Carmen Posadas - Pequeñas infamias

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Pequeñas infamias es una novela sobre las casualidades de la vida. Sobre las que se descubren con sorpresa, sobre las que no llegan a descubrirse y sin embargo marcan nuestro destino, y sobre las que se descubren pero se mantienen en secreto, porque hay verdades que no deberían saberse nunca. Puede leerse, también, como una sátira de sociedad, como el retrato psicológico de una galería de personajes, o como un apasionante relato de intriga, cuyo misterio no se resuelve hasta las últimas páginas. En la casa de veraneo de un acaudalado coleccionista de arte se reúne un variopinto grupo de personas. Juntas pasan unas cuantas horas y, a pesar de las frases agradables y los comentarios corteses, la relación acabará envenenada por lo que no se dicen. Cada una de ellas esconde un secreto; cada una de ellas esconde una infamia. La realidad adquiere de pronto el carácter de un rompecabezas cuyas piezas se acercan y amenazan con acoplarse. El destino es caprichoso y se divierte creando extrañas coincidencias.

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Es esta expresión vulgar, muy ajena a su vocabulario, la que le hace reaccionar, y entonces se endereza, buscando con la mirada el retrato de su esposa. Como un niño culpable mira en derredor: la foto no está sobre el piano, como hace unos días, tampoco ante la chimenea, su lugar habitual durante tantos años. Nora, vida mía, ¿dónde estás? Y en ese preciso momento suena el teléfono.

Es tan imprevisto el campanilleo, que Serafín da un salto, como si fuera la mismísima Nora la que llama desde el más allá. Se limpia la mano en la chaqueta del pijama, preparándose para contestar, y un pensamiento loco viene a alterarlo: ¿y si fuera él? Valiente estupidez. La última persona que lo llamaría es el pequeño Julián, el muchacho de pelo tan corto y rubio; pero el teléfono suena con insistencia, tendrá que atenderlo, y Serafín alarga una mano.

– Dígame.

Al principio no identifica la voz de Adela Teldi. Se le hace ininteligible lo que ella le dice. Cómo, cómo, qué, qué, porque Adela se dirige a él con la voz rápida y sin modular que utilizan las personas cuando hablan con un amigo de muchos años; un torrente de palabras que Serafín consigue ordenar poco a poco hasta darles forma. Por fin logra entender a qué se refiere: se trata de un plan de escape, ésa es la mejor manera de definirlo. Su amiga quiere que la acompañe durante una pequeña fiesta de profesionales del arte que está organizando para su marido en la casa que tienen en el Sur, «y no aceptaré que me digas que no, tesoro, es justo lo que necesitas; luego, si quieres, te puedes quedar dos o tres días más tomando el sol y pensando en las musarañas; no me gusta nada tu aspecto últimamente, ya va siendo hora de que empieces a olvidar a Norita».

No es precisamente a su esposa a quien Serafín desea olvidar, pero la invitación suena igual de salvadora: el piano, la pizza, las manchas de tomate y su aspecto deplorable, la tentación del teléfono, todo eso podría quedar atrás en un momento.

– Sí, querida, con mucho gusto -dice, y se maravilla al ver que aún le queda un residuo de voluntad para escapar de esta situación.

– El plan es salir mañana mismo. ¿Quieres que pase por tu casa y te ayude a preparar la maleta?

Serafín tiembla: la mera posibilidad de que Adela o cualquier otra persona pueda entrar en aquella pocilga le resulta aterradora.

– De ninguna manera, querida, lo tengo todo organizadísimo, no te lo puedes imaginar -dice, y tras escuchar otra serie de explicaciones de Adela sobre la fiesta, cuelga de prisa, como si temiera que, a través del auricular, pudiera llegarle a su amiga el olor infecto.

Se queda unos instantes con las dos manos cruzadas sobre el teléfono, igual que si el auricular fuera el brazo de un buen amigo. Entonces Serafín piensa que la invitación ha llegado milagrosamente en el momento más oportuno. Salir de ahí… marcharse no importa dónde. Lo único que siente es que el plan incluya a Ernesto Teldi, pues nunca le ha caído demasiado bien el marido de Adela.

En la misma postura que antes, pero aún sin la energía suficiente como para separarse del teléfono o alejarse del piano, Serafín piensa que no sabe el porqué de su encono. Todo el mundo admira a Ernesto Teldi, y sin embargo él recuerda situaciones en las que su comportamiento no le ha parecido del todo correcto. Quizá le tenga envidia -piensa-, todo el mundo envidia a Teldi, y por eso yo no debería ser tan inflexible en mis juicios cuando el Destino me acaba de regalar un cable salvador justo cuando las circunstancias eran más desesperadas.

Que Dios bendiga a Adela, que la bendiga y la preserve, como hasta ahora, de su horrible marido.

