Dino Buzzati - Un amor

Здесь есть возможность читать онлайн «Dino Buzzati - Un amor» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Un amor: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Un amor»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Un amor es una novela de gran intensidad literaria, que absorbe al lector desde la primera página. Narra la historia de un enamoramiento, de una experiencia personal inusitada y turbadora. Si bien por su tema, por su enfoque y por su escenario difiere del resto de las novelas de Buzzati, tiene en común con ellas su calidad, un trasfondo de preocupación ética y una poesía en la que reconocemos inequívocamente a su autor. Cuando se publicó por primera vez en 1963, Un amor se convirtió rápidamente en uno de los primeros «best sellers» de la historia de Italia. Esa aceptación por parte del público no ha cesado tantos años después, y hoy sigue siendo considerada como una de las obras maestras de Buzzati. Esta edición ha recibido el Premio de Traducción del Ministerio Italiano de Asuntos Exteriores en el año 2005.

Un amor — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Un amor», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

«Ah, sí, me parecía haber oído algo, pero tenía tanto sueño. Además, la puerta de la alcoba estaba cerrada y he creído que alguien llamaba en el piso contiguo».

«Es imposible que no lo hayas oído».

«Si hubiera oído, habría ido a abrir, ¿no? Te juro que no he oído nada. Tengo la cabeza como un bombo. Ni siquiera sé cómo he oído ahora el teléfono. Tenía tanto dolor de cabeza esta noche, cuando he vuelto, que me he atiborrado con gardenal. Me he tomado tres pastillas de una vez, pero, ¿cómo es que has venido?»

«Y, además, ¿qué es eso de encerrarte con llave? Entonces, ¿para qué sirven las llaves que me has dado?»

«Mira, tesoro, debes tener paciencia. Desde que no está aquí la enfermera, me da miedo estar sola en casa de noche».

¿Eran explicaciones suficientes? No. Y, sin embargo, cualquier palabra de ella era como si un bálsamo milagroso apagara su angustia. La voz tenía un tono tan sincero y auténtico: era imposible que fuesen mentiras. Ni siquiera un demonio habría logrado mentir tan bien.

Y, además, resultaba tan dulce creerlas. Una vileza adorable. Quizás -y sin quizás- un día, Antonio se vería obligado a no creerlas más, a adoptar la terrible decisión, pero de momento aún no, todo estaba formalmente a salvo, todo podía continuar como antes.

XXXI

No, sintió la necesidad de saber. Un amigo le presentó a un tal Imbriani, antiguo teniente de carabineros y ahora detective privado. Imbriani, hombre de unos treinta y cinco años, en apariencia simpático y abierto, acudió a su estudio.

«¿Algo así como un asilo para señoras ancianas?», preguntó al final. «¿Sabe cómo se llama exactamente?»

«Asilo Elena, me han dicho. En Via Sormani, debe ser algo modesto».

«Via Sormani, Via Sormani… no recuerdo…»

«Debe de estar por la parte de Porta Nuova, así me ha dicho al menos».

Imbriani se guardó la libreta.

«Bueno», dijo, «por lo que parece, no debería ser difícil. Mejor dicho, muy sencillo, me parece, si no surgen dificultades. Pero me apresuro a decírselo, yo tengo una gran experiencia de asuntos como éste… ya puedo decirle que con toda probabilidad la investigación será inútil…»

«Inútil, ¿porqué?»

«No encontraremos nada. Será todo, me imagino, exactamente como dice la señorita».

«¿Y cómo lo sabe usted?»

«Querido doctor, en este caso la comprobación resulta demasiado fácil. Si hubiera algo que ocultar, la señorita habría encontrado, me parece a mí, una coartada, podríamos decir, más segura, no cuesta gran cosa -y lo digo contra mis propios intereses- saber si en una clínica está ingresado cierto enfermo y quién va a visitarlo, sobre todo de noche».

«¿Y cuándo cree usted que podrá decirme algo?»

«Mañana o pasado mañana, como máximo -espero-, siempre que no surjan dificultades».

«Dificultades, ¿de qué clase?»

«No puedo imaginarlo, pero siempre es conveniente, al menos en mi oficio, plantearse todos los obstáculos posibles».

El teniente Imbriani se marchó. Antonio se quedó solo. Era tarde. En el estudio había un silencio desagradable. El teniente Imbriani tenía razón: parecía imposible que Laide, para ocultar encuentros nocturnos, hubiera inventado una historia tan ingenua. Y, sin embargo, Antonio la conocía. Sabía cuánto confiaba aquella chiquilla en la ingenuidad de él. En el momento en que el teniente Imbriani hubo salido del despacho, Antonio comprendió que había abierto por fin la puerta prohibida. Aún no sabía qué había exactamente detrás de ella, pero estaba seguro de que saldrían nuevas angustias y