– Ah, estás ahí, Néstor -se sorprende Carlos-. ¿Dónde te habías metido?
Pero Néstor, en vez de contestar, sólo dice: -Acabo de verla, Carlos; queda muy bien en ese cuarto amarillo, nadie debería mover el cuadro, déjalo donde está.
Carlos no entiende, no entiende nada… Incluso le hace gracia la reacción de su amigo.
– ¿Pero qué pasa, acaso te has enamorado tú también de la mujer del cuadro?
– Tampoco es para tanto, creo yo -dice Solís-. ¿Cuánto pides por él?
– Es que no creo que quiera venderlo… -responde Carlos-. Ya le he dicho que se trata de un recuerdo de infancia; no se venden los recuerdos aunque ya no signifiquen lo de antes…
Pero tanto Solís como Néstor insisten de una manera desproporcionada:
– Vamos, chico, aprovecha, no seas tonto, ¿dónde vas a encontrar otro cliente así?
– Piensa un poco, cazzo Carlitos, puedes sacar un buen dinero por esa mujer que ni siquiera sabes quién es. ¿Qué te importa ya? Lo tuyo es un sueño de tontos.
– Es verdad, si fueras listo no desaprovecharías una ocasión como ésta -porfía Solís-, porque Bigbagofshit… Big-bag-of-shit -deletreó el vendedor de pisos deleitándose en cada una de las sílabas de su riquísimo cliente- se queda con todo, incluso con los recuerdos de infancia. Pagando, naturalmente.
2 CHLOE TRÍAS Y LOS FANTASMAS
La noche antes de partir hacia casa de los Teldi, Chloe pensó que le vendría bien recoger algo de ropa. Posiblemente no tendría ocasión de ponerse un biquini, pero no era mala idea llevárselo, por las dudas. Marzo es un mes en el que todo el mundo está hambriento de sol, incluso las chicas como Chloe, que pasan de todo, incluso las que se han ido hace dos o tres meses de casa de sus padres dando un portazo y, de pronto, se ven en la necesidad de volver a entrar en su antigua habitación a escondidas para recuperar algo; pero joder, vaya coñazo sería encontrarse ahora con los viejos.
Chloe mira el edificio desde fuera: cinco ventanas iluminadas anuncian una gran actividad en el salón; en el piso de arriba, en cambio, dos oscuros balcones repletos de trastos negros y olvidados delatan que los Trías se han convertido en lo que ellos llaman con un sabio eufemismo «un matrimonio sin hijos». Desde que Chloe se marchó han adaptado toda la casa a esta circunstancia, por eso pueden verse grandes salones llenos de gente en la planta de abajo y ventanas clausuradas en la de arriba; es una forma como otra cualquiera de sobrevivir a las ausencias.
Chloe lo sabe y, además, lo comprende. La grava que hay junto a la puerta principal rechina bajo sus pies, pero afortunadamente ese sonido tan ligado a la infancia ya no la hace revivir sus juegos de niña, allí mismo, con su hermano Eddie. Todo se borra, todo logra exorcizarse siempre que uno tenga la precaución de ir tapando los recuerdos dolorosos con otros intrascendentes y reiterativos. Han pasado muchos años desde que él se fue, por eso Chloe no siente nostalgia al recorrer el camino, ni al escuchar el sonido de la grava; en realidad, sólo hay un lugar en toda la casa que resulta peligroso para la nostalgia, y allí no piensa entrar. Mira hacia arriba. La negrura de las ventanas resulta tranquilizadora.
Las habitaciones de aquellos que han muerto jóvenes son el santuario de su ausencia, pero también el reducto de la cobardía de los vivos. Son pocos los que se atreven a convivir con los recuerdos y asimilarlos al presente. Solamente los más fuertes son capaces de mantener la foto de un hijo muerto en el salón de su casa exponiéndose a las preguntas de los desconocidos y al peso de esa sonrisa infantil siempre idéntica que ignora el transcurso del tiempo. Todos envejecemos mientras que ellos, por comparación, rejuvenecen, haciéndonos sentir culpables por no haber apurado hasta el último segundo su fugaz presencia, por no haber adivinado que alguna vez se irían, dejándolo todo a medias. Dejando inconclusa no sólo su vida y sus ilusiones, sino, lo que es aún más doloroso, sin resolver lo ocurrido el día de su muerte, quizá una tonta discusión por cualquier cosa de la que sólo recordamos unas palabras desabridas que ya nunca encontrarán consuelo: «si yo no le hubiera dicho… si yo no le hubiera hecho…». Sin embargo, nada puede resucitar a los muertos ni completar su destino.
