Para Manuelita eran también las primicias de las serenatas nocturnas que estaban de moda en el Buenos Aires federal. Así se evitaban las sanciones policiales. De estas serenatas que se daban a caballo, debido al mal estado de las calles, y con acompañamiento de guitarras, hubo una, en vísperas de Navidad, particularmente memorable: se dio con ayuda de un gran piano que anduvo triunfante por las calles a hombros de cuatro gallegos morrudos que se turnaban con otros tantos vigorosos negros (Munilla, dueño del café de Malcos, de donde surgió la iniciativa, era asimismo propietario del instrumento). La comitiva de 200 personas, con atriles y faroles, encaminó sus pasos en primer término hacia lo de Rosas y luego recorrió las casas de las familias amigas hasta el amanecer. [214]
Hacia 1850 la gloria de Manuelita estaba en su cénit: gracias a los extranjeros, y al éxito de la política exterior de Rosas, los periódicos europeos hablaban de la joven porteña. En Madrid la llamaban “la célebre Manolita” y la Revue de Deux Mondes afirmaba: “cuenta ella en Europa, de Turín a Copenhague, con gran número de admiradores y amigos”. [215]Al unicato político del padre correspondía el unicato social de la hija, directora, inspiradora y centro de múltiples actividades en la metrópoli del Plata. Eran tantos los himnos y los poemas compuestos en honor suyo, que hasta ha podido editarse un volumen con todas esas expresiones literarias de dudoso gusto y tono algo burocrático al estilo de: “Hija digna de Rosas potente / tú serás el jazmín peregrino / tú el encanto del suelo argentino / y embeleso del pueblo más fiel”. O esta otra, entonada en 1848 por los negros en sus días de fiesta: “Oh, siglo infelice / de nuestros mayores / pues no les fue dado / tributarte honores / murieron en Congo / sin veros señora / que alegre te muestras / cual fulgida aurora”. [216]
Hasta la esclavitud parecía un beneficio pues permitía a los africanos y sus descendientes disfrutar del encanto de esta señora. Pero más allá de tales expresiones de obsecuencia, Manuelita imponía su reinado sin hacer personalmente abusos de poder y sin marearse ante tanta adulonería, cosa admirable porque desde su adolescencia siempre había estado rodeada de halagos. A tal punto llegó su importancia en el sistema rosista que la oposición se mostró preocupada: la intimidad de los Rosas atraía y rechazaba a la vez a los emigrados, los que, gracias a una buena red de informantes, estaban en condiciones de dar a conocer con detalle los entretelones de la vida en la quinta de Palermo.
Un folleto de autor anónimo, publicado en Valparaíso en 1851, describe la vida cotidiana del gobernador y de su familia, en ese sitio que se ha transformado maravillosamente, con sus caminos bordeados de sauces y naranjos, la alameda tapizada con conchillas de mar y el gran patio donde día a día se reúne una multitud silenciosa: 500 personas de ambos sexos, criados de la casa, empleados de la secretaria del gobernador, edecanes, peonada de la quinta y del saladero adjunto y gente que acude guiada por la curiosidad o por la esperanza de alcanzar algún favor de doña Manuelita.
Más parece externamente un panteón que una casa de campo, dice el anónimo, pero dentro hay lujo en las habitaciones; cada salón, cada dormitorio, tiene estufa particular (5.000 pesos le ha costado al tirano la menos lujosa); proliferan las alfombras y los sofás. A la entrada hay un hermoso estanque y un sofisticado columpio o sistema de calesitas y caballos, diversión en la que sobresale la hija de Rosas, que suele reírse mucho de los que se muestran tímidos o mareados. Sólo en pan se gastan en Palermo 500 pesos diarios.
Rosas ha comprendido que su gobierno no debe llevar una vida común, sino a su modo, tan especial y única como su tiranía. Trató de hacer a su hija cómplice de sus maldades y, una vez convencido de la perfectibilidad de su obra, partió con ella la gloria y los desvelos de la dictadura. Desde entonces se vio a Manuela crear una corte, vestirse de princesa y hacerse el centro de la política interior y exterior de Buenos Aires.
