Carmen Posadas - La cinta roja
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Estaba algo ebrio y le temblaba la voz.
— ¿Cómo puedes decir eso? — le repliqué-. Todos saben que fuiste el único que tuvo el coraje de enfrentarse a Robespierre. Sin ti, sus cabezas hace meses que se hubieran juntado con la de Danton para festín de los gusanos.
El negó tristemente.
— No, Thérésia, hay hombres como yo que sólo sirven para hacer el trabajo sucio. Para limpiar Burdeos de contrarrevolucionarios, para eliminar a tiranos, pero una vez que lo han hecho, los barridos son ellos.
No respondí, sino que mentalmente me dediqué a repasar lo que estaba ocurriendo con el resto de los termidorianos. Fouché había desaparecido temporalmente de la escena, pero en cambio Fréron y sobre todo Barras cada vez tenían mayor predicamento. Entonces, sin darme cuenta, me puse a comparar la figura de este último con la de mi amante. Desde luego, Barras estaba mucho más en sintonía con el papel que requerían los tiempos. Él era hijo de un noble provenzal, distinguido y muy seguro de sí mismo. Vestía de forma tan ridícula como todos por aquellas fechas, pero su elegancia aparatosa le daba, a pesar de ello, un aire juvenil que él cuidaba mucho de fomentar. Tenía buena planta, la frente alta, la boca fina, la nariz perfecta y una sonrisa algo cruel que resultaba inquietantemente atractiva. Tallien, en cambio, a pesar de una cierta apostura rústica, era uno de esos hombres a los que los franceses llaman gauche , apelativo que nada tiene que ver con su inclinación política. Era gauche o poco diestro en el trato, en la conversación y sobre todo en sus modales. Dígase lo que se diga, la Revolución, con sus aires igualitarios, nunca logró suprimir del todo las distinciones en lo que a orígenes sociales se refiere, y Tallien, por muy hijo ilegítimo del duque de Bercy que presumiera ser, estaba considerado un patán. No sabía comportarse en sociedad y aburría a todos con la incómoda y reiterativa conversación de los que creen que nunca se les reconocen suficientemente sus méritos. Tenía, por ejemplo, la enojosa costumbre de relatar una y otra vez cómo había sido su intervención en la Asamblea el 9 de Thermidor, lo que le había espetado a Robespierre, lo que había respondido el Incorruptible, lo que había contrarreplicado él… Y para escenificar mejor su actuación, solía sacar del pecho el mismo puñal que había blandido en aquella ocasión y apuntar con él a sus interlocutores. La gente, al principio, le escuchaba con educación, más tarde comenzaron a ignorarle, y últimamente, con todo descaro, abandonaban la estancia cuando lo veían acercarse. En cuanto a su predicamento político, estaba corriendo igual suerte que su predicamento social. Comenzaba a ser evidente que no había sabido sacar partido a su momento de gloria, puesto que no pudo o no supo utilizarlo una vez que lo tuvo en sus manos. Así, sus intervenciones en la Asamblea eran cada vez más escasas, y durante sus discursos ya nadie se molestaba en disimular sus bostezos. Tallien se daba cuenta de todo ello y sufría.
— Un día de éstos tú también me dejarás, Thérésia. Me olvidarás detrás de la puerta como han hecho otros–me dijo aquella noche una vez que despedimos a nuestros últimos invitados. Estaba bebido, pero era otro brillo que nada tenía que ver con el alcohol el que iluminaba sus ojos. Era, yo lo sabía bien, el temor, el horror a perderme o a que lo dejara por otro. Tuve que asegurarle que no había nadie más que él en mi vida, que lo único que quería era divertirme, disfrazarme, olvidar el Terror, igual que hacíamos todos por aquellas fechas. Pero desde esa noche Tallien no tuvo más que una obsesión:
— Casémonos, vida mía. Tú estás divorciada, yo soltero, es lo único que logrará salvarme, salvarnos.
No pude menos que reír. ¿Qué importancia podía tener un acta de matrimonio? ¿De qué o de quién debíamos salvarnos? Vivíamos juntos y nuestra unión era más que conocida por todos sin necesidad de que la refrendara papel alguno.
