre los listones desencajados está negro, y el tren sigue moviéndose.

Me ha despertado un sueño, pero no me acuerdo de los detalles. Cierro los ojos y rebusco a ciegas en los rincones de mi cabeza.

Es mi madre. Está de pie en el patio con su vestido azul de flores tendiendo la colada en la cuerda. Sujeta en la boca unas pinzas de madera y tiene más en el delantal que lleva atado a la cintura. Sus dedos se afanan con una sábana. Está cantando bajito en polaco.

Flash.

Me encuentro tendido en el suelo mirando hacia arriba, a los pechos colgantes de la stripper. Sus pezones, marrones y como galletas del tamaño de un dólar de plata, se mueven en círculos… Para afuera, para adentro, PLAF. Afuera, adentro, PLAF. Siento una punzada de excitación, luego de remordimiento y luego, náuseas.

Y de repente estoy…

Estoy…

CINCO

Estoy balbuceando como el viejo chocho que soy, eso es lo que estoy haciendo.

Supongo que estaba dormido. Habría jurado que hace tan sólo unos segundos tenía veintitrés años y ahora aquí estoy, metido en este cuerpo deteriorado y marchito.

Sorbo y me limpio estas estúpidas lágrimas intentando mantener la compostura, porque esa chica ha vuelto, la rellenita vestida de rosa. O ha trabajado toda la noche, o yo he perdido la noción del día. Detesto no saber lo que ha pasado.

También me gustaría recordar su nombre, pero no puedo. Eso es lo que pasa cuando tienes noventa años. O noventa y tres.

– Buenos días, señor Jankowski -dice la enfermera encendiendo la luz. Se acerca a la ventana y abre las persianas para que entre el sol-. Ya es hora de levantarse.

– ¿Para qué? -gruño.

– Porque al buen Dios le ha parecido oportuno bendecirle con un día más -dice viniendo a mi lado. Aprieta un botón en la cabecera de mi cama. Esta se pone a zumbar. Unos segundos después, me encuentro sentado con la espalda recta-. Además, mañana va a ir al circo.

¡El circo! O sea que no he perdido un día.

Pone una funda desechable en un termómetro y me lo mete en el oído. Todas las mañanas me hurgan y toquetean de la misma manera. Soy como un trozo de carne que han sacado del fondo del frigorífico, sospechosa hasta que se demuestre lo contrario.

Cuando el termómetro pita, la enfermera tira la funda a la papelera y escribe algo en mi ficha. Luego descuelga el tensiómetro de la pared.

– Entonces, ¿esta mañana le apetece tomar el desayuno en el comedor o prefiere que le traiga algo aquí? -pregunta mientras me ajusta el brazalete alrededor del brazo y lo infla.

– No quiero desayunar.

– Venga ya, señor Jankowski -dice colocando un estetoscopio en la parte interior de mi codo y observando el indicador-. Tiene que mantenerse fuerte.

Intento leer el nombre en su placa de identificación.

– ¿Para qué? ¿Para poder correr un maratón?

– Para que no pille algo y pueda ir al circo -dice ella. Cuando el brazalete se desinfla, retira el aparato de mi brazo y vuelve a colgarlo de la pared.

¡Por fin he podido ver su nombre!

– Entonces lo tomaré aquí, Rosemary -digo demostrando así que recuerdo su nombre. Mantener la ficción de que estás en pleno uso de tus facultades es un trabajo duro pero importante. De todas maneras, yo no estoy totalmente gagá. Es sólo que tengo más cosas en la cabeza que otra gente.

– Le declaro oficialmente fuerte como un caballo -dice la enfermera tomando unas últimas notas antes de cerrar la carpeta-. Si conserva su peso apuesto a que podría seguir otros diez años.

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