John Katzenbach - Juegos De Ingenio

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En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.

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– ¿Esto es una residencia para enfermos terminales? -preguntó Susan.

La mujer asintió con la cabeza.

– ¿Qué creía usted que era, querida?

Susan se encogió de hombros.

– No sé… Me parecía algo tan distinto, desde fuera… Antiguo. Algo procedente del pasado y no del futuro.

– Morirse tiene que ver con el pasado -señaló la mujer-, con recordar dónde has estado. Apreciar los momentos que han quedado atrás. -Suspiró-. Cada vez resulta más difícil, ¿sabe?

– ¿El qué?

– Morir en paz, satisfecho, con dignidad, amor y respeto. Hoy en día da la impresión de que la gente muere por razones equivocadas. -La mujer sacudió la cabeza y suspiró de nuevo-. La muerte parece apresurada y dura actualmente -añadió-. En absoluto apacible. Salvo para quienes están aquí. Nosotros nos encargamos de que su muerte sea… bueno, apacible.

Susan, casi sin darse cuenta, se mostró de acuerdo.

– Eso que dice tiene sentido.

La mujer volvió a sonreír.

– ¿Le gustaría echar un vistazo? Ahora sólo tenemos un par de clientes. Hay algunas camas desocupadas. Y seguramente habrá una más esta noche. -La mujer ladeó la cabeza en dirección al lugar de donde provenían los lejanos compases musicales-. La Sinfonía Pastoral -comentó-. Pero los conciertos de Brandeburgo funcionan igual de bien. Y la semana pasada había una mujer que escuchaba a Crosby, Stills and Nash una y otra vez. ¿Los recuerda usted? Son de antes de que usted naciera. Unos viejos roqueros, de los setenta y los ochenta sobre todo. Escuchaba principalmente Suite Jiidy Blue Eyes y Southern Cross. La hacían sonreír.

– No quisiera molestar a nadie -objetó Susan.

– ¿Le gustaría quedarse a ver películas? Esta tarde proyectaremos algunas comedias de los hermanos Marx.

Susan negó con la cabeza.

La mujer no parecía tener mucha prisa.

– Como desee -dijo-. ¿Está segura de que no hay nadie que…?

– Mi madre se muere -soltó Susan.

La recepcionista asintió despacio. Se produjo un breve silencio.

– Tiene cáncer -añadió Susan.

Otro silencio.

– Inoperable. La quimioterapia no dio mucho resultado. Experimentó una mejoría temporal, pero la enfermedad se ha reagravado y la está matando.

La mujer permaneció callada.

Susan notó que se le humedecían los ojos. Era como si una zarpa grande y cruel le estuviese retorciendo y arrancando las entrañas.

– No quiero que muera -jadeó-. Siempre ha estado ahí y no tengo a nadie más. Excepto a mi hermano, pero vive lejos. Sólo estoy yo…

– ¿Y?

– Me quedaré sola. Siempre hemos estado juntas, y ahora no podremos…

Susan estaba de pie en una posición incómoda frente al escritorio. La mujer le indicó una silla con un gesto, y Susan, tras una breve vacilación, se dejó caer en ella, aspiró una sola vez y dio rienda suelta al llanto. Sollozó incansablemente durante varios minutos, mientras la mujer de cabello electrizado esperaba con una caja de pañuelos de papel en la mano.

– Tómese todo el tiempo que necesite -le dijo la mujer.

– Lo siento -gimió Susan.

– No tiene por qué -replicó la mujer.

– Yo no hago estas cosas -aseguró Susan-. Yo no lloro. Nunca había llorado. Lo siento.

– ¿Así que es una mujer dura? ¿Y cree que eso es importante?

– No, es sólo que, no sé…

– Ya nadie exterioriza sus sentimientos. ¿No ha pensado alguna vez, cuando va conduciendo de vuelta a casa, que nos estamos volviendo inmunes al dolor y la angustia, que la sociedad sólo valora el éxito? El éxito, ser una persona dura.

Susan movió afirmativamente la cabeza. La mujer sonrió una vez más. Susan reparó en la forma irónica en que se le torcían las comisuras de los labios, como si percibiese la tristeza que encierra el humor y las lágrimas que hay detrás de cada carcajada.

