Kate Morton - El jardín olvidado

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Una niña desaparecida en el siglo XX…
En vísperas de la Primera Guerra Mundial, una niña es abandonada en un barco con destino a Australia. Una misteriosa mujer llamada la Autora ha prometido cuidar de ella, pero la Autora desaparece sin dejar rastro…
Un terrible secreto sale a la luz…
En la noche de su veintiún cumpleaños, Nell O’Connor descubre que es adoptada, lo que cambiará su vida para siempre. Décadas más tarde, se embarca en la búsqueda de la verdad de sus antepasados que la lleva a la ventosa costa de Cornualles.
Una misteriosa herencia que llega en el siglo XXI…
A la muerte de Nell, su nieta Casandra recibe una inesperada herencia: una cabaña y su olvidado jardín en las tierras de Cornualles que es conocido por la gente por los secretos que estos esconden. Aquí es donde Casandra descubrirá finalmente la verdad sobre la familia y resolverá el misterio, que se remonta un siglo, de una niña desaparecida.

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No tenía sentido. Nell sabía que ella era la niña a quien hacía referencia esa biografía. Rose y Nathaniel Walker eran sus padres. Ella se acordaba de Rose, la había reconocido al instante. Las fechas coincidían: su nacimiento, incluso su viaje a Australia, encajaba demasiado bien con las muertes de Rose y de Nathaniel para ser una coincidencia. Por no mencionar la conexión adicional de que Rose y Eliza debían de haber sido primas.

Nell volvió a revisar el índice y recorrió la lista con el dedo. Se detuvo en Madre e hija y buscó en la página indicada, con el corazón palpitante.

Un temblor se apoderó de su labio inferior. Podía no recordar que la llamaran Ivory pero no le quedaba duda alguna. Sabía cómo era su aspecto de niña. Ésa era ella. Sentada en el regazo de su madre, retratada por su padre.

¿Por qué la historia pensaba que ella había muerto? ¿Quién había informado mal al Quién es Quién? ¿Era un engaño deliberado o ellos lo creían también? Ignorando que ella había sido embarcada rumbo a Australia por una misteriosa escritora de cuentos de hadas.

No debes decir tu nombre. Es el juego que estamos jugando. Eso fue lo que la Autora había dicho. Ahora Nell podía oírla. Su voz clara y sonora, como una brisa sobre la superficie del océano. Es nuestro secreto. No debes revelarlo. Nell volvía a tener cuatro años, a sentir el miedo, la incertidumbre, la excitación. Olió el barro del río, tan distinto al ancho mar azul, escuchó las hambrientas gaviotas del Támesis, los marineros llamándose los unos a los otros. Un par de barriles, un lugar oscuro donde esconderse, un hilo de luz con motas de polvo flotando…

La Autora se la había llevado. No había sido abandonada después de todo. Había sido raptada y sus abuelos no lo habían sabido. Era por eso por lo que no habían ido en su búsqueda. La creían muerta.

¿Pero por qué la había raptado la Autora? ¿Y por qué había desaparecido, dejando a Nell sola en el barco, sola en el mundo?

Su pasado era como una muñeca rusa, una pregunta dentro de una pregunta dentro de una pregunta.

Y lo que ella necesitaba para desentrañar esos nuevos misterios era una persona. Alguien con quien pudiera hablar, que pudiera haberla conocido entonces, o conocido a alguien que la conociera. Alguien que pudiera echar luz sobre la Autora, y los Mountrachet, y Nathaniel Walker.

Sin embargo, esa persona no podía hallarse entre los polvorientos sótanos de una biblioteca. Necesitaba llegar al corazón del misterio, a Cornualles, a ese pueblo, Tregenna. A esa enorme casa oscura, Blackhurst, en donde una vez vivió su familia y ella había correteado cuando era pequeña.

19

Londres, Inglaterra, 2005

Ruby llegó tarde a la cena, pero a Cassandra no le importó. El camarero le había dado una mesa junto al gran ventanal y se quedó observando cómo los apresurados empleados se daban prisa para regresar a sus hogares. Toda esa gente, el curso de sus vidas desenvolviéndose silencioso fuera de la esfera en la que la vida de Cassandra tenía lugar. Llegaban en oleadas. Había una parada de autobús justo delante, y al otro lado de la calle, la estación de metro de South Kensington todavía lucía su encantador adorno de azulejos Art Noveau. De cuando en cuando el flujo del tráfico barría a los grupos de gente arremolinada dentro del restaurante, donde se acomodaban en sus mesas o quedaban de pie ante la barra brillantemente iluminada, esperando sus cajas blancas de cartón, con comida gourmet que llevar de cena a sus hogares.

