Carmen Posadas - La cinta roja
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— Dios mío, Teresa, ¿a qué te refieres ahora?
— A crear un nuevo pretendiente. A río revuelto, ganancia de pescadores, dicen, o lo que es lo mismo, de personas en dificultades como nosotros. Piénsalo por un momento: son muchos los que no se fían de ese gordo e intrigante hermano de Luis XVI, muchos incluso lo detestaban ya antes de la Revolución. Si nosotros encontráramos a otro Borbón que no recuerde tanto a tiempos pasados… Pongamos que sea un joven sin ataduras, uno que nos estaría eternamente agradecido por haberle hecho un favor impagable.
— Temo cuando veo en tus ojos esa mirada, Thérésia–dijo él, puesto que, según Tallien, cuando yo hablaba de ciertos asuntos un extraño brillo asomaba a mis ojos. El de la ambición, lo llamaba él; yo lo llamaba el de la más elemental supervivencia.
— Adelantarse a los deseos de los poderosos no sólo es fácil, sino muchas veces la única manera de salir de ciertas situaciones. Godoy es un hombre astuto pero también enormemente ambicioso. Piensa cuánto le complacería (y convendría) sentar a un Borbón español en el trono de Francia. Pongamos que sea uno de los hijos de Carlos IV; el vínculo familiar entre éste y el difunto Luis XVI no puede ser más cercano, se trataría por tanto de un pretendiente ideal. Lo único que hay que hacer es sembrar la idea en Madrid, y eso es tan fácil como que yo escriba a mi padre. Él conoce la situación privilegiada que tú tienes en la Convención y cómo puedes colaborar para conseguir nuestro objetivo.
Dije estas palabras y me mordí los labios; nunca me ha gustado mentir. Naturalmente, la situación de Tallien en la Cámara distaba mucho de ser privilegiada, pero eso no tenía yo intención de decírselo tampoco a mi padre, que vivía en Madrid y seguía los acontecimientos de Francia con el natural retraso que da la lejanía. Por otro lado, era un hecho incontrovertible que al resto de los termidorianos les convenía tanto como a nosotros que existiera un segundo pretendiente al trono que mermase las posibilidades del conde de Provence, y nadie tenía por qué saber de quién había partido la idea. Cuando algo conviene a muchos, sólo se precisa sembrar la tan útil semilla del interés propio para que ésta crezca sola. Y es que, según tengo observado, en esto como en otras cosas, la política se parece inquietantemente al amor: para ganar en ambos, es preferible invocar no nuestros deseos y pasiones, sino los del contrario. Y es a veces tan fácil…
Así pusimos en marcha Tallien y yo aquella pequeña estrategia. Él comenzó a sembrar la duda en las cabezas de sus compañeros termidorianos, que ya veían peligrar las suyas con la amenaza del conde de Provence, y yo escribí a mi padre. Lentamente comenzó a fraguarse un plan que, a buen seguro, hubiera resultado beneficioso para (casi) todos en Francia si no se hubiese cruzado en nuestro camino una nueva y muy alargada sombra.
Mientras los termidorianos se mostraban verdaderamente atemorizados con el manifiesto de Luis XVIII, mientras Tallien y yo coqueteábamos secretamente con la idea de un Borbón español y mientras muchos en la Convención ensayaban diversos métodos para hacer olvidar a los de la izquierda los lazos comprometedores que los unían a los realistas moderados, el azar iba a añadir un nuevo elemento imprevisto a la situación. En junio de 1795 llegó a París la noticia de que un desembarco de emigrados realistas acababa de producirse en Quiberon con la ayuda de una flota inglesa. ¡Qué ocasión única–pensamos entonces todos–para aclarar cualquier situación! Porque lo cierto es que el hecho de que el desembarco tuviese lugar gracias a la ayuda del enemigo patrio por excelencia, la pérfida Albión, obligaba a todos a condenarlo. Y fue de este modo tan poco afortunado como hicieron su entrada en escena unos personajes que iban dar a la literatura muy bellas páginas. Se llamaban los chouans y eran un grupo de nostálgicos realistas que en el oeste del país se alzaron en armas con todos los ingredientes de romanticismo y de leyenda. La Convención, como digo, no podía de ninguna manera mostrarse indecisa, por lo que decidió mandar con urgencia a uno de sus generales a sofocar la rebelión. Se trataba de uno de los oficiales más prestigiosos del momento, el general Hoche, pero se consideró oportuno enviar, además, a algún miembro de la Cámara como observador. Tallien movió entonces todos los hilos posibles para ser elegido; su encomienda no era de una extraordinaria relevancia, pero aun así, la alegría que sintió al saber que había sido nombrado resulta difícil de describir.
