Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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La mira. Los ojos suaves del filántropo parecen posarse, tan tiernos, en los tobillos de la señorita Ramos, que son la parte más agraciada de su anatomía, «bonitos tobillos», dicen esos ojos, y la señorita Ramos casi sonríe, pues no es del todo inmune a los ojos masculinos, sobre todo si pertenecen a un connaisseur. Aun así -el deber antes que nada- logra continuar con la misma inquisidora firmeza de antes:

– Ya, ya, tal vez no fueran tiempos propicios para hacerse el héroe, pero sí muy rico con la situación tal como estaba. Era la época del terrorismo de Estado, le recuerdo. ¿Cuál es su secreto?

– No hay secreto -responde Teldi (la mirada ha descendido de los tobillos a los zapatitos de la señorita Ramos, que siente deseos de retirarlos de la vista, no vayan los galantes ojos a descubrir que parecen caros, pero son de imitación) -. Verá usted, Agustina (qué bien suena su nombre de pila en los labios de un hombre como éste), el único secreto que existe para salir adelante en épocas tan terribles como esa de la que hablamos es mucho trabajo y gran desprecio por los milicos. ¿Pero estamos aquí para hablar de arte puro y no de política, verdad querida? Tal vez deberíamos centrar un poco el hilo de la conversación.

En ese momento Chema aprovecha la vehemencia puesta en la palabra hilo para atrapar al vuelo una imagen enfática de Teldi, una expresión tan rotunda y mayestática que, de pronto, hace exclamar por lo bajo a una señora que desayuna dos mesas más allá un «oh» acompañado de un codazo a las costillas de su marido.

– Mira, Alfredo, ¡un famoso! -dice la señora vecina-, fíjate, allá, a la izquierda, ¿no es ése Agnelli, el dueño de la Maserati? ¡Pero si parece un cardenal florentino!

Y el marido, enteradísimo, contesta que Agnelli nunca ha sido dueño de la Maserati, sino de la multinacional Olivetti, so burra, mientras Chema dispara más flashes y la señorita Agustina Ramos hace un gran esfuerzo por estrechar el cerco en torno a Teldi con sus afiladas preguntas.

– Está bien, es cierto, a usted jamás se lo ha podido relacionar con los militares, y eso habla a su favor, pues hubiera sido algo imperdonable. Volvamos entonces al arte y sólo al arte, pero sintiéndolo mucho, en torno a este tema también se han tejido algunas leyendas sobre su fortuna. ¿Es cierto, por ejemplo, que en una ocasión compró a un caballero, que más tarde acabaría suicidándose acuciado por las deudas, un magnífico Monet por una cantidad irrisoria para luego venderlo por veinte veces su valor?

– Sí -dice Teldi con una sonrisa encantadora-, el dato económico es correcto, pero el resto de la novela dista un poco de la verdad. El dueño del Monet no sólo vive, sino que es hoy un gran amigo y uno de los hombres más ricos del Cono Sur. Me precio de ayudar a los demás para que ellos me ayuden a mí, ¿tiene eso algo de censurable, Agustina?

A la señorita Ramos cada vez le parece menos censurable el señor Teldi. Sobre todo cuando sus ojos la miran, cosa que ocurre con poca frecuencia, sólo la necesaria para hacerse desear. En realidad, ella, que se precia de conocer a las personas con una intuición infalible, cada vez considera más admirable la actitud de ese hombre atractivo que, a pesar de sus preguntas mordaces, sonríe siempre, e incluso una vez (sólo una, Dios mío) ha alargado su mano derecha hacia el sofá en el que ella se encuentra, aunque no ha llegado a tocarla: todo un caballero, no hay duda. Vuelve a mirarla. La señorita Ramos cree derretirse y corre peligro de acabar como una mancha en el sofá color lacre, Dios mío, ninguna cámara logrará captar jamás el aura de este mecenas, de este filántropo exquisito. Además, se convence la señorita, por mucho que ella quiera ser mordaz, como es su obligación, los hechos cantan: allí está Teldi, detallando en qué ha invertido gran parte del dinero ganado honradamente gracias a su pasión por el arte.

– En dos escuelas para niños abandonados, sabes querida (y qué maravilloso suena ese tuteo y ese «querida»); también en becas para las personas de talento, y no sólo pintores sino también músicos, escritores; el arte lo merece todo, hay que devolver lo que la vida nos da, ¿no crees?

Y la señorita Ramos cree todo lo que diga ese hombre tan sensible, qué prodigio de sencillez y cuánta verdad hay en sus palabras.