Por eso, muchas personas optan por olvidar a los que se han ido, sin traicionarlos del todo, y así, los borran de su vida cotidiana, aunque manteniéndolos presentes en algún lugar de la casa: un pequeño santuario culpable y a la vez tranquilizador, como lo es la habitación de Eddie Trías en casa de sus padres.
Igual que una herida muy profunda cicatriza, formando un cordón de carne dura e insensible, así cicatrizan las ausencias de los hijos -las de los muertos y también las de los que han desertado-; ellos no están, por tanto no existen. Mientras que de toda la casa han ido desapareciendo poco a poco las fotos, los libros y todas las pertenencias de Eddie y también las de Chloe, en cambio, sus habitaciones se conservan intactas, con las camas hechas y la ropa en los armarios, como si ellos aún fueran niños y estuvieran a punto de regresar del colegio: ausencia y a la vez presencia. Un buen método. Hay que continuar viviendo.
Chloe ha pasado de puntillas por delante de la puerta del salón para no tener que saludar a nadie. Sabe exactamente lo que está sucediendo detrás de la hoja de madera: es el día sagrado de la canasta en casa de los Trías. Habrá dos mesas de juego con tapetes verdes, una a cada lado de la ventana. La más ruidosa presidida por su madre y la otra por su padre -«la pareja ideal, de spot publicitario», como los había descrito Karel Pligh un día-. Y eso es precisamente lo que parecen: la perfecta imitación de un matrimonio de éxito: guapa ella, guapo él, moderadamente infieles los dos, moderadamente infelices y también moderadamente insomnes.
Al subir la escalera a escondidas, Chloe no puede evitar detenerse unos instantes frente a uno de los barrotes de madera, concretamente el quinto, que es más oscuro que los demás. Se trata de un rito de la infancia: cuando era pequeña lograba ver en el veteado de aquel barrote la cara de un gnomo, y era imprescindible descifrar si el duende mostraba una sonrisa o si estaba ceñudo para saber cómo iba a ser el día; hoy ríe, muy bien, eso quiere decir que aprobaré matemáticas; hoy está enfadado, mejor no tentar la suerte… Sin embargo, esta vez Chloe se da cuenta de que ya no sabe leer en las vetas de la madera: ha crecido demasiado, y al pasar, desliza un dedo a lo largo de ese viejo amigo como si fuera un talismán que ha perdido su eficacia, pero que ella acaricia sólo por cábala. Un escalón más, dos, tres y Chloe ha recorrido con éxito toda la escalera sin que la delate ni un crujido de las viejas maderas; llega al descansillo, pasa por delante de la habitación de sus padres sin detenerse, continúa, aún le falta un trecho para llegar a la suya y piensa en la ropa que quiere llevarse a casa de los Teldi: sólo necesita un biquini y un par de camisetas; dentro de unos minutos se habrá hecho con todo y estará fuera de la casa. Es fácil, cada cosa estará en su lugar correspondiente, limpia y planchada, porque su bella mamá de anuncio publicitario no permitiría que fuera de otro modo: «Ésta es la habitación de Chloe, éstos son los ositos de peluche de Chloe, aquélla la bonita ropa de Chloe, todo sigue igual, aquí no pasa nada.»
Antes de acercarse a la puerta de su cuarto, la niña duda. Desde el salón suben las voces de los jugadores de canasta amplificadas por el hueco de la escalera. Se trata de un murmullo uniforme del que a veces se escapa una voz especialmente aguda, pues siempre hay un pájaro más chillón que los otros entre la gallinería.
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