“Habla regularmente francés, toca el piano y canta canciones españolas que sólo podían ser toleradas en los estrados de Buenos Aires por salir de unos labios tan infalibles como los suyos, tales son de verdes y licenciosas. Monta a caballo casi tan bien como su padre y como él prefiere hacerlo a imitación de las gentes del campo, y lleva el vestido corto y la cabeza descubierta; fuera de estas ocasiones, viste con mucho lujo y elegancia y tiene tantas alhajas como la más rica princesa.
“En cuanto a su hermano Juan, el primogénito del dictador, ocupa tan triste lugar en la historia asombrosa de su padre, que apenas se habla de él, siendo muy pocos los que en el exterior lo conocen; es de corta estatura, rubio, y bastante parecido a Rosas, un gaucho político dedicado a la vida ganadera. Parece que su padre hubiera tenido especial empeño en embrutecerlo y colocarlo en la imposibilidad de ambicionar un alto empleo con perjuicio de su hija Manuelita a quien decididamente ha distinguido. Tiene fama de consumado calavera y como está ausente casi siempre de Buenos Aires, ha llegado a caer en el olvido de los cortesanos.” [217]
Hasta aquí, la crítica y acerada pintura de época que nos brinda la pluma de este opositor cuya información coincide con la mayoría de lo escrito acerca de Palermo, pero que es el único -que se sepa- en mencionar las canciones picarescas que entonaba la Niña en su tertulia y en reflexionar sobre la posible distancia entre la amabilidad de la hija del gobernador y su yo íntimo que supone más fuerte y menos convencional. Por otra parte le reconoce alta especialización en los asuntos públicos, resultado de una inteligencia que ha sido educada por años de contactos con el poder. Marca además la identificación entre padre e hija, no sólo a través de la picaresca, sino más especialmente en la pasión por los caballos y por vestirse a lo gaucho en lugar de hacerlo, cuando se trata de cosas de campo, a la moda europea, como podía esperarse de su alto rango social. Sugiere, en suma, un goce secreto del poder por parte de Manuela.
Lucio V. Mansilla ha hecho asimismo referencias a la vida en Palermo en las postrimerías del régimen. “No era un foco social inmundo, como los enemigos de Rosas lo han pretendido -escribe- por más que éste y sus bufones se sirvieran de cuando en cuando de frases naturalistas, chocantes, de mal género, pues Rosas no era un temperamento libidinoso sino un neurótico obsceno (…) Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la rodeaba, por adhesión, o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el doctor Vélez Sarsfield que le hacía de cavalière servente con su gracia característica, provocando, por su cercanía con la Niña, las envidias de su séquito.” [218]
Pero de hecho, a Lucio, que era un adolescente de muchas lecturas, le resultaban pesadas las bromas de los bufones de su tío, el gobernador, las tonterías del “padre Biguá y las insolencias del esperpento Eusebio, que me revienta porque dice (¡mulato atrevido!) que yo soy hijo suyo, de oculto”. La tertulia de Manuela, en cambio, no parecía contar con esta singular compañía y resultaba grato escuchar a los invitados que de noche se entusiasmaban y, ayudados sin duda por unas copas de buen vino, cantaban el Himno federal y vivaban a Rosas. [219]Pero cuando se fue del país, medida preventiva del general Mansilla que advirtió, con temor, que su hijo se complacía leyendo El contrato social, Lucio no llegó a despedirse de Rosas: veinte días seguidos fue a Palermo sin lograr que su tío lo atendiera. Siempre cariñosa, repetía Manuela que mañana, tatita lo recibiría… [220]
