Carmen Posadas - La cinta roja
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Después de este incidente y bajo la presión de la opinión pública, la Convención decretó el cierre del club de los jacobinos y que la llave fuera puesta bajo la vigilancia del comité. Cherchez la femme, la belle femme , volvieron a decir entonces los buenos ciudadanos de París, porque, una vez más, sería a Nuestra Señora de Thermidor a quien se atribuyese el mérito de esta decisión, y no seré yo quien los desmienta. Sí, fue idea mía asestar aquel golpe contra los jacobinos, y también, a través siempre de Tallien, tuve bastante influencia en otras dos o tres disposiciones de la Asamblea, como la amnistía a favor de La Vendée, que perdonaba a los primeros rebeldes que se alzaron contra el despotismo de París. También contribuí a la abolición del maximum y al hecho de que se permitiera el regreso de los émigrés y de los curas refractarios. De este modo, el fiel de la balanza, antes levemente inclinado a la izquierda, volvía a su lugar ideal en mi opinión, lo que bien puede decirse que fue otro triunfo de los termidorianos.
Sin embargo, como la famosa frase francesa de cherchez la femme sirve tanto para ensalzar a una mujer como para denostarla, no tardaron en salir a relucir–aparte de mi más que evidente influencia sobre Tallien–mi condición de ex aristócrata e hija de un banquero que era, nada menos, el hombre de confianza de un Borbón, Carlos IV de España. Comenzaron así a correr rumores que aseguraban que Teresa Cabarrús era agente de los realistas y que éstos, una vez muerto Robespierre, deseaban volver al Antiguo Régimen y restaurar la monarquía apoyados por la familia real española. Alguien se dedicó, por ejemplo, a propagar con muy mala fe que Nuestra Señora del Buen Socorro, una vez terminada su labor de vaciar las cárceles de aristócratas, se dedicaba a mantener secretas reuniones con el embajador de España y a conspirar usando los muy secretos canales de las logias masónicas a las que pertenecía su padre, el ahora conde de Cabarrús. Debo decir que al oír estos chismes me halagó la idea de que mis conciudadanos me tomaran por espía, y una de tan altos vuelos además, por lo que me dediqué a alentar en cierto modo los rumores. Durante un corto espacio de tiempo acaricié incluso la idea de escribir a mi padre o al señor Moratín para ver si existía alguna posibilidad de convertir en verdad lo que no eran más que murmuraciones, pero tuve que desistir. La guillotina seguía proyectando su muy larga sombra sobre todos nosotros, y la palabra «realista» era algo que aún se asociaba peligrosamente con la palabra «contrarrevolución» o, peor aún, con la traición. Al darme cuenta de mi error, en vano intenté rectificar, pero el bulo de mi condición de espía había alcanzado tal vuelo que Tallien se vio obligado incluso a tomar la palabra en la Convención para defender mi inocencia. Uno de los diputados, el ciudadano Duhem, le interpeló así durante una de las sesiones: «Los sans–culottes no pueden gozar de libertad de prensa porque nosotros no tenemos los dineros de la Cabarrús». Y Tallien, con la voz entrecortada por la ira y también por la pasión, como siempre que hablaba de mí, respondió esto que recoge Le Moniteur o diario de sesiones de la Cámara en el umbral del año 1795:
Es costoso para un representante del pueblo hablar de sí mismo ante una gran asamblea. Se ha hablado en esta Asamblea de una mujer. No hubiera creído que pudiese ocupar las deliberaciones de la Convención Nacional. Se ha hablado de la hija del conde de Cabarrús. Pues bien, yo declaro en medio de mis colegas, ante el pueblo que me escucha y ante el mundo entero, que esta mujer es mi esposa. [Aplausos repetidos] La conozco desde hace dieciocho meses, la he conocido en Burdeos; sus desgracias, sus virtudes, me hicieron estimarla y amarla. Llegada a París en tiempos de la tiranía y opresión fue perseguida y encarcelada. Un emisario del tirano fue a verla y le dijo: «Escribid que habéis conocido a Tallien como a un mal ciudadano y se os dará la libertad y un pasaporte para tierras extranjeras». Rechazó este vil medio y no salió de la cárcel hasta el 12 de Thermidor. Entre los papeles del tirano se encontró una nota para mandarla al cadalso. He aquí, ciudadanos, a la que he hecho mi esposa. [Aplausos].
Al leer estas líneas tal vez el lector se haga dos preguntas. Una: ¿era yo la esposa de Tallien? (no, pero tardaría muy poco en serlo), y dos: ¿cómo se atrevía la Cámara a atacar tan directamente a Tallien? ¿No era acaso el héroe del momento, aquel que había librado a Francia del más sangriento de los tiranos? En efecto, lo era. Pero también es cierto que Tallien se estaba convirtiendo muy rápidamente en algo tan incómodo e inútil como uno de esos aparatosos jarrones de Sévres que heredamos del pasado y luego no sabemos dónde acomodarlo en nuestra nueva y hermosa vida. Y es que he aquí la gran paradoja de Tallien como figura histórica. Si bien fue suya la mano que acabó con Robespierre, una vez terminado su cometido nadie podía olvidar cuán teñida de sangre estaba. Además, al fantasma de su pasado sangriento es menester sumar en su contra otro espectro igualmente incómodo que paseaba libre por las calles de París: me refiero a la sombra de la involución, o lo que es lo mismo, al temor a la vuelta de los tan denostados realistas, a quienes la gran mayoría de los ciudadanos consideraban responsables indirectos de tanta sangre derramada inútilmente. Y a esos dos espectros hay que unir además un tercero: el hecho de que, tras la muerte del tirano, el ala derecha de la Convención, la más conservadora, había ganado demasiado terreno, algo que los jacobinos, que se consideraban el alma de la Revolución, no podían consentir.
