En fin, como siempre ocurre, me extiendo demasiado en mis cartas, ¿qué importan los detalles? Lo interesante es que se ha roto el conjuro que me llevaba por no sé qué camino ineludible. Se acabó el ¿determinismo? Sí, creo que así se dice cuando el destino está fijado de antemano. Pero ya ves. El filtro de madame Longstaffe no ha servido para nada y el chico se ha enamorado de otra mujer, una que no tiene nada que ver con sus vaticinios y, en consecuencia, yo me siento libre. Verdaderamente es un alivio constatar que nadie conoce el destino ni puede fijarlo, ni siquiera las brujas tramposas. Por eso estoy muy contento, amigo Reig, tanto que antes de continuar con la receta de Lucas Carton voy a confiarte otra receta aún mejor. Se trata de mi infamia más preciada. Allá va:
En 1911, el chef del Waldorf Astoria de Nueva York descubrió un secreto infalible para lograr un suflé frío que tuviera todo el aspecto de uno caliente. Hoy en día uno de loe petit fours más interesantes es precisamente el suflé frío de pistacho; sus diminutas dimensiones son perfectas para…
1 NÉSTOR Y LA MUJER DEL CUADRO
– Estas pequeñas dimensiones fascinarán a mi cliente -dijo Juan Solís, el agente inmobiliario, mientras dejaba escapar un silbido de admiración-. Qué hallazgo, Néstor.
Néstor Chaffino y Carlos se miraron y luego miraron a Solís, que abría y cerraba los cajones de las cómodas, curioseaba el contenido de las cajitas de biscuit, medía las distancias con paso experto, paseaba y sopesaba, como haciendo inventario de todo. Juan Solís había roto una vieja costumbre para acompañar a Néstor y a Carlos hasta la casa de Almagro 38. Nunca, en sus veinte años de profesión, había aceptado hacer una visita en la noche de un sábado: tabú total. Los sábados los dedicaba al tai-chi, única disciplina que le permitía mantener el equilibrio emocional en tan agotadora actividad. Pero sin duda el sacrificio había valido la pena. Solís creía haber descubierto una perla y no se cansaba de repetirlo. Por eso fue elogiando una a una las virtudes del piso de Almagro 38: la altura de sus techos, lo bien orientadas que estaban las ventanas y la calidad de las maderas, hasta repetir con énfasis aquello de que «tan perfectas y diminutas dimensiones» eran ideales para su cliente.
Néstor no se quedó a escuchar quién podía ser ese cliente para el que doscientos cincuenta metros cuadrados en la calle de Almagro resultaban «unas diminutas dimensiones»: le daba igual. No obstante, mientras se alejaba del grupo, llegó a oír cómo la voz de Solís pronunciaba en un discreto, aunque intencionadamente sonoro cuchicheo, el nombre de alguien llamado Bigbagofshit.
– Un jovencísimo cantante de heavy metal -añadió el susurrador a modo de apostilla-, un monstruo, un fenómeno.
Lo será, qué duda cabe, pensó Néstor, antes de desaparecer discretamente por una puerta de la izquierda. Estaba desilusionado: Carlos había acudido a la cita solo, sin su nueva novia, de modo que esa pequeña curiosidad de Néstor se vio frustrada. Ahora podía hacer dos cosas: seguir a Carlos y a Solís de habitación en habitación, admirar la casa y hacer los comentarios pertinentes, o bien entregarse a algo más acorde con su estado de ánimo. Dejemos a Juan Solís descubriendo las inexploradas posibilidades de Almagro 38. Mientras tanto -se dijo- voy a sentarme a esperarlos en esta salita, así aprovecho para hacer unos apuntes sobre temas indispensables para el viaje de mañana.
Al encender la luz, Néstor se da cuenta de que allí no hay dónde sentarse. Los muebles de la habitación están cubiertos por sábanas, y la silueta de un gran sillón que se adivina debajo de la más polvorienta de todas ellas no parece acogedora, sino más bien la reliquia de un tiempo pasado. Entonces mira en torno y ve que se encuentra en una estancia semicircular de paredes que antaño debieron de ser amarillas. Al fondo hay una vieja chimenea y sobre el hogar, como quien se asoma al mundo a través del marco de un ventanal, descubre el retrato de la dama.
Néstor se acerca con curiosidad para ver sus facciones, ésta no puede ser otra que la muchacha de la que tanto ha oído hablar, la dama del armario… Sin embargo, la precaria economía de Carlos no permite más que una bombilla en toda la estancia; la luz es tan escasa, que el cocinero se ve obligado a abrir la puerta de par en par para que la claridad del corredor entre hasta el fondo e ilumine el retrato.
– A Bigbagofshit le va a fascinar este vestíbulo color púrpura, ¿porque este tono es púrpura, verdad chico? En tu casa no se ve un carajo -se le oye decir a Solís desde el vestíbulo.
