Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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– Que en paz descanse -insiste la voz temeraria de Carosposo desde quién sabe qué remoto lugar de la escalera, abajo, y muy lejos de donde está Chloe.

Pero Chloe puede oírla perfectamente desde esa habitación cerrada y muerta que parece haber encogido hasta adecuarse a su tamaño. «¿…Y qué pasaría si no te apetece emborracharte, Eddie… y si no puedes tirarte a mil tías y tampoco te atreves a cometer un asesinato?» Es ahora el recuerdo de la última conversación que mantuvieron el que apaga los comentarios de Carosposo. Chloe puede oír su propia voz infantil interpelando al hermano, y, como en una respuesta inesperada, como si el conjuro de ese cuarto a su medida tuviera la virtud de trasladar al papel la contestación que Eddie le había dado a aquella pregunta, Chloe ve en una de las hojas emborronadas la letra inconfundible de su hermano que, entre mil tachaduras, ha escrito una frase de catorce palabras: «Entonces Clo-clo, no tendré más remedio que matar a alguien, o robar una historia.»

– Igualita a su hermano -cree oír Chloe, pero ya no distingue entre las voces que suben de la escalera y las que se forman al conjuro de esa habitación que fue de él.

– Chloe va a cumplir veintidós años dentro de muy poco, la misma edad que tenía Eddie, ¿verdad? Mira, Teresa, no sé qué piensas tú, pero esta chica, dondequiera que esté y aunque se haya vuelto punkie y grunge y gilipollas y adicta al piercing, es la viva encarnación de su hermano, que Dios tenga en su gloria.

3 SERAFÍN TOUS Y LA PIZZA

La noche antes de partir hacia casa de los Teldi, dos de los personajes de esta historia se sentían solos. Uno era Karel Pligh, a quien Chloe había dejado en un bar, prometiéndole no tardar más de unos minutos, pero ya no había vuelto a aparecer.

El otro era Serafín Tous.

Es una suerte que nadie vea el comportamiento de las personas cuando están solas en la más estricta intimidad, porque, si así fuera, hasta las más cuerdas parecerían locas. Si un limpiador de fachadas, por ejemplo, o un vecino indiscreto hubieran mirado a través de las ventanas de la casa de Serafín Tous, habrían visto a un caballero de mediana edad, con barba de tres días, ataviado sólo con una chaquetilla de pijama muy sucia y unos zapatos con los cordones desatados, sentado ante un piano de cola y mirando fijamente a un teléfono, como si llevara meses en esa postura. En una inspección más minuciosa, el limpiador de fachadas o el vecino indiscreto repararían en que el hombre no estaba tan desnudo como podía parecer a primera vista. De tanto en tanto, sobre todo cuando, llevada por una inaudible música, su pierna basculaba arriba y abajo, podía verse asomar bajo la mugrienta chaqueta del pijama unos redentores calzoncillos a rayas. Pero en este segundo vistazo descubrirían también que el caballero no estaba sentado sobre una banqueta, sino en equilibrio sobre una incómoda pila de libros de arte; que tenía los codos sobre el piano y que abrazaba la caja de una pizza de ahumados a medio consumir que había sobre la tapa del instrumento. Todo esto añadía a la escena una nota de grasienta sordidez. Los ojos vidriosos del personaje, su pelo sudado y los hombros escurridos completaban una visión desoladora. En pocas palabras, Serafín Tous, con las manos locas y la mirada fija en el teléfono, era la viva estampa de alguien dominado por la inquietud y aquejado por un maldito insomnio. Y su aspecto se correspondía exactamente con la realidad: eran las nueve de la noche, llevaba tres días sin dormir y todo presagiaba que éste iba a ser el cuarto. Una persona observadora sabe que existen dos maneras apremiantes de mirar a un teléfono. Una es la esperanzada-desesperada manera de quien anhela que suene, de quien desea con vehemencia que al otro lado surja por fin una voz amada o, quizá, una propuesta de trabajo tanto tiempo prometida. La segunda forma de mirar un teléfono la practicaba en esos momentos Serafín Tous: igual que si fuera un aparato maléfico, un imán maldito que atrae a quien no desea hacer uso de él, vade retro, Satanás o, lo que es lo mismo, Dios mío, aparta de mí este cáliz de perdición.

