Carmen Posadas - La cinta roja
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En cuanto a los caballeros que frecuentaban mi casa de La Chaumiére, además de los aristócratas y émigrés , el elemento masculino se completaba con otros tipos de hombres a los que podemos dividir en dos grupos: uno, el de los artistas, como los afamados compositores Auber y Cherubini; y dos, el de los políticos. Curiosamente, uno de los hommes politiques más astutos e inteligentes de todos los tiempos, el maestro de títeres experto en mover los hilos desde la sombra y que, junto a Tallien, había propiciado la caída del Incorruptible, estaba fuera de escena en ese momento. Me refiero a Joseph Fouché, antiguo carnicero de Lyon. Pero es que se da la circunstancia de que el futuro duque de Otranto había intentado por aquel entonces conspirar contra Tallien y el resto de los termidorianos y le salió mal la jugada. Por eso, y de momento, tras su desliz y como buen topo o hurón que era, Fouché hibernaba a la espera de que luciese de nuevo un sol más propicio.
En su ausencia, los que por entonces dominaban la escena política eran el resto de los termidorianos. Junto a Tallien, este grupo estaba formado por personajes tan dispares como el girondino Louvet, el escurridizo Siéyes, el imprevisible Fréron o el distinguido Barras. Juntos capitaneaban lo que se dio en llamar la jeunesse dorée . Y quien mejor encarnaba a estos jóvenes dorados era, curiosamente, alguien, que ya había traspasado la barrera de los cuarenta años. Me refiero a Barras, quien poco a poco se iba convirtiendo en una estrella emergente mientras menguaba, mucho me temo, la de Tallien.
Sin embargo, hasta que esta estrella de la que mucho habremos de hablar estuvo un poco más alta en el firmamento, lo que predominaba en la Convención era la misma falta de rumbo que caracterizaba a Tallien. Y ésta se reflejaba en las decisiones que tomaban los diputados, ora de un signo, ora de otro. Para demostrar que no eran derechistas, por ejemplo, Tallien y sus amigos decidieron llevar con gran pompa al Panteón los restos de Marat, exponente máximo de los extremistas de la Montaña y asesinado un año antes por Charlotte Corday. Sin embargo, apenas cuatro meses más tarde los retiraron mientras la jeunesse dorée , inspirada directamente por Fréron, se dedicaba a derribar todos los bustos de Marat que encontraba por ahí. Con cada uno de estos actos contradictorios y erráticos se hacía más y más evidente que el nuevo régimen adolecía de equilibrio y también de autoridad, y muy pronto comenzó a decirse que toda esta falta de rumbo se debía a que eran hombres mediocres como Tallien quienes detentaban el poder.
***
Aun así, y a pesar de tan agoreros nubarrones, en la calle lo único que preocupaba realmente a las gentes era divertirse y vivre , como se decía entonces. La multitud de salas nuevas abiertas en París día y noche daban cabida a una nueva fiebre, la del baile, cuanto más desenfrenado, cuanto más exhibicionista, mejor. Los jóvenes que habían visto a sus padres y hermanos arrastrados por los verdugos de Robespierre hacia el patíbulo, lo que deseaban ahora era pasear por París vestidos como los muscadins [6] Muscadins: así se les llamaba porque usaban un perfume hecho a base de musk (almizcle), que se supone es afrodisíaco.
, petimetres, pisaverdes, también llamados incroyables . El lector comprenderá por qué los llamaban «increíbles» si digo que vestían con enormes corbatas, chalecos chillones y chaquetas cortas con descomunales cuellos tan altos que les tapaban las orejas. Llevaban además zapatos con punta de vértigo y el sombrero (también enorme) colocado de través y se saludaban enlazando sus dedos meñiques. El atuendo se completaba con garrote o bastón nudoso de grandes dimensiones, así como unos anteojos o impertinentes harto ridículos a través de los cuales miraban a las merveilleuses . Y las merveilleuses éramos nosotras, las muchachas (y no tan muchachas) parisinas. En los libros de Historia se me atribuye el ser la inspiradora de esta moda tan curiosa como excesiva que ahora voy a describir, y me gustaría poder afirmar que no es cierto. Pero mucho me temo que mentiría. Ahora, cuando miro ilustraciones de la época, no puedo evitar una sonrisa condescendiente e incluso avergonzada. Sin embargo, observar el pasado con los ojos del presente no sólo es injusto, sino estúpido, porque impide comprender cómo eran entonces las cosas. Espero que el gentil lector sea más amable que yo y refrene también su sonrisa, porque así vestíamos las merveilleuses que yo contribuí a inventar.
