Carmen Posadas - La cinta roja

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Lo primero que tenía que hacer, sin embargo, era más prosaico y también más necesario. Se trataba de recuperar a mi hijo Théodore, que aún estaba en Burdeos con tío Dominique y, a ser posible, hacerme con algo de dinero. Mi situación financiera distaba de ser holgada; por eso, en la carta que le envié a mi tío le rogaba también que vendiera todas mis pertenencias en aquella ciudad, desde mi cabriolé hasta aquella guitarra española que acompañaba mis tardes en el hotel Franklin. Nunca estaba de más tomar estas prudentes medidas, pero yo tenía la secreta esperanza de que mis estrecheces económicas fueran sólo transitorias, al fin y al cabo, las perspectivas políticas no podían ser más favorables para Tallien y por tanto para mí. Él, como personaje del momento, bien podía aspirar ahora a las más altas responsabilidades, y así pareció confirmarlo el hecho de que por esas fechas lo nombraran nuevamente presidente de la Convención. Al saberlo, Tallien, como siempre, se mostró dubitativo.

— ¿Cómo lo haré? — decía-. Se necesita mucha destreza para permanecer al lado de los jueces cuando tantas razones tenemos Fouché, Barras y yo mismo para ser confundidos con los acusados. ¿Tú crees que la gente ha olvidado de veras lo que hice en Burdeos? ¿Y mi presencia en las Masacres de Septiembre? ¿Cuánto durará este estado de gracia?

— No tienes que pensar en eso ni un minuto–le contestaba yo-. Francia ha contraído contigo una deuda eterna. ¿No ves cómo la gente se sube a los bancos para aclamarnos en los teatros? ¿Y cómo nos aplauden y bendicen allá donde vamos? Lo único que debes hacer es dejarte llevar por la corriente que ahora nos es tan propicia.

A pesar de mi optimismo yo sabía que teníamos que ser extremadamente cautos, puesto que la situación distaba mucho de ser tranquila con las víctimas del Terror reclamando venganza y los jacobinos todavía con mucho poder en las instituciones. Aun así, ese «dejarse llevar» al que yo me refería parecía indicar que los nuevos vientos que soplaban favorecían un cierto giro a la derecha. Por eso me pareció oportuno que Tallien apoyara el relanzamiento de una publicación, L'Orateur du Peuple , que dirigía otro de los termidorianos, el ciudadano Fréron. Dirigido con el verbo y la audacia que los tiempos requerían, este periódico era devorado diariamente por un número enorme de lectores deseosos de saber cómo iba la «caza de los jacobinos». En voz baja se decía entonces que era Nuestra Señora de Thermidor quien inspiraba ciertos artículos contra Collot d'Herbois, por ejemplo, u otros antiguos aliados de Tallien en la conjura contra el Incorruptible, y no les faltaba razón. Lo hice porque, a pesar de la explosión de optimismo que se había producido con la caída de Robespierre, los objetivos políticos no estaban claros en absoluto. Y es que, como ocurre a menudo, cuando se unen diversas voluntades y tendencias políticas para derrocar a alguien, una vez logrado el objetivo, cada cual tenía una idea diferente sobre lo que era menester hacer a continuación. Todos, desde los moderados a los más revolucionarios deseaban ahora arrimar el ascua a su propia sardina y, a la vez, aprovechar tiempos revueltos para medrar sobre las ruinas del Terror.

