Julián Barnes - La mesa limón

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Este libro habla sobre la certeza de que somos mortales. Entre los chinos, el símbolo de la muerte era el limón. Y en Helsinki los que se sentaban en la mesa limón estaban obligados a hablar de la muerte. En estos cuentos de la mediana edad, los protagonistas han envejecido, y no pueden ignorar que sus vidas tendrán un final. Como el músico de El silencio, aunque él habla antes de la vida y, después, de su último y final movimiento. En Higiene, un militar retirado se encuentra cada año en Londres con Babs, una prostituta que es como su esposa paralela. El melómano de Vigilancia lleva a cabo una campaña de acoso contra los que tosen en los conciertos, una campaña que tal vez no tenga que ver con el placer de la música, sino con las manías de la vejez…

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En mitad de la noche, mientras los duendes tratan de romper el candado de la nevera de la señora Galloway para robarle huevecillos de chocolate con leche, yo estoy en vela y observo el lento avance de la luna entre los pinos y pienso en las ventajas de morir. Tampoco es que tengamos otra alternativa. Pues sí, podemos quitarnos la vida, pero eso siempre me ha parecido vulgar y fatuo, como la gente que se va del teatro o de un concierto sinfónico. Quiero decir que…, bueno, ya sabe lo que quiero decir.

Principales motivos para morir: es lo que los demás esperan cuando una llega a mi edad; la decrepitud y senilidad inminentes; el dispendio de dinero -consumo de la herencia- cuando tratas de mantener ensamblada una bolsa incontinente de huesos viejos y clínicamente muertos; el interés decreciente por los noticiarios, las hambrunas, las guerras, etc.; el miedo a caer bajo el dominio absoluto del sargento mayor; el deseo de descubrir lo que hay después (¿o no?).

Principales razones para no morir: el no haber hecho nunca lo que los demás esperan, así que por qué empezar a hacerlo ahora; la posible congoja infligida a otros (pero, en tal caso, inevitable en cualquier momento); el estar todavía en la B de bar; si no yo, ¿quién enfurecería al sargento mayor?

… No se me ocurren más. ¿Me propone usted otras? Descubro que los pros siempre son más fuertes que los contras.

La semana pasada encontraron a una de las locas en pelota picada al fondo del jardín, con una maleta llena de periódicos, al parecer aguardando el tren. Huelga decir que no hay trenes en las cercanías de la residencia desde que Beeching se cargó los ramales.

Bueno, gracias de nuevo por escribirme. Perdone la epistolomanía.

Sylvia

P. D. ¿Por qué le he dicho esto? Lo que intentaba decirle sobre Daphne es que siempre fue una persona que miraba hacia delante, no hacia atrás. Es probable que a usted no le parezca una gran proeza, pero le prometo que cada vez se vuelve más difícil.

5 de octubre de 1987

Querido Julián:

¿Diría usted que la finalidad del lenguaje es la comunicación? No me permitieron enseñar en mi primera escuela de prácticas (de magisterio), sino sólo asistir a clases, porque me equivocaba con el tu del passé simple. Ahora bien, si alguna vez me hubieran enseñado gramática, en lugar de a saber francés, habría podido replicar que nadie diría nunca «Lui écrivis-tu?», ni nada parecido. En mi «escuela» nos enseñaban sobre todo frases sin análisis de los tiempos verbales. Recibo cartas continuas de una francesa con una educación secundaria normal que escribe sin pensar «J'était» o «Elle s'est blessait», y se queda tan ancha. Pero mi jefa, que me despidió, pronunciaba la erre francesa con ese espantoso sonido mudo que se emplea en inglés. Me alegra decir que todo esto ha mejorado mucho y que ya no rimamos «Paris» con «Marry».

No estoy segura todavía de si las cartas largas que escribo han incurrido o no en verborrea senil. El quid, señor novelista Barnes, reside en que saber francés es distinto de saber gramática, y que esto se aplica a todos los aspectos de la vida. No encuentro la carta en que usted me habla de un encuentro con un escritor aún más viejales que yo (¿Gerrady? ¿Cómo se escribe? Lo he buscado en la biblioteca pero no lo he encontrado; en todo caso, seguramente la habré palmado para cuando llegue a la G). Creo recordar que él le preguntó si creía en la supervivencia después de la muerte y que usted le contestó que no, y él dijo: «Cuando llegue a mi edad, quizá crea.» No estoy diciendo que haya vida después de la muerte, pero tengo la certeza de una cosa, de que cuando tienes treinta o cuarenta años puedes ser muy bueno en gramática, pero para cuando llega el momento en que te vuelves sordo o loco también necesitas saber francés. (¿Capta lo que quiero decir?)

¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!, ¡lo que daría por un croissant de verdad! Pero el pan francés se hace con harina francesa. ¿La tienen ustedes en su lado del mundo? Anoche cenamos carne en conserva y judías; ojalá no me gustara tanto la comida. A veces sueño con albaricoques. Los de este país no se pueden comprar, saben a hilachas de algodón untadas con zumo de naranja. Después de la horrendosaescena con el sargento mayor me salto el almuerzo y me como un bocadillo y un pastel delicioso en el centro.

Usted escribe que no tiene miedo de morir con tal de que el resultado no sea la muerte. Esto me suena casuístico. Al fin y al cabo, quizá no note la transición. Mi amiga Daphne Charteris tardó mucho tiempo en morirse. «¿Ya estoy muerta?», preguntaba, y a veces: «¿Cuánto hace que estoy muerta?» Sus últimas palabras fueron: «Llevo un rato muerta y no noto la diferencia.»

Aquí nadie habla de la muerte. Es morboso, ya sabe, y nada bunito. No les importa hablar de fantasmas, poltergeist y demás, pero siempre que saco a relucir el verdadero tema, el sargento y su señora me dicen que no asuste a las ovejas. Todo forma parte de mi batalla contra el tabú de la muerte como tema -o del miedo a la muerte- y la energía con la que la profesión médica trata de impedir que mueran los moribundos, mantienen vivos a bebés nacidos sin cerebro y facilitan que mujeres estériles tengan niños artificiales. «Llevamos seis años intentando tener un hijo.» Bueno, pues seguid sin él. La otra noche nos sirvieron a todas huevos de doble yema. «¿Por qué? Qué raro.» «Están dando a las pollas fármacos fertilizantes para que pongan antes.»

¿Qué guardo yo en mi nevera, me pregunta? El bolso, si quiere saberlo, mi libreta de direcciones, mi correspondencia y una copia de mi testamento. (Incendio.)

¿La familia sigue unida? ¿La suya? ¿Algún hijo más? Veo que desempeña muy bien su papel de padre moderno. Jorge V bañaba a sus hijos, la reina Mary no.

Mis mejores deseos y un succés fou para usted.

Sylvia

14 de octubre de 1987

Merci, charmant Monsieur, por el paquete de comida. Ay, la combinación del servicio de correos y el sargento mayor ha hecho que los croissants no llegaran tan tiernos como los mandó usted. He insistido en que se lleve a cabo un reparto general de este envío en usufructo, para que todas las locas y sordas recibieran medio croissant cada una. «¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué?» Prefieren los triángulos blandos de tostada de pan blanco con hebras doradas. Si metiera las sobras en el buzón para Dominic -que sigue en la ventana-, ¿cree que la guardiana me castigaría sin salir? Perdón, sólo una postal, no tengo bien el brazo. Cordiales saludos,

Sylvia

10 de diciembre de 1987

Barnes está como a la altura del pecho, Brookner te obliga a agacharte hasta el suelo. Creo que su Mírame es una hermosa muestra de texto trágico, a diferencia de Rey Lear, que acabo de leer por primera vez. Aparte de algunos remiendos púrpura, la trama y los personajes son una paparrucha absoluta. Como paradigma (palabra que acabo de aprender en un crucigrama), el traje del emperador. Sólo una postal. Brazo… Un cordial saludo, Sylvia

14 de enero de 1989

Querido Julián:

(¡Sí! La vieja Winstanley) Por favor, perdone más verborrea senil. También el estado de la letra, que avergonzaría a la niñera.

Fascinante historia en la tele sobre unos cachorros de león que intentan comer a un porc-épic (¿por qué épic? El Larousse dice que es una corrupción de porcospino, lo cual es obvio, pero ¿por qué no épine en vez de épic?). La verdad es que no me atraen los erizos; en mi casa de campo tenía una rejilla para impedir el paso del ganado en la que siempre caían erizos. Descubrí que la manera más fácil de sacarlos de allí era con la mano, pero están infestados de parásitos y tienen ojos inexpresivos, más bien ruines.

Idiota y senil por mi parte hablarle otra vez de sus hijos cuando usted dice que no tiene ninguno. Perdone, por favor. Por supuesto, inventa cosas en sus relatos.

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