– La dureza está sobrevalorada. Ser frío no es lo mismo que ser fuerte -aseveró la mujer.

– ¿En qué etapa viene la gente…? -Susan señaló las escaleras.

– Cerca del final. A veces hasta tres o cuatro meses antes del fallecimiento, pero por lo general entre dos y cuatro semanas antes. Pasan aquí sólo el tiempo necesario para alcanzar la paz interior. Recomendamos que los temas exteriores los solucionen antes.

– ¿Exteriores?

– Testamentos y abogados. Fincas y herencias. Una vez aquí, a la gente, más que sus bienes materiales, sus acciones o su dinero, le interesa su legado espiritual. Me ha salido un discurso más religioso del que pretendía. Pero así es como funcionan las cosas, al parecer. Su madre… ¿Cuánto tiempo le queda?

– Seis meses. No, eso es demasiado poco. Un año, tal vez. Quizás un poco más. No le gusta que yo hable con los médicos, dice que la afecta mucho. Y cuando, a pesar de todo, hablo con ellos, me cuesta arrancarles una respuesta directa.

– ¿No será porque ni siquiera ellos están seguros?

– Supongo.

– A veces parece que confiamos en que la muerte será precisa, dada su inevitabilidad. Pero no lo es. -Sonrió-. Puede ser imprevisible y caprichosa. Y puede ser cruel. Pero no controla nuestra vida, sólo nuestra muerte, y por eso estamos aquí.

– Ella se niega a hablar de lo que le pasa -continuó Susan-, excepto para quejarse del dolor. Creo que quiere estar sola, excluirme, porque cree que de ese modo me protege.

– Vaya. Eso no me parece muy sensato. La mejor manera de afrontar la muerte es con el consuelo que aportan amigos y familiares. Le recomendaría encarecidamente que tomara usted cartas de forma más activa y le dijera a su madre que su deceso es un momento que debe compartir con usted. Y, por lo que me cuenta, parece que todavía les queda tiempo para ello.

– ¿Qué debo hacer?

– Poner en orden su relación con su madre, y ayudarla a hacerse cargo de la tarea de morir. Luego, cuando el momento se acerque, tráigala aquí para que ambas asuman los sentimientos que comporta la muerte, se digan lo que tengan que decirse y recuerden lo que tengan que recordar.

Susan asintió. La mujer abrió un cajón de tono oscuro y extrajo una tarjeta y un folleto de papel satinado que semejaba una revista.

– Esto aclarará algunas de sus dudas -aseguró-. ¿Hay algún sitio adónde su madre quiera ir, algún lugar que desee visitar, algo específico e importante que quiera hacer? Le aconsejo que lo hagan a la máxima brevedad, antes de que ella se ponga más débil y enferma. En ocasiones, un viaje, una experiencia, un logro ayudan a hacer más llevadero el fallecimiento.

– Lo tendré en cuenta -dijo Susan. Respiró hondo-. Un viaje, una experiencia, un logro. Mientras todavía le queden fuerzas.

– Suena como un mantra del Lejano Oriente, ¿verdad? -La mujer rio brevemente.

– Pero tiene sentido. Algo…

– Algo en lo que concentrarse, aparte del dolor y el miedo a lo desconocido.

– Un viaje, una experiencia, un logro. -Susan se acarició la barbilla con el índice-. Se lo diré.

– Bien. Y entonces estaré encantada de volver a hablar con usted. Cuando se acerque el momento. Usted sabrá cuándo -agregó la mujer-. Las personas sensibles, como creo que es usted, siempre saben cuándo.

– Gracias -dijo Susan, poniéndose de pie-. Me alegro de haber entrado. -Titubeó de nuevo-. Me he fijado en que la puerta ni siquiera tiene cerradura…

La mujer sacudió la cabeza.

– Aquí no nos asusta la muerte -dijo tajantemente.

Cuando Susan salió de debajo del alero del porche, el sol que se reflejó en el borde de la azotea de un rascacielos cercano la deslumbró por un momento. Se colocó la mano en la frente, como un marinero que escudriña el horizonte, y vio al marginado con el que había hablado antes tambaleándose inquieto en la acera delante de la clínica, aparentemente esperándola. Cuando la vio, el hombre abrió mucho los brazos, como si estuviese clavado en una cruz, y desplegó una amplia sonrisa.

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