— Thérésia, amor mío, los cielos han escuchado mis plegarias. ¡Actuar contra los ingleses!, contra los más inveterados enemigos de la patria y hacerlo junto a Hoche. Ya verás como a mi regreso nuestros amigos me mirarán con otros ojos. Bésame, Thérésia, deséame suerte, ¿me echarás de menos al menos un poquito? Prométeme que sí.
Lo cierto es que no le eché de menos. No sólo porque mis sentimientos hacia él eran cada vez más fríos, sino porque no me dio tiempo a hacerlo; la rebelión de los chouans , a pesar de todas las bellas páginas que ha inspirado, no fue más que un sentimental y muy breve hiato en la historia de Francia. Aquellos hombres de campo, tan apegados a la tierra, que se alzaron en defensa de la tradición y de la monarquía, no resistieron ni la primera embestida. Abandonados por los ingleses en el último momento y teniéndoselas que ver con la superioridad estratégica y armamentística del general Hoche, retrocedieron y finalmente se vieron obligados a replegarse en desorden. Fue lo que se dio en llamar la derrota de Quiberon. No podía ser de otro modo: los chouans no eran más que unos idealistas que luchaban contra un ejército bregado en todos los frentes que Francia tenía abiertos en esos momentos contra el resto de sus vecinos; un ejército que, gracias a sus conquistas y a los botines de guerra, se estaba convirtiendo en el más poderoso de toda Europa.
Días más tarde, Tallien regresó a París con la satisfacción del triunfo y la comprensible esperanza de que éste lo convirtiera de nuevo en el héroe que brevemente había sido después la muerte de Robespierre. Así, tras la derrota de los chouans eligió mostrarse magnánimo con los vencidos; les prometió clemencia a cambio de su rendición sin condiciones y ellos aceptaron agradecidos. Una vez más, Tallien prefería evitar un derramamiento de sangre.
— ¿Para qué? — argumentaba-, la victoria ha sido tan rápida, tan completa, que no es necesario más castigo.
Incluso se arriesgó a dar por su cuenta todo tipo de seguridades a los prisioneros, porque también, según sus palabras, «la República no necesita más cadáveres, sino concordia».
Y es que ya hacía mucho que Tallien no era aquel représentant en mission , aquel terrorista que se complacía con la muerte de sus adversarios. Ahora era, gracias a mi influencia y dicho en palabras de esas que se cuchichean en voz baja y con retintín, le gentil petit chien de madame Cabarrús . El perrito de la señora Cabarrús, así me confesó Frenelle que lo llamaban abiertamente y entre risas en la calle incluso antes de su regreso de Quiberon. Según los vecinos de París, Tallien hacía tiempo que se había convertido por amor en la mascota de la Cabarrús, a la que concedía no sólo la clemencia que ella solicitaba para los vencidos, sino también todos sus frívolos caprichos de mujer rica. Qué cruel es la gente. Me entristecieron sobremanera estas revelaciones, no ya por lo despectivas que eran respecto de mí, sino sobre todo por lo injustas que resultaban para con Tallien. Que un hombre sin escrúpulos cambie de actitud por una mujer se interpreta con demasiada frecuencia como un acto de debilidad, de cobardía incluso, pero ¿acaso no es la mayor de las grandezas volverse clemente por amor?
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