Lo primero que hay que decir es que dicha moda no consistía en un tipo de vestimenta determinada, sino en varias, todas inspiradas en tiempos pretéritos. De este modo, por ejemplo, unas veces yo me presentaba en el teatro ataviada a lo salvaje , esto es, con un maillot color carne (o bien desnuda si la temperatura lo permitía), cubierta apenas por una túnica de lino transparente que se abría en tajos pronunciados para dejar ver las piernas en su totalidad, así como unas ajorcas o aros de oro que me adornaban los tobillos. En otras ocasiones decidía abrazar la estética clásica bien espartana o bien romana. A tal efecto, me vestía de Minerva, con búho aleteando en el hombro incluido. Otras veces imitaba a Diana cazadora, con un pecho descubierto y su areola decorada con diminutas flores campestres. O bien de jefa de las amazonas (y entonces eran ambos pechos los que llevaba descubiertos, ocultos apenas por las cintas del carcaj). O de vestal con peluca negra y larga hasta la cintura. O de la reina de Saba. Tan esperadas eran mis apariciones en los teatros y salas de baile de París para ver qué atuendo había inventado esa noche que tuve que pedir ayuda artística a mi buen amigo el pintor Vernet. Él me procuraba grabados y camafeos antiguos para que pudiera copiar nuevos vestidos, nuevos peinados. Fue por aquel entonces cuando comencé a usar anillos en los dedos de los pies. «Lo hago para tapar los mordiscos de las ratas de La Force», decía yo riendo, y lo cierto es que también logré poner aquello de moda. Era muy divertido y también halagador comprobar cómo lo que yo inventaba una noche al día siguiente era imitado por todas las mujeres jóvenes y no tan jóvenes que ahora se paseaban por ahí semidesnudas. En realidad, el cielo de París, tan a menudo plomizo y frío, debía de estar muy sorprendido, pienso yo, al contemplar por los bulevares las siluetas de tantas mujeres (des)vestidas como si estuviéramos en la templada Atenas o en la misteriosa Adis Abeba. Además, para que las muselinas se adhirieran más al cuerpo, revelando todas sus curvas, solíamos empapar nuestros vestidos. Como el cielo no suele perdonar ciertas extravagancias, los catarros y las neumonías estaban a la orden del día, de modo que tuve que inventarme otra moda que sirviera para cubrirnos camino de los bailes y de los teatros. Se trataba de unas suaves mantas o cobertores confeccionados con las más finas lanas traídas por los ingleses desde lejanas tierras de Oriente a los que ellos llamaban shawl o chal.
***
Así, envuelta en gasas y en finísimos chales, se aprestaba Teresa Cabarrús a entrar bailando en el año 1795, o Nivôse del año III de la Revolución. Sin embargo, mientras yo brillaba y seducía en los salones, la estrella de Tallien menguaba a ojos vista. Y es que, desde el mismo momento en que nos instalamos en nuestra nueva casa de La Chaumiére, se hizo muy evidente que quien atraía a tantos amigos y gente importante del momento no era el héroe de Thermidor, sino yo.
— ¿Sabes lo que soy para toda esta gente, Thérésia? — me dijo un día cuando despedíamos a Barras y a otros invitados que se habían quedado hasta tarde bebiendo y hablando de política-. Nada más que una escoba que algunos han utilizado para barrer la basura y a la que, una vez realizada la tarea, pretenden olvidar detrás de la puerta.
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