A medida que empiezan a encajar las casualidades, Néstor piensa en Soledad, la joven madre de Carlos, una mujer que no tiene rostro en el recuerdo del hijo. Y comprende que todo cobra sentido: la casa de Almagro 38, que un día se cerró para el padre de Carlos, la actitud distante de la abuela, los silencios de unos y otros… mientras que ese retrato, el mismo que ahora tiene delante de sus ojos, fue a parar al fondo de un armario, seguramente para que Abuela Teresa pudiera olvidar a sus dos hijas. A las dos por igual: a la muerta, para que no doliera tanto, a la viva, para no odiarla. Otra cerilla que se apaga. Néstor busca una cuarta, baja por los hombros del retrato, llega hasta las manos… ¿qué es esa esfera verde que sostienen sus dedos? Parece una joya, quizá un camafeo… Sin embargo no se detiene en su inspección, vuelve a subir la luz hasta los ojos de la mujer, y es con el último destello con el que acaba de ordenar los pocos datos inconexos que aún le faltan. Le sorprende sobre todo la ceguera de Carlos. En el cuadro, Adela no puede tener más de dieciséis o diecisiete años, Néstor la ha reconocido inmediatamente, pero es cierto que tiene sobre Carlos la ventaja de haberla visto en su juventud. En cambio, el muchacho, que atendió a Adela Teldi el otro día cuando él no estaba en la tienda, ignora quién es. Parece casi increíble que Carlos García, que la busca en todas partes, que cree adivinar sus ojos en los ojos de todas las mujeres, su cuello en tantos otros, que conoce cada rasgo y cada centímetro de su rostro, no la haya reconocido. «…Las personas son para mí solo trozos de personas, Néstor -le había dicho apenas unos días atrás, en casa de madame Longstaffe-. Sólo me fijo en pequeños detalles de sus cuerpos, que los identifican inequívocamente…» Igual que un hombre en la oscuridad alumbrándose con una diminuta cerilla -piensa Néstor, sin reparar en que eso precisamente es lo que ha hecho él para descubrir a Adela.
…Quien sólo ve segmentos de la realidad, no alcanzará a ver el cuadro completo.
– Por cierto, chico, no sé si sabes que además de Kill me with the lawnmower, mi cliente también es autor de la famosísima Eyeless in Caca. ¿Cómo? Tú no vives en este mundo, chico, aterriza. ¿De veras que no la conoces? Ha vendido dos millones de copias. Y ahora piensa, piensa en que su próximo éxito lo escribirá aquí mismo -dice la voz de Solís-. Tu casa va a ser suya, con todo lo que hay dentro.
Sí. Ojalá ese Bigbagofshit se lo lleve todo; sería lo mejor. Y Néstor, al pensarlo, se entretiene en pasar la mano por el marco del cuadro que, a diferencia de los demás objetos de la habitación, parece no juntar polvo. Que se venda de una vez la casa -se dice- con todo lo que hay dentro, porque existen espacios perversos en los que se concentran demasiadas casualidades. El piso de Almagro 38. De él habría salido, presumiblemente, el cadáver repatriado de Soledad para ocupar una tumba que Carlos nunca visitaba. De él quedó prohibida la presencia del padre de Carlos, cerrándole sus puertas; pero en cambio, Almagro 38 acaba de abrirse para que Néstor descubra otras cosas inesperadas: una historia de adulterio entre cuñados, el triste fin de Soledad, la hermana de Adela… Ya eran bastantes muecas del destino para una sola vida, y sin embargo, veinte años después, la suerte se encargaba de añadir más ironías: un muchacho que no recuerda la cara de su madre acaba enamorándose del retrato de aquella que fue la causante de su muerte. Luego la mujer aparece en su vida (sin que él la reconozca, es cierto), pero… ¿qué otras coincidencias podrían producirse? -se dice-, realmente, ya no caben más.