– Ya lo tengo -dice la señora del hombre llamado Alfredo dos sofás más allá-. El fulano ese no es Agnelli. Es un actor. ¿Cómo se llama…? ¿Anthony Hopkins? ¿Sean Connery? No, no estoy segura, este señor tiene bigote y pelo canoso, pero vamos, que es del escenario no me cabe la menor duda, los actores actúan hasta en la vida real y quedan tan naturales, ¿no crees, Alfredo?

Pero Alfredo no cree nada. Le importa un pito. Es cierto que los hombres con aire distinguido y pelo cano fascinan a las mujeres, pero en cambio resultan muy poco atractivos para los maridos, sobre todo si éstos son calvos. Además, Alfredo no alcanza a oír la conversación, aunque está seguro de que el tipo no es Sean Connery, así como está seguro de que esa pobre chica, la entrevistadora, está cayendo en el mismo trance hipnótico que su mujer. Para mí que es sólo un estafador de poca monta -piensa Alfredo-, pero sólo dice:

– Vamos, Matilde.

– Bueno, bueno, no sólo quiero que hablemos de Arte con mayúsculas -le dice Teldi a la señorita Ramos en ese mismo momento-. Está muy bien hablar de Monet y congratularse por ser el afortunado poseedor de tantas maravillas, pero hay otras cosas en la vida que me dan mucho más placer, y que creo que puedo contárselas a alguien como tú. Te voy a hacer una confidencia, querida. Primero apaga la grabadora, esto no le interesa a una revista como Mecenas… aunque reparta trescientos cincuenta mil ejemplares entre… Mercenarios del Arte debería llamarse y no Mecenas, ¿estás de acuerdo?

La señorita Agustina no puede estar más de acuerdo. Apaga. Mira luego a Chema por ver si un intruso como él no entorpecerá la confidencia; pero Chema, que ha terminado con las fotos, masca chicle unos diez metros más allá, mientras inspecciona un fotómetro.

– Es una pequeña tontería, lo sé, pero disfruto tanto con estas cosas. Verás, sé que a ti te va a hacer gracia. Supongo que los grandes filántropos a los que entrevistas te contarán cómo son sus relaciones con otros mecenas, cómo se reúnen a hablar de los objetos que adquieren y organizan una fiesta sólo para que sus amigos y rivales admiren por ejemplo una virgen bizantina que acaban de comprar a un marchante especializado en sacar cosas de los países del Este; ya te imaginas, todos unos tramposos. No es que yo no me preste de vez en cuando a este tipo de pantomimas; al contrario, voy a sus cócteles y hago negocios con ellos, pero los que realmente me gustan son los enamorados del Arte con mayúsculas, querida, y cuando digo con mayúsculas, no me refiero a lo caro, sino a lo raro. Si tú supieras lo que estoy preparando para la semana que viene…

Si yo pudiera saber cosas de ti, Ernesto Teldi -piensa Ramos-, estaría dispuesta a olvidarme del mercenario Mecenas, también de las entrevistas incisivas y de todas esas informaciones turbias que gente desaprensiva se dedica a inventar sobre ti, y no son más que calumnias que se vierten sobre las personas verdaderamente formidables, si yo pudiera, si yo supiera… Todo esto piensa Ramos, aunque un prurito profesional hace que, al menos por fuera, mantenga aún el aspecto de una periodista inaccesible. Resiste, Agustina -se dice, como si sus reparos fueran las murallas de Zaragoza en 1808-; resiste siempre. Pero esta Agustina tiene la pólvora húmeda.

– Mira, estoy organizando una pequeña reunión para dentro de unos días, y tienes que venir -le pide entonces Teldi, como si la idea se le hubiera ocurrido de pronto y no se tratara de un método para neutralizar a un loro, o más bien cacatúa, llena de ínfulas artísticas y peligrosas preguntas sobre su pasado argentino-. Yo soy del pueblo y me gusta volver al pueblo. Verás, te explico: se me ha ocurrido reunir en mi casa de campo a un grupo de coleccionistas. Pero no de grandes coleccionistas, nada de acaparadores de Picassos y ricos estúpidos que coleccionan primeras ediciones de Hamlet sin haber pasado de la primera página, aunque eso sí, citan con mucha frecuencia To be or not to be sin conocer como tú y como yo ese maravilloso párrafo que dice: «¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa…?» etcétera…, en fin, tú ya me entiendes, gentes que no aman el arte sino la posesión; todo lo contrario que mis invitados.

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