Mientras la pizza se mantuvo caliente dentro de la caja, a Serafín le había resultado relativamente sencillo refrenar el impulso de marcar un número que se había aprendido de memoria. Era un método absurdo pero eficaz: daba un bocado a la masa, se manchaba los dedos, chorreaba tomate… un trozo más, y otro… y así mantenía alejada la tentación; se diría que su comportamiento oscilaba entre dos impulsos contradictorios: odiaba la pizza, pero se obligaba a comerla; deseaba con todas sus fuerzas marcar ese número, y se prohibía hacerlo.

¿Cuánto tiempo llevaba en esa postura, delante de un piano que intentaba no tocar, comiendo algo que detestaba y evitando coger el auricular? Mucho. Era el sórdido colofón de noches enteras en las que, cuando intentaba razonar con cordura, invariablemente acababa colándose entre sus buenos propósitos la imagen de una puerta roja con una placa en la que, escrito en letras góticas, podía leerse «Nuevo Bachelino». Tragó otro trozo de pizza. El sabor a pescado le producía una mezcla de asco y placer. Ahora sabía cómo se gesta en las personas esa degradación mugrienta que puede verse en algunas películas norteamericanas: individuos que no se visten ni salen de su casa en varios días, encastillados en apartamentos malolientes, con ceniceros llenos de colillas, rodeados de botellas de bourbon vacías y cajas de comida a domicilio, casi siempre chop suey o pizza. Sus casas son la escenificación del sumidero por el que cualquier persona respetable puede caer el día menos pensado. Es tan fácil resbalar por esa pendiente, y el domicilio de Serafín Tous empezaba a acercarse demasiado a ella. Por fortuna, él no fumaba ni bebía; al menos se evitaba esa parte de la degradación: no había en ese escenario ni el olor acre de mil cigarrillos ni la presencia de envases consumidos con el ansia que se confunde con la sed más terrible. Pero el resto del descenso a los infiernos, lo estaba sufriendo completo.

Cuando la noche se cierra, Serafín no enciende la lámpara, permanece ahí, en la misma postura, arropado por la oscuridad, con el único resplandor de las luces de la calle. Es preferible así; de este modo nadie, ni él mismo, podrá comprobar cómo crece su barba y se le vitrifican definitivamente los ojos. Qué estúpida situación la suya. Lo mejor que podría hacer, llegado a este punto, es marcar el maldito número de teléfono del Nuevo Bachelino: la única manera de combatir la tentación es caer en ella, decía alguien sin duda muy sabio. ¿Y por qué no hacerlo? En realidad es muy fácil. Se toma el auricular, luego el dedo forma sobre el teclado ese número que se ha aprendido de memoria, y a continuación sólo resta decir con voz firme e impersonal: «Buenas tardes. ¿Hablo con el Nuevo Bachelino? Mire, soy -y aquí Serafín duda: incluso tratándose de una llamada en su imaginación, no se atreve a vocalizar su propio nombre-, soy… un cliente -dice-; querría hablar con uno de sus muchachos, su nombre es Julián. ¿Está por ahí?»

Sí, sería muy fácil, incluso deseable, y sin embargo, la mano de Serafín Tous no va hacia el teléfono, sino que se agarra, igual que un náufrago, a la caja de pizza, como si ese endeble tablón de salvamento pudiera serle de utilidad. La abre, arranca un trozo de pizza fría que se le atora en la garganta, la masa parece hincharse, nota el sabor gomoso del queso y el regusto ácido del tomate… Una arcada se abre paso y le sube hasta la nariz, se siente tan mal que vomitaría todo, y ojalá lo hiciera, el vómito, al fin y al cabo, es una forma de limpiarse las putas entrañas.

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