— No por conocida deja de ser ilegal–me respondió-. Y mi carrera política sufre por este motivo. Noto perfectamente cómo me miran los otros diputados…
No quise decirle lo que de verdad pensaba. Que se engañaba una vez más. Que los diputados no lo miraban de esta u otra manera porque viviera en concubinato con una extranjera, con una ex aristócrata ni con Nuestra Señora de Thermidor. Eran otras las razones. Pero de nada servía quebrantar aún más su ya de por sí frágil equilibrio. Tallien era un hombre que sabía que se estaba ahogando y buscaba desesperadamente una tabla de salvación. Miré sus ojos, tan atormentados, luego la línea de su antaño bello y rizado pelo que comenzaba ya a menguar, y a continuación vi la amargura que se había apoderado de esa boca que, en otros momentos, tanto y tan inesperado placer me había proporcionado. Apenas tenía veinticinco años y ya parecía un viejo. Lágrimas acudieron a mis ojos. Si él era ahora un náufrago que buscaba asidero, también yo en tiempos lo había utilizado a él como tabla de salvación cuando mi mundo naufragaba. Y Tallien entonces había estado ahí para salvarme, para jugarse su carrera, e incluso su vida, por mí.
— Jean… — le dije, y él, confundiendo mis lágrimas de piedad con las de otro sentimiento que yo ya no podía albergar, me abrazó con desesperación.
— Júrame que no me dejarás nunca. Júrame al menos que, cuando te canses de mí, permitirás que me quede cerca de ti, como una escoba vieja, detrás de la puerta, en el último rincón de tu casa, de tu vida, como un trasto inútil, como un perro, pero cerca de ti, mi amor, mi única vida.
Esa noche nos amamos como lo que éramos, él un náufrago y yo un trozo de madera inerte que nada puede sentir. En sus besos bañados en lágrimas busqué, como antes tantas veces había hecho junto a mi primer marido, imaginar las caricias de mi querido Jean–Alex Laborde, cuya imagen aún guardaba en el secreto camafeo que llevaba siempre oculto entre mis ropas, incluso las más frívolas y merveilleuses . No me resulta difícil imaginar la cara de sorpresa y de incredulidad de cualquiera de los que tanto admiraban a Teresa Cabarrús disfrazada de diosa pagana si descubrieran su secreta verdad. Aquella Venus que reía siempre no tenía junto a su corazón más que la compañía de un pobre hombre que se venía abajo y la de un camafeo con la imagen de un muchacho, apenas un niño, al que no había vuelto a ver desde hacía nueve años. Triste diosa.
Sin embargo, la gratitud es un sentimiento extraño. Algunos ni siquiera la conocen, muchos la recuerdan sólo cuando son de ella deudores y la mayoría no la considera razón suficiente para permanecer unido a alguien. Aun así, yo a mis frívolos y a la vez tan vividos diecinueve años, sabía muy bien lo que le debía a aquel hombre que ahora dormía abrazado a mi cintura, venturoso en su pequeño paréntesis de felicidad. Le debía la vida que él dos veces había salvado de la guillotina, así como la posición en la que ahora me encontraba, que si bien no era perfecta, sí al menos respetable. Además, me decía yo, él había sido lo suficientemente generoso como para reconocer siempre que fue el temor a perderme el que había guiado su mano para acabar con Robespierre. Y si otros estaban poco a poco olvidando lo que esa muerte había significado para Francia, yo no podía ni debía hacerlo. Aun así y a pesar de todo lo dicho, la gratitud no es como el amor, que nos ciega e impide ver a las personas tal cual son, de modo que yo me daba perfecta cuenta de cómo era Tallien y de cuál era mi situación junto a un hombre que estaba cayendo en el descrédito. Gratitud y descrédito son, por lo general, dos cosas fáciles de sopesar, y puestas en una balanza, para la gran mayoría pesa mucho más este último que la primera, pero yo tengo la desgracia (¿o tal vez debería decir la fortuna?) de no pensar como la mayoría.
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