El Pronunciamiento de Urquiza en mayo de 1851 resultó un pretexto más para enaltecer la figura de la hija de Rosas. Las muestras de apoyo al dictador se multiplicaron en Buenos Aires a partir del 24 de mayo, día del cumpleaños de la Niña. Hubo visitas y regalos. Diplomáticos y generales, empleados públicos, negros y negras de las naciones africanas, mazorqueros, gente de los suburbios y de la alta clase porteña acudieron a rendirle homenaje. Las adhesiones a los Rosas continuaron. El 9 de julio, la multitud se agolpó bajo una lluvia torrencial para contemplar a su héroe, el Restaurador, que comandaba la parada militar en el Paseo de Julio. Ningún cuerpo se movió de su puesto y así sufrió la tempestad de agua y viento por horas. Otra noche se estrena en la sala del Argentino la obra Juan Sin Pena, cuyo argumento, se anuncia, tiene similitud con “la loca y negra traición de Urquiza”. Manuelita, “brillante como nunca de hermosura y de bondad”, asiste a la función; a la salida, centenares de personas la acompañan hasta su casa, y en el patio, con banda de música y faroles, entonan el himno Loor eterno al magnánimo Rosas. En la siguiente función de la misma pieza tiene lugar un hecho significativo:
A la salida del teatro la muchacha sube a una carroza arrastrada por sus muchos admiradores, ciudadanos respetables, dirán los periódicos, entre los que figuran Lorenzo y Eustaquio Torres, Rufino de Elizalde, Santiago Calzadilla, Adeodato de Gondra y hasta Benito Hortelano, periodista español que había fundado El Agente Comercial. [221]
La hija del gobernador es agasajada también en forma privada: el 9 de setiembre Josefa Gómez ofrece un baile en su honor. En octubre, contagiada tal vez por el vértigo colectivo que no cesa en sus demostraciones de adhesión al Restaurador, la Niña concurre acompañada por varias señoras y señoritas de su séquito al convento de San Francisco, para festejar la fiesta del santo comiendo en el refectorio. Tiene autorización del provisor eclesiástico, pero de todos modos, su actitud resulta sorprendente, una gaffe podría decirse:
“Nunca he oído decir que ninguna mujer, ni aun las mujeres de los virreyes, hayan entrado en los conventos con su comitiva de señoritas, tanto en entrar como en comer, todo lo cual ha causado novedad en el público”, escribe Juan Manuel Beruti, el cuasi imperturbable cronista de medio siglo de vida política y social de Buenos Aires. [222]
Embriagada por el triunfalismo que se ha apoderado de la ciudad, Manuela Rosas ha ido más allá de lo que ninguna mujer había avanzado hasta entonces, ni en la época colonial, ni en la independiente. La prensa porteña que ha respondido con mansedumbre a las necesidades políticas del dictador, se empeña en halagar a la Niña de Palermo. El Diario de Avisos elogia a las mujeres argentinas, perspicaces en la política, en literatura, idiomas, música y pintura, pero que educadas con timidez no han podido desarrollar sus pensamientos: en medio de ellas se levanta como un centro de atracción la bella Manuelita que en cualquier situación de la vida en que encontrase brillaría “por su tino mental” y merece se la compare con las grandes damas del siglo, la emperatriz Josefina, que con sus consejos contribuyó a la elevación de Napoleón, Teresa Cabarrús, Madame Tallien, apodada Nuestra Señora de Termidor; Madame Récamier, a la que Thiers consultó para escribir la historia del Consulado, y, por último, la princesa Adelaida de Orleans, hermana de Luis Felipe de Francia, buena consejera en los más intrincados asuntos. [223]
El mismo periódico publica entre setiembre y octubre la correspondencia entre el encargado de negocios norteamericano, Guillermo Harris, y el ministro de relaciones exteriores de la Confederación, Felipe Arana, con motivo del regreso del diplomático a los Estados Unidos. Harris dice haber comprendido la historia del país, la política del general Rosas, los servicios que ha prestado a la salvación de la patria y los no menos importantes que se deben a su noble hija. [224]Asombra que se incluya a Manuelita en ese texto oficial, casi como si fuera la heredera del trono.
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