“Pero no se detuvo aquí el poder y la influencia acordados a doña Manuelita por los aduladores de Palermo. Muy pronto se la vio partiendo con el ministro de Relaciones Exteriores el honor de las negociaciones diplomáticas, recibiendo los primeros cumplidos y besamanos de los Lores, los Condes y Almirantes de Francia, Inglaterra, hasta llegar a declararse de un modo casi oficial que ‘las visitas y cumplimientos hechos a la digna hija del Restaurador, eran preliminares necesarios para alcanzar la estimación de Rosas’. Ante cualquier rumor sobre el estado de salud de S. E, es preciso interesarse ante ella y no han faltado los mandones del interior que han llevado su abyección a decir que muerto Rosas nadie con mejores derechos y capacidades para sucederle que su hija.”
Rosas -continúa el anónimo-, retirado en Palermo, tomando al gobierno por un ejército en campaña, ha establecido de hecho una secretaría general, administrada unas veces por él, y otras por su hija. Trabaja toda la noche; a las ocho de la mañana, después de haberse tomado unos centenares de mates, Rosas entrega el cetro y la corona a Manuelita y se retira a su aposento (el autor está enterado de la presencia de la joven amante del gobernador, cuya historia se hará en el capítulo siguiente). Desde aquella hora Manuela es el Sol de Palermo para el culto federal; para ella todas las adoraciones e inciensos. Su bufete no se abre hasta la una del día, pero desde mucho antes un criado está encargado de recoger tarjetas y llevar una lista de todas las personas que solicitan audiencias. Acordada ésta, el sirviente conduce a todos los favorecidos hasta la puerta del despacho, que es un salón pequeño, pero lujoso y elegantemente adornado. Doña Manuelita recibe generalmente con afabilidad y cortesía, no siendo extraño se la clasifique de muy amable y bondadosa, pues hace un particular empeño en parecerlo, cuando en realidad no lo es.
No pasa por alto el anónimo la importancia de las “damas de honor” de esta singular corte republicana y dice que “a las cinco de la tarde Manuela cierra su despacho y tiene lugar entonces la gran mesa de estado a la que raras veces concurre don Juan Manuel. Los amigos de la casa, los palaciegos de mayor confianza, se reúnen por la noche en el salón principal. Doña Manuelita toca el piano y canta y la tertulia toma una animación que sólo es dado comprender a los que conocen el espíritu de libertinaje y franqueza que ha dominado siempre en las acciones y vida de Rosas y su familia”.
“En resumen, Rosas y su hija son los únicos y absolutos administradores de la República Argentina; los ministros de Estado, los camaristas, los representantes, gobernadores de provincia, etc., etc., son miserables cascabeles prendidos a la ropa del gran juglar que los hace sonar o caer a su capricho.” Sobre la apariencia de Manuela, que a los 34 años de edad no es hermosa, pero sí elegante y graciosa, dice que su rostro es agradable, pero ni distinguido, ni hermoso, y que las cejas bien pobladas son señal inequívoca de un carácter duro y apasionado. Es atractiva cuando, separada de su bufete, pasa a desempeñar en su salón su verdadero papel que le corresponde como dama y se entrega con efusión e ingenuidad a los transportes del baile, el canto, o la conversación familiar.
El anónimo tiene en claro dos cosas: por un lado que el adjetivo que conviene a una señorita auténtica es la ingenuidad y asimismo que esta mujer enigmática desempeña un papel político de primer orden sin que pueda saberse si lo hace a disgusto -como supone su leyenda- o si, por el contrario, ella también siente que ha nacido para mandar y pone especial cuidado en cumplir ese rol nada desdeñable. Destaca el folleto -y en esto coincide con otros relatos- que la Niña hablaba en público con gran facilidad y elocuencia, “debiendo este adelanto al continuo hábito de comunicarse con gente de alta clase, y a la seguridad y aplomo que le da su posición elevada. Cuanto ella hace y dice es una sentencia y una gracia que todos se apresuran a festejar”.
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