Carmen Posadas - La cinta roja
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Se me llenaron los ojos de lágrimas. No, no era esto lo que yo quería. No era para que sus manos volvieran a teñirse de sangre por lo que yo tanto había luchado. Ajena a mis pensamientos, la Convención en pleno esperaba las próximas palabras de Tallien. Entonces él sacó de su pecho aquel puñal, el mismo que había enseñado a la Cámara el día que acabó con Robespierre. Ese que solía blandir en casa ante nuestros invitados en sus patéticas reconstrucciones de lo sucedido en su único día de gloria. Tallien el sanguinario, Tallien el gauche … aquello era más de lo que yo podía soportar. Me volví buscando la salida, tenía que escapar de allí, impedir que aquella gente que me rodeaba viera mis lágrimas. Recogí mi shawl y me dirigí a la puerta, pero antes de alcanzarla, aún me dio tiempo a oír lo que decía:
— De un puñal similar a éste se valieron aquellos miserables traidores amigos de los ingleses para atravesar el pecho de los patriotas. Hay que enseñar a todas las naciones que un animal herido, al ser alcanzado, debe hacer que caigan los demás, porque es la única manera de salvar su vida. ¡Viva la República!
Sin duda, esa última alusión a un animal herido se refería a sí mismo y estaba destinada a mí, a hacerme comprender por qué había cambiado su discurso. Antes de abandonar definitivamente la sala me volví para mirarle por última vez. La Convención entera aplaudía, pero en su cara pude ver la misma mirada anhelante de unos minutos atrás, esa que esperaba el reconocimiento de una sola persona, la sonrisa de sólo unos labios. Giré sobre mis talones y me marché. Yo sabía perfectamente lo que iba a decirme al llegar a casa: que había tenido que hacerlo así, que eran ellos o nosotros, la vida de los chouans o el desprestigio de los Tallien, acusados de connivencia con los realistas, con los traidores.
— ¡Pero si lo he hecho por ti, vida mía! Fue tu imagen en la tribuna la que me dio fuerzas, gracias a tu presencia he sido capaz de convencer a toda esa gente. Tú a mi lado, he ahí mi fortaleza–me dijo esa misma noche, los dos solos en nuestra habitación, mientras recorría a grandes zancadas la estancia como un animal enjaulado, también como un niño que no alcanza a entender qué ha hecho mal.
De sobra sabía yo que lo que decía era cierto. Si Tallien había faltado a su palabra y vendido a los chouans era por mí. Pero lo había hecho no sólo para desviar la atención de nuestra pequeña y fallida tentativa de intrigar con un pretendiente español al trono de Francia y salvar una vez más su cuello. Lo había hecho sobre todo por una razón aún más poderosa para él: para recuperar mi estima, mi amor, mi admiración. Para que yo no tuviera que tolerar la compañía de un petit chien al que todos comenzaban a despreciar. En otras palabras, para no ser únicamente un hombre que en un momento de la Historia se había erigido en el salvador de Francia, pero sólo porque no lograba borrar de su corazón la imagen de una mujer a punto de subir al cadalso, una por la que hubiera derramado hasta la última gota de su sangre.
Afortunadamente para mí, nada de esto me reprochó Tallien mientras caminaba arriba y abajo por nuestra habitación, y yo le agradecí en lo más hondo de mi ser que no lo hiciera. De nada servía hablar de lo que los dos sabíamos, de su devoción y de cómo este mismo fervor por mí nos estaba distanciando. Él sólo se disculpaba por no haber interpretado bien mis deseos, y lo hacía llorando como un niño.
Entonces ocurrió algo que yo no esperaba: sus lágrimas, que tantas otras veces me habían inspirado piedad, me produjeron asco.