Y es cierto. A pesar de la ayuda de la luz del corredor, Néstor tampoco ve un carajo. Busca entre sus ropas. Un cocinero, aunque no sea fumador, a veces lleva encima un mechero, o al menos cerillas; y Néstor, en efecto, encuentra en el bolsillo de su chaleco una cajita con el nombre de La Morera y el Muérdago decorada con un motivo entre floral y mágico. Un motivo muy acorde con su significado: la morera es el árbol de los gusanos de seda, y el muérdago, el talismán para encontrar tesoros escondidos. Cualquiera habría hecho un paralelismo entre estos datos y lo que está a punto de suceder, cualquiera menos Néstor, que inocentemente enciende una cerilla.
– Mi cliente querrá saber cuántos muebles se venden con la casa, chico, ten en cuenta que Bigbagofshit lo compra todo. Casi tiene tu misma edad, sabes, pero a él le salen los millones por las orejas. ¿Has oído su último éxito: Kill me with the lawnmower, chico? Es fantástico.
Solís llama a Carlos «chico» con una insistencia que se cuela una y otra vez por la puerta del saloncito amarillo. Néstor puede oír cada una de sus palabras, y son como un extraño contrapunto para lo que sucede dentro. A la luz de la cerilla, con la incierta precisión de quien no intuye que está a punto de hacer un extraño descubrimiento, el cocinero pasea la llama arriba y abajo por delante del cuadro. Así, el halo de luz ilumina primero una frente femenina, luego su pelo rubio metálico, a continuación se detiene demasiado en los azules ojos del retrato, y por eso, al reanudar su camino, la luz declina. Néstor intenta aprovechar el último fulgor para iluminar algún otro rasgo de la muchacha, llegar al menos hasta la boca, pero la llama languidece y muere, como si quisiera preservar un secreto. No hay secreto. Ya no hay ningún secreto. Mientras Néstor busca otra cerilla, juraría que esos labios burlones aprovechan la semipenumbra para modular, con una voz muy lejana en el recuerdo: «… Ah, Néstor, pero cómo, ¿usted por aquí?», o más escuetamente: «… Buenas noches, Néstor.»
La llama de la segunda cerilla rasga la oscuridad del cuarto amarillo y entonces la voz enmudece inmediatamente, igual que todos los encantamientos cuando se enfrentan con la luz. Pero al acercarse, a Néstor se le antoja que los labios aún permanecen entreabiertos, como si acabaran de hablar.
– ¿Qué hay en el cuarto de allá, ese de la puerta abierta, chico?
Es la voz de Solís, el adelantado, el descubridor de tierras ignotas, pero un ruego de Carlos lo detiene.
– Espere, señor. Dejemos esa habitación para el final. Mire, antes quiero enseñarle esta de la derecha: es un vestidor, tal vez le pueda servir de gimnasio a su cliente; creo que incluso tiene una antigua mesa de masajes.
– Perfecto, tienes suerte porque Bigbagofshit lo compra todo. Todo. Echémosle un vistazo.
Y aún una tregua para que Néstor termine de asegurarse de lo que ya está seguro: de que la muchacha rubia del retrato es Adela Teldi, la misma que él conoció con treinta y tantos años allá en Buenos Aires, la misma que protagonizó aquella pequeña infamia que él, tan imprudente, había relatado una tarde a sus ayudantes para que no le hicieran preguntas sobre el contenido de su libreta de hule llena de secretos culinarios. Néstor no necesita más datos, pero la tercera cerilla, como un notario minucioso, constata que, ocultos por la juventud, suavizados por su falta de experiencia, ahí están todos los rasgos de Adela. Su aire algo ajeno y esos mismos ojos azules que Néstor vio desmesurarse en Buenos Aires ante el cuerpo sin vida de su hermana Soledad. Incluso ahora, a la fantasiosa luz del fósforo, a Néstor le parece descubrir en ellos una mirada incrédula, idéntica a la que aquel día se cruzó con la suya después de que se descubriera el cuerpo sin vida contra las baldosas del patío. En casa de los Teldi, tres pisos en dirección al infierno, estrellada contra el suelo, Néstor, Adela y todos los allí presentes pudieron ver la cabeza de Soledad, diminuta y negra como un punto ortográfico, mientras que su cuerpo contorsionado dibujaba un estúpido signo de interrogación. Es la hermana, es la hermana menor de la señora, certificaban todos los ojos, mientras que el signo de interrogación, allá abajo, dejaba escapar una mancha oscura, primer indicio de su larga venganza sobre dos de los presentes: sobre Adela y sobre el marido infiel. Es obstinada la sangre de los suicidas, no se olvida nunca.
Читать дальше