REUNIONES MUNDANAS
Mientras todos estos nuevos y oscuros nubarrones comenzaban a formarse sobre nuestro horizonte, yo por mi parte hacía considerables esfuerzos por mantenerme en el siempre difícil filo de la navaja. Dicho de otro modo: mi intención era contribuir a apaciguar en lo posible los ánimos políticos y, al mismo tiempo, unirme a los que deseaban divertirse después del Terror. Tras mi salida de La Force, Tallien y yo nos habíamos ido a vivir a La Chaumiére, que en español significa choza, una gran casa falsamente rústica con ladrillos desgastados y recubiertos de flores trepadoras, todo muy bucólico, muy del gusto de aquellos que todavía amaban la estética campestre propugnada por Rousseau. Estaba situada cerca de la que más tarde se conocería como la Avenue Montaigne, próxima a los Champs–Élysées, y allí comencé a recibir de nuevo a mis amigos intentando hacerlo con tanto calor y hospitalidad como antes de la Revolución en mi amada casa de Fontenay–aux–Roses. Para ello recuerdo que procuraba, por ejemplo, que siempre hubiera un fuego encendido en la chimenea, incluso durante los meses calurosos. Lo hacía no sólo porque así se creaba una sensación muy acogedora, cosy , que dicen los ingleses, sino también porque una temperatura templada permitía que tanto yo como mis amigas vistiéramos de acuerdo a la nueva moda surgida tras el fin del Terror. Ésta consistía en vestidos de gasa, finas muselinas transparentes, también escotes de vértigo y aberturas en las faldas hasta el muslo, inspirado todo ello en las túnicas romanas y griegas. A mis fiestas acudía lo mejor de cada casa, lo que, en los tiempos en que vivíamos, comprendía a invitados de procedencia muy diversa. Por un lado estaban los viejos títulos nobiliarios que habían logrado salvar el cuello de la Louisette , así como los llamados émigrés , es decir, aquellos que, una vez muerto el Incorruptible, regresaron de su exilio en tierras extranjeras. Por otro, estaban los vencedores del momento, los héroes de la República, y creo que vale la pena detenernos unos minutos para describir ambos grupos y conocer sus nombres. Entre los femeninos del primer grupo destacaban sobre todo dos: el de una vieja amiga y el de una reciente, me refiero a madame de Staël y a Rose de Beauharnais. De Germaine de Staël he hablado en ocasiones anteriores, pero me gustaría dedicarle unas líneas más por ser mujer tan singular. Era, como ya sabemos, hija del acaudalado ministro Necker y dueña de una aguda inteligencia así como de un físico algo caballuno, lo que no le impedía ser admirada por todos. Bueno, por todos no. Si bien tuvo por amantes a hombres tan destacados como Talleyrand, y el poeta Schiller dijo de ella que su lengua era «de una brillantez y agilidad fuera de lo común», Goethe, en cambio, que la conocería hacia 1803, era fanático ma non troppo . Se dice que, cada vez que Germaine anunciaba su visita, desaparecía por una puerta o incluso por una ventana, porque encontraba su brillante conversación «pesadísima». Comprenderá el lector que, con estos atributos, Germaine de Staël en ningún modo competía con esta servidora de todos ustedes; al contrario, nos complementábamos admirablemente. Ella brillaba durante los prolegómenos de una reunión con sus agudas reflexiones y sus comentarios sarcásticos sobre temas políticos y yo resplandecía durante el resto de la velada, cuando ya el vino y la buena compañía hacían que los caballeros se interesaran por atributos menos… filosóficos, digamos. En cuanto a Rose de Beauharnais, nuestra amistad estaba cimentada en horas de compartida penuria y yo sentía por ella un verdadero afecto. Así, desde el día de nuestra salida de la cárcel, dediqué mucho tiempo a intentar refinar sus dones naturales y a corregir, en lo posible, su falta de mundo. Y es que ella me había confiado como gran secreto que su difunto marido se avergonzaba tanto de sus modales provincianos y de su falta de refinamiento que solía dejarla en casa cuando tenía una reunión mundana. Sin embargo, Rose resultó ser una alumna aplicada, y con muy poca ayuda por mi parte no tardó en hacerse experta en tan sofisticadas artes como comer escargots o decantar oporto del modo que más agradaba a los caballeros. Ella, a cambio, me enseñó dos trucos muy buenos originarios de su tierra. Según Rose, compartir con los caballeros su cajita de rapé era ceremonia muy del gusto masculino. El tabaco picado no me gustaba en absoluto, pero Rose solía perfumar el suyo con un polvillo antillano que, por lo visto, enardecía algo más que las pituitarias. El segundo truco de Rose, también originario de las Antillas, estaba relacionado con el peinado. Después de nuestra experiencia carcelaria, todas las que habíamos pasado por semejante trance lucíamos cabellos cortos o muy poco vistosos, ya fuera a causa de la sarna o con ánimo de curar la proliferación de piojos y chinches que se habían convertido en nuestros indeseados huéspedes. Para ocultar dicha circunstancia, Rose me introdujo en el fascinante mundo de los adornos capilares de las criollas, que conocían una y mil formas de vestir sus cabezas. Me enseñó desde un curioso arte que consistía en entretejer el pelo propio con mechones postizos y al que llaman «alargamientos» hasta muy variadas maneras de llevar turbante. Si a esto unimos la moda criolla en el vestir, con suaves muselinas transparentes y sensuales así como esclavas de oro para lucir tanto en las muñecas como en los tobillos, puede decirse que la inspiración martiniquesa de Rose hizo mucho por mejorar el aspecto físico de todas nosotras, las recién salidas del infierno.
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