Cassandra frotó su pulgar a lo largo de los gastados bordes del cuaderno y repasó mentalmente la frase una vez más, preguntándose si le resultaría más asimilable esta vez. El padre de Nell era Nathaniel Walker. Nathaniel Walker, pintor de la realeza, había sido el padre de Nell. El bisabuelo de Cassandra.

No, la verdad todavía le venía grande, tal como la había sentido al descubrirla por primera vez esa tarde. Había estado sentada en un banco junto al Támesis, descifrando los garabatos de Nell al relatar su visita a la casa de Battersea en la que había nacido Eliza Makepeace, la Tate Gallery en donde los retratos de Nathaniel Walker estaban colgados. La brisa había aumentado, agitando la superficie del río y corriendo en dirección a la orilla. Estaba a punto de marcharse cuando algo llamó su atención, un pasaje particularmente enrevesado en la página siguiente, una frase subrayada que decía: Rose Mountrachet era mi madre. Reconocí su retrato, y me acuerdo de ella. Después una flecha hasta el título de un libro, Quién es Quién, bajo el cual había anotado de forma apresurada los siguientes datos:

• Rose Mountrachet se casó con Nathaniel Walker, pintor, 1908

• ¡Una hija! Ivory Walker (nacida algún tiempo después, ¿1909? ¿Comprobar escarlatina?)

• Rose y Nathaniel murieron en 1913, en accidente ferroviario, Ais Gill (mismo año que desaparecí. ¿Vínculo?)

Un pedazo de papel suelto había sido doblado entre las hojas del cuaderno, una fotocopia tomada de un libro llamado Grandes desastres ferroviarios en la época de los trenes de vapor. Cassandra lo desplegó. El papel era fino y el texto estaba borroso, pero, bendito fuera, no tenía las manchas de moho que habían afectado al resto del libro. El título decía «La tragedia ferroviaria de Ais Gill». El ruido del restaurante zumbaba a su alrededor; Cassandra releyó el breve pero entusiasta relato.

En las oscuras y tempranas horas del día 2 de septiembre de 1913, dos trenes de Midland Railway partieron de la estación de Carlisie con rumbo a la estación de St. Paneras, sus pasajeros completamente ignorantes de que estaban siendo conducidos hacia una escena de completa devastación. Era una ruta escarpada, que recorría los valles y cumbres del montañoso paisaje norteño, y las locomotoras no contaban con energía suficiente. Dos hechos conspiraron para dirigir a los trenes a su destrucción esa noche: sus máquinas eran más pequeñas de lo aconsejable para las empinadas cuestas del recorrido, y cada uno había recibido carbón de mala calidad, lleno de impurezas que impedían su combustión de forma eficiente.

Tras salir de Carlisle a la 1:35 de la madrugada, el primer tren avanzaba costosamente para llegar a la cima de Ais Gill: la presión del vapor comenzó a decaer y fue disminuyendo su velocidad hasta detenerse. Uno puede imaginar que los pasajeros estarían sorprendidos por tan repentina parada, apoco de salir de la estación, pero no terriblemente alarmados. Después de todo, estaban en buenas manos; el revisor les había asegurado que estarían detenidos unos pocos minutos para luego volver a emprender la marcha.

De hecho, la certeza del revisor de que la espera sería breve fue uno de los errores fatales cometidos esa noche. El protocolo convencional ferroviario sugiere que si hubiera sabido cuánto tiempo le llevaría al maquinista y al fogonero limpiar la caldera y volver a elevar la presión del vapor, habría colocado algunas bengalas o señalizado las vías con algún farol para advertir a cualquier tren que se aproximara. Pero, horror, no lo hizo, y fue así que el destino de esa buena gente quedó sellado.

Porque más debajo de la línea, un segundo tren ascendía a duras penas. Llevaba una carga más liviana, pero la pequeña locomotora y el carbón de inferior calidad eran, empero, impedimento suficiente para causarle dificultades al maquinista. Pocos kilómetros antes de Mallerstang, el maquinista tomó la fatal decisión de abandonar la cabina para examinar el funcionamiento de las bielas. Aunque tales prácticas parecen poco seguras de acuerdo con los estándares de hoy, por aquel entonces era muy habitual. Desgraciadamente, mientras el conductor estaba ausente, el fogonero también se vio en problemas: el inyector se había obturado y el nivel de presión de la caldera comenzó a disminuir. Cuando el conductor regresó a la cabina, esa tarea ocupó toda su atención de modo que ninguno de los dos advirtió la luz roja que se agitaba desde el furgón de cola de Mallerstang.

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