Pero dejemos por un momento la política, que puede ser tan fatigosa, y salgamos a la calle a tomar un poco el aire y ver qué está pasando allí. Como antes he apuntado, cansada de tanto dolor y sufrimiento, la ciudad de París, y con ella toda Francia, lo único que deseaba era olvidar el pasado, divertirse, disfrutar. Quienes nunca han vivido un peligro inminente o una gran tragedia nada saben del poder curativo y redentor de la frivolidad. De este modo, y aunque parezca increíble, en muy poco tiempo la ciudad recobró gran parte de su antigua brillantez. Cada día se abrían, por ejemplo, nuevos salones de baile, hasta seiscientos en poco tiempo. También se lanzaban distintas modas en el vestir cada vez más estrafalarias, modas que desde un principio apostaron por arrinconar de un golpe la estética de los sans–culottes que antes las inspiraba. Todo lo que recordaba al Terror había que condenarlo al olvido. Adiós pues a ropas que recordaran a las de las clases más bajas; fuera picas, fuera mostachos y caras patibularias. ¿Por dónde irían ahora las tendencias? Todavía era demasiado pronto para saberlo con exactitud. Un día aparecía una actriz intentando aún emular a la diosa Razón; al día siguiente, una cantante–burlándose del fantasma de Robespierre–se presentaba ante su público con una réplica de la tantas veces mentada casaca azul pálido, o incluso cubierta de aquellas joyas que tan ocultas habían estado desde la toma de la Bastilla y que ahora comenzaban a reaparecer como por arte de magia. Porque otra constante de aquellos días era una verdadera necesidad de derrochar todo el dinero que cada uno tenía guardado sin pensar ni por un momento en el mañana. Si durante el Terror, y haciendo un ingenioso juego de palabras, se decía que on rougit d'être riche , «enrojecía o ruborizaba ser rico», ahora nadie se avergonzaba de tener dinero; al contrario, había que gastarlo y, sobre todo, exhibirlo con largueza. Y quien no contaba con él lo pedía prestado o lo robaba, daba igual, todos teníamos unas ganas enormes de despilfarrar aunque ello significara endeudarse o incluso la ruina. También por aquel entonces se desarrolló un gran interés por los negocios, la mayoría de índole poco clara. Y no había empacho alguno en embarcarse en sea cuales fuesen, porque los hombres que ahora mandaban en Francia, Barras, Fréron y también Tallien, no vacilaban en vender a buen precio bien su connivencia, bien su silencio. Fue por aquel entonces cuando comenzó a aparecer la llamada jeunesse dorée , o lo que es lo mismo, jóvenes burgueses, pequeños rentistas y comerciantes que se caracterizaban por mantener una lucha encarnizada contra los poderosos de ayer. Apoyados por la opinión pública, estos jóvenes airados se paseaban por las calles, los cafés y los teatros, no con picas ni con navajas (ellos detestaban a los sans–culottes ), sino con un bastón que usaban sin miramientos. Y tendrían su himno, su propia Marsellesa , llamada Réveil du Peuple , cuyas estrofas estaban llenas de venganza y de sangre, sobre todo contra los jacobinos. Y es que hay que decir que en aquel mar revuelto que era París tras el Terror, los jacobinos no tardaron mucho en regresar a la primera fila. Porque, después de un momento inicial de miedo y desconcierto, aquellos temibles personajes volvieron a salir de las madrigueras en las que se habían refugiado tras la muerte de su amado ídolo. Ellos formaban una fuerza aún muy numerosa y también resentida porque se les había expulsado de la noche a la mañana de las comisiones en las que trabajaban y de las que cobraban un buen sueldo. A nadie le gusta quedarse sin medio de vida y, puesto que era gente intrigante, no les costó aprovechar el momento de desconcierto político para volver a reunirse.

Quedaba pues una obra de, digamos, salubridad pública que cumplir en esta nueva Francia que tanto deseaba divertirse y olvidar el Terror, y ésta era impedir que el fiel de la balanza se inclinara demasiado a la izquierda. Yo, desde luego, apoyaba a Tallien en este convencimiento, porque, ¿de qué servía haber acabado con Robespierre si una vez más su fantasma podía renacer entre los jacobinos? Por eso, una noche de Brumaire de 1794, es decir, de noviembre, en un momento en que la sesión del club de los jacobinos iba a comenzar, abriéndose paso en el lugar en que las habituales tricoteuses tomaban asiento, irrumpieron una treintena de jóvenes. Se trataba de un grupo de esa jeunesse dorée de la que vengo de hablar; y esos muchachos, armados con sus bastones, se apoderaron del recinto al tiempo que obligaban a los jacobinos a desfilar delante de ellos cubriéndoles de escupitajos e insultos. Por su parte, las tricoteuses , que se encontraban presenciando las sesiones entregadas a su perenne labor de aguja, fueron asidas violentamente y a continuación azotadas. Por fin una de ellas logró huir y avisar a las fuerzas del orden para que intervinieran, y fue entonces cuando uno de los revoltosos cayó gravemente herido. «¡He aquí otro al que han asesinado los jacobinos! — gritaron sus compañeros, y luego-: ¡Ellos han degollado a cien mil franceses!».

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