En ese momento, Néstor, con la mano aún sobre el marco del cuadro como si fuera el alféizar de una ventana, piensa que ahora él y la dama del retrato forman una extraña pareja en una situación falsa, cada uno a un lado de un espejo; Adela lo mira sin ver, él ve demasiado y no le gusta lo que ve. Al destino le divierten las casualidades -piensa-. Sin duda la vida está llena de ellas. Cuántas veces habrá sucedido que dos personas, unidas por un pasado común, se crucen en la calle sin conocerse… o que dos hermanos separados desde la infancia compartan un día, sin saberlo, asientos contiguos en el autobús… personas -se dice- que se encuentran y no se encuentran, casualidades increíbles, sólo que muy pocas llegan a descubrirse. Y a veces es mejor así.
Cuando Néstor vuelve a reunirse con Carlos y Solís, que ahora se disponen a inspeccionar un cuarto que hay al fondo del pasillo, ya ha decidido lo que va a hacer.
– Mire, señor, ésta es una de mis habitaciones favoritas de la casa -está diciéndole Carlos a Solís en ese mismo momento-. Ya sé que no es muy bonita, pero ¿ve ese armario? Allí jugaba de niño, está lleno de cachivaches. Aún quedan cosas dentro. Al heredar la casa sólo me preocupé de rescatar de él un retrato de mujer que me gusta mucho.
Y allí has de volver, Adela Teldi, tú o, mejor dicho, tu historia -piensa Néstor-, porque ahora sabe que las casualidades, por muy terribles que sean, no llegan a convertirse en coincidencias a menos que haya un testigo externo que las ponga de manifiesto. Silencio, prudencia, ésa ha sido siempre la política que ha marcado su profesión, una forma de actuar que considera muy beneficiosa para alguien que conoce los entresijos de tantas vidas. La mayoría de las burlas del destino que se producen en esta vida -piensa- pasan inadvertidas, y ésta también. Por eso, Adela Teldi, tu historia no saldrá de esta casa. Aquí te quedarás, querida mía, igual que si aún estuvieras encerrada en el armario con tu pequeña infamia de consecuencias imprevisibles, con tu parentesco de tragedia griega, con tu escándalo de folletín, porque yo así lo quiero. Mañana, iremos a tu casa, serviremos a tus invitados, yo prepararé el mejor de mis postres… y nadie sabrá jamás qué extraños hilos unen a una distinguida cliente de La Morera y el Muérdago con este muchacho.
– Carlos, ¿estás ahí?
– Espera un segundo, Néstor, en seguida estoy contigo, déjame ver qué quiere el señor Solís.
– Me interesa este barreño de cobre, chico, y también esta lámpara vieja, pero sobre todo, me gustaría ver el retrato que encontraste en el armario.
Néstor prefiere no escuchar estas palabras; los acuerdos comerciales entre Carlos y Juan Solís deben de ir muy adelantados, pero él sólo piensa en su último hallazgo y en lo fácil que puede ser engañar al destino. Trampas a los dioses, concluye bastante complacido, y luego, en una inevitable comparación gastronómica, se promete que esta pequeña infamia nunca se sabrá, porque las casualidades son como los suflés: no crecen si nadie se ocupa de agitar, de batir o de encrespar las claras.
Néstor, desde donde está, alcanza ahora a ver a Solís, que sigue midiendo y tasándolo todo, como un mercader eficaz. Incluso se acerca para medir el cuadro de la dama. Y todo juega a favor del silencio -añade Néstor para sí, al verlo tan interesado-, esta casa se venderá y dentro de poco todo pasará al olvido. Existe además la gran suerte de que Carlos parece haber encontrado a otra mujer que le ha hecho olvidar a la dama del cuadro. Perfecto, porque así nunca sabrá que desde niño ha estado enamorado de ella.
– Un cuadro muy bonito, chico, pero de poco valor. Yo te aconsejaría que lo vendieras con la casa. Tienes suerte, a Bigbagofshit le encantan las mujeres rubias. Espero que no quieras quedarte con otras cosas del mobiliario.
– Sólo el cuadro -dice Carlos-, porque es un recuerdo de infancia.
– No seas infantil -interviene Néstor, interrumpiendo por primera vez la conversación.
– ¿No habíamos quedado en que ya no te interesaban las mujeres fantasma?
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