— Lo he hecho para que estuvieras orgullosa, para que todo vuelva a ser como antes–decía Tallien inclinándose para besarme las manos; y luego, sin que yo pudiera evitarlo, se abrazó a mis rodillas. Tenía la cara desencajada y de sus labios caía ahora un largo hilo de baba que le recorría el mentón, bajaba por el cuello y mojaba luego mi vestido. Yo no podía controlar la sensación de náusea que me atenazaba la garganta hasta ahogarme. «Como antes–dije para mis adentros-. Sí, mañana todo volverá a ser como antes, pero en el peor sentido de la frase. Mañana él será una vez más el hombre vacilante y torpe que es habitualmente cuando no le inspira el desesperado temor a perderme. Será Tallien el gauche , la estrella menguante que a nadie interesa y que a todos aburre. Y mañana también, o al otro, o al siguiente a más tardar, morirán los chouans que se entregaron bajo solemne promesa de perdón sin que Nuestra Señora de Thermidor ni tampoco la del Buen Socorro pueda salvarlos. Porque ocurre que esa buena dama que trata siempre de ayudar a otros, está ella misma necesitada de un buen socorro: tan unida se encuentra su suerte a la de su marido».
***
Esa noche le pedí a Tallien que durmiera en otra habitación. No me sentía con fuerzas como para tenerle cerca, para padecer su proximidad, su aliento en mi almohada y ese olor rancio de un cuerpo que otras veces había llegado incluso a amar. Pero había también razones de orden práctico para desear la soledad, y éstas fueron las que esgrimí para pedirle que me dejara sola. Necesitaba pensar, poner en orden mis ideas. Mañana, sí, mañana todo volvería a ser como antes para el matrimonio Tallien a menos que yo hiciera algo para sacar provecho de este nuevo y mínimo momento de gloria que había tenido mi marido a costa de la sangre de los chouans . Distraídamente miré el calendario que había sobre mi mesa. Era uno muy bello de nácar y marfil que había logrado sobrevivir conmigo todos estos años a tantas mudanzas, a tantas huidas. El 9 de Thermidor era la fecha que en él podía leerse. Y si la Convención había festejado ya con tanta pompa el aniversario de la muerte de Robespierre, ¿qué más natural que uno de sus actores principales lo hiciera también? «Una fiesta–me dije-, una gran fiesta que marque nuestro regreso al círculo de los más influyentes». Eso era lo que pensaba organizar. ¿No estábamos acaso en un tiempo en el que la mayor obsesión era divertirse? ¿No era yo madame Thermidor? ¿No hacía exactamente un año que Tallien había derrotado a Robespierre? Muy bien, pero esta vez iba a ser yo quien administrara nuestro recién conquistado patrimonio de prestigio y respetabilidad, y lo haría como más gustaba a la frívola sociedad parisina: con un gran baile de merveilleuses y de jeunesse dorée .
«Para celebrar el aniversario de una nueva era de libertad y esperanza en el futuro…. — Así comenzaría la invitación que pensaba enviar a todos nuestros amigos y a las personas más relevantes de la ciudad-: Y también para festejar el regreso de Jean–Lambert Tallien a la escena política, se celebrará el día 12 de Thermidor en La Chaumiére un baile de víctimas… Directora escénica, responsable del vestuario y de todo lo demás, Teresa Cabarrús».
Naturalmente, esta segunda parte de la invitación no estaba en el texto que pensaba enviar a mis convidados, sino sólo en mi ánimo. «Adelante», me dije; eran muchas y muy variadas las cosas que había que preparar.
UN GRAN BAILE DE VÍCTIMAS
Los entretenimientos que más interés despertaban en la sociedad de entonces eran los llamados bals des victimes , en los que, como si de un exorcismo se tratara, los invitados se dedicaban a escenificar de forma entre humorística y morbosa lo que habían sido los horrores de la era Robespierre. Para poder asistir a esas fiestas era indispensable tener un pariente, cuanto más cercano mejor, que hubiera perdido la vida en la guillotina, y tal era el furor por ellas que la gente falsificaba incluso documentos para conseguir una entrada. A estos bailes, la mayoría públicos, era costumbre acudir ataviados de luto y con algún signo luctuoso, como por ejemplo una cinta roja atada al cuello para simbolizar el tajo de la Louisette. «Ataviados» es aquí palabra engañosa, puesto que sirve en realidad para describir sólo el vestuario de los caballeros. Ellos, a pesar de los toques extravagantes de sus ropajes, al menos iban vestidos; nosotras, las damas, en cambio, íbamos más bien desvestidas. Recuerdo, por ejemplo, una tenue mía que tuvo mucho éxito en una fiesta organizada por madame de Staël y que consistía en una bella representación de Hécate. Al contarle que pensaba acudir así ataviada, Germaine de Staël se había sorprendido ante el personaje elegido por mí.
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