El odio o, mejor dicho, el desprecio son neutralizadores potentes de toda pasión. Por un momento, y ante su sorpresa, Serafín se da cuenta de que los escasos minutos que su mente lleva ocupada en pensar en Teldi son los únicos en los que se ha sentido bien. Mira la caja de pizza y piensa: «Tengo que poner orden.» Acaricia el piano, incluso lo abre, y la visión del teclado, por una vez, no se asocia con su visita al club Nuevo Bachelino, ni a la irrupción en su vida de aquel muchachito angelical. Qué extraño, qué poderoso remedio este de los pensamientos mezquinos para apagar el deseo; y como para comprobar su eficacia, Serafín decide ahondar en ellos. Se incorpora sobre su improvisado asiento, deja bascular aún más las piernas y se recrea pensando en el estirado marido de Adela. Y nuevamente, oh, prodigio, logra olvidar su anterior estado de ánimo, hasta tal punto que su mano, muy serena, se posa sobre las teclas del piano sin que el contacto le provoque un escalofrío como tantas otras veces. Ya está. El descenso a los infiernos se ha detenido y, como para demostrarlo, sus dedos se deslizan sobre el teclado, componiendo unos acordes inconexos pero completamente inofensivos que no lo transportan a ningún pasado vergonzoso, sino que, deliciosamente, se dedican a anticipar el futuro. Es posible que los días que va a pasar en casa de los Teldi sean muy aburridos, pero cuan bienvenido es el aburrimiento en algunas ocasiones. Casi sin darse cuenta, sus dedos corren por el teclado con mucha más precisión, improvisando una música convencional y más bien monótona, como se imagina que será la fiesta de Ernesto Teldi. Desde luego lo que no habrá son muchachos, sólo un grupo de pesadísimos especialistas hablando todo el rato de cuadros y obras de arte. Perfecto, perfecto, se dice, aunque (el pianista se detiene), según había creído entender de la apresurada explicación de Adela al teléfono, esta vez posiblemente los invitados fueran más originales que en otras fiestas: «coleccionistas excéntricos», ésa había sido la expresión que usó, antes de añadir que también eran futuros clientes de Teldi. «Futuras víctimas de sus embaucamientos -piensa Serafín-, viejo tramposo de colmillo retorcido», y los dedos sobre las teclas ejecutan ahora unos compases muy acordes con la idea que Serafín tiene de Ernesto Teldi: su piano imita exactamente un trío de trompas; está interpretando a Prokofiev, Pedro y el lobo; son las pisadas del lobo sobre la nieve. La música brota inconscientemente, mientras Serafín piensa en Teldi y sólo en Teldi.

La tregua duró diez minutos, diez largos minutos sin acordarse de aquel muchacho de pelo cortado al cepillo. Y esto era mucho más de lo que había disfrutado desde el día en que se le ocurrió entrar en el Nuevo Bachelino. Al cabo de un rato, la punzada volvió, pero para entonces, Serafín ya había comprobado las virtudes del desprecio como antídoto pasajero pero también eficaz contra una mala pasión. Hay que ver, este método incluso resulta más eficaz que visitar adivinas -se dice-. Madame Longstaffe, la famosa vidente, le había prometido estudiar su caso y ofrecerle ayuda, pero no había vuelto a tener noticias suyas. Vieja farsante -se dice Serafín-, ¿dónde estarás ahora?

4 KAREL YMADAME LONGSTAFFE CANTAN RANCHERAS

En la calle Corderitos, 29, muy cerca de Malasaña, existe un pequeño local llamado Juanita Banana al que acuden los amantes de los ritmos calientes. En horario de tarde-noche, puede verse allí un público neófito, admiradores poco exigentes de la música latina, además de bailarines de merengues y congas que han pasado por alguna academia de las muchas que abundan. En este primer turno, que dura hasta las tres de la madrugada, las banquetas del Juanita Banana están provistas de mullidos almohadones rojos, muy apropiados para los arrullos del amor. Los camareros son muchachas y muchachos latinos de bellos cuerpos, pero con poca experiencia hostelera, y la música que puede oírse es excelente, pero comercial y facilona. Abundan, por ejemplo, las canciones de Juan Luis Guerra, las rancheras de Ana Gabriel, vallenatos a cargo de Carlos Vives y los sones Américo-cubanos de Gloria Estefan, que todo el mundo corea con gran bulla. Al tiempo que bailan o charlan con los amigos, los clientes, muy animados, beben innumerables mojitos de ron Bacardí o tragos de tequila con sal al grito de «dele no-más», lo que, según los asiduos, confiere al local un aire de autenticidad inmejorable del que salen felices y contentos: qué bonita es la música de la América caliente y qué bien nos lo pasamos.

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