Carmen Posadas - La cinta roja

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Por fortuna, Tallien estaba tan feliz con su triunfo que no tenía oídos para habladurías. Albergaba la esperanza de que su magnanimidad hiciera que la Fortuna volviera a sonreírle, pero dicha diosa siempre se mostró esquiva con Tallien. Y es que bastaron apenas un par de días para que Sieyès, uno de los diputados que siempre había sabido, como Fouché, aprovechar con éxito las situaciones para su provecho propio, vio en la clemencia que Tallien había demostrado con los chouans una forma de acabar para siempre con aquel incómodo individuo que jugaba con tantas barajas sin tener talento para ello. Sieyès denunció a mi marido ante la Convención y lo acusó del peor crimen que se podía cometer en aquel momento en que la sombra de Luis XVIII era ya demasiado alargada y los ingleses habían intentado ayudar a los chouans : lo acusó de connivencia con los realistas. Incluso tuvo la desfachatez de presentar cartas que, supuestamente, aludían a una restauración monárquica en la que Teresa Cabarrús jugaba, una vez más, el papel de espía de España y de su rey Borbón. Todo era una gran mentira. Yo apenas había tenido tiempo de poner en marcha mi plan, de modo que nada podían conocer de él ni Sieyès ni ninguno de los suyos. Pero mucho me temo que este individuo, famoso por sus insidias, sabía utilizar bien las medias verdades, las apariencias, las sospechas, y hacer válido ese refrán tan español que dice que, cuando el río suena, agua lleva.

— Vamos–le dije a Tallien cuando me contó lo que se estaba fraguando contra él-. ¿Quién va a creer a ese miserable de Sieyès? ¿No es él acaso el mismo que asistió a la Convención durante todos los años del Terror sin despegar jamás los labios, y cuando le preguntaron qué había hecho durante ese tiempo por salvar a la patria, dio sonriendo esa contestación que se ha hecho famosa de puro cínica: J'ai vécu , he vivido? Con seguridad nadie puede tomar en serio las acusaciones de un hombre de su catadura.

Tallien movió tristemente la cabeza.

— No se trata sólo de las palabras de un hombre como él, sino también de la verdad, Thérésia.

— ¡Una verdad que nadie más que tú y yo sabemos! — respondí con calor-. Lo único que debes hacer ahora es hablar en la Convención. Explicarles cómo Hoche y tú habéis desbaratado una tentativa de los malditos ingleses por acabar con nuestra gloriosa República.

— Eso sería tanto como entregar a los chouans a la Louisette , amor mío. Ellos se rindieron sin condiciones bajo mi promesa de clemencia. Sería poco menos que un crimen…

— ¡No! — insistí-. Tú puedes fácilmente hacer ambas cosas; demostrar a todos tu afán republicano y también guardar tu palabra. ¿Sabes qué fecha es hoy? 7 de Thermidor, el 9 es el primer aniversario de la caída de Robespierre. Te será muy fácil aprovechar la efemérides del día en que fuiste un héroe para volver a serlo. El fantasma del Incorruptible va a ser esta vez nuestro mejor aliado. Nadie quiere que vuelva la venganza, ni el dolor, ni la sangre. Lo que Francia necesita son gobernantes como tú: decididos y a la vez magnánimos, fuertes y también clementes.

— No saldrá bien, vida mía, es demasiado arriesgado. No hace falta que te recuerde lo mucho que pueden cambiar las cosas, las fortunas, incluso la vida cuando uno se sube a la tribuna en la Convención. Le pasó a Danton, le pasó a Robespierre, a hombres mucho más grandes que yo. Una palabra inadecuada, un gesto imprudente y todo estará perdido.

— Te equivocas una vez más–le dije a punto de perder la paciencia-. Tú has salido airoso de situaciones más difíciles que ésta y eres un hombre mucho más grande que Robespierre. Yo estaré en la Convención para darte ánimo. juntos podemos lograrlo todo, siempre hemos podido.

TALLIEN EN LA TRIBUNA UNA VEZ MÁS

Lo primero que me sorprendió al entrar en la sala aquella mañana fue lo mucho que había cambiado la Convención. Qué diferencia tan notable con apenas unos meses atrás, cuando el fantasma de Robespierre aún se adivinaba en detalles como la vestimenta austera de los diputados o en la presencia de las tricoteuses . Ahora, en cambio, todos los presentes vestían de forma alegre, la mayoría de los hombres como muscadins , con esas chaquetas coloridas y ostentosas tan a la moda. Y en los asientos destinados al pueblo ya no se veía ni una sola tricoteuse , sino mujeres ataviadas de diosas griegas, como yo en esta ocasión. Espero que el lector sea benevolente si le confieso mi atuendo ese día: túnica muy corta a lo Ceres, de una fineza transparente; peluca rubia y un coqueto sombrero a la jockey, sandalias, anillos en los dedos de los pies… en fin, continuemos porque adivino algunas sonrisas.

El Instituto Nacional de Música abrió la ceremonia entonando el recién compuesto himno al 9 de Thermidor, que fue cantado por unas bellas niñas de unos doce años que simulaban ser ninfas y llevaban túnicas blancas y hojas de hiedra en la cabeza. A continuación, el representante Lemoine, a modo de símbolo de triunfo y en nombre de la Cámara, hizo al presidente entrega pública del sable que había sido propiedad del Incorruptible, y por fin, cuando se apagaron los aplausos, que fueron prolongados, el maestro de ceremonias dio la palabra a Tallien para que subiera a la tribuna.

Desde donde yo estaba podía ver cómo el sudor le corría por la cara y el cuello, mojando de modo ostensible su camisa y su aparatoso foulard de colores. «Dios mío–me dije-, hace exactamente trescientos sesenta y cinco días consiguió salir airoso de una prueba infinitamente más difícil; ¿cómo no va a lograrlo también esta vez? Claro que lo conseguirá. Tallien, en las situaciones desesperadas, deja de ser él y se transforma. Sí–añadí tratando de tranquilizarme-. Hoy ocurrirá otro tanto», y luego lo miré regalándole la más persuasiva de mis sonrisas.

Él entonces pareció cobrar fuerzas y con paso firme subió a la tribuna.

— Representantes–dijo-. Vengo de las orillas del mar para unir un canto nuevo de triunfo a los himnos triunfales que deben celebrar tan gran solemnidad…

Se trataba de las habituales palabras ampulosas y huecas que todos empleaban por aquel entonces, pero por alguna razón no sonaban todo lo convincentes que Tallien y yo necesitábamos en ese momento. Él pareció notarlo y redobló su énfasis tratando de parecer más rotundo.

— ¡Yo te saludo, época augusta en la que el pueblo aplastó a la tiranía! — exclamó, y una corriente de desidia recorrió la sala. Una vez más, Tallien tomó aire, miró hacia donde yo estaba y luego a la concurrencia con gesto desafiante y ahora su voz sonó mucho más enfática al decir:

— Sí, representantes… Doblegado durante demasiado tiempo bajo el peso ignominioso de los buques de la pérfida Albión, el océano francés ha visto por fin a sus legítimos amos recuperar la actitud de victoria.

«Muy bien–me dije yo entonces-, qué astuta estrategia la suya. Ha decidido hablar primero de la pérfida Albión para apelar al patriotismo de la Cámara y a continuación, tal como yo le he indicado, hablará de la clemencia que es menester otorgar a esos infelices chouans . La clemencia ante el vencido es patrimonio de grandes hombres, bravo por Tallien».

Le sonreí con toda intención para indicarle lo acertado que me parecía su ardid, pero ante mi sorpresa éstas fueron las siguientes palabras que pronunció:

— Y aquellos miserables que tuvieron la malhadada osadía de aliarse con los ingleses, esos viles cómplices de William Pitt que, al volverse contra nuestra gloriosa República, serán devorados por la misma tierra que los vio nacer. ¡El oráculo se ha cumplido!

Un aplauso unánime acogió estas palabras. La sala en pleno se había puesto de pie para aclamar al vencedor de los ingleses, al vencedor también de los chouans . Todo el mundo aplaudía, vitoreaba a Tallien; todos menos yo, que no podía creer lo que estaba viendo. Mi marido, que había subido a la tribuna temeroso y pálido, había conseguido una vez más enardecer a la Convención. Pero en esta ocasión lo había hecho a costa de su palabra, de la solemne promesa dada a los chouans y también a mí. No había duda, estaba entregando las cabezas de aquellos infelices para salvar la suya, y ahora me miraba con aire triunfal y la vez como un niño que cree haber logrado una proeza por la que espera la aquiescencia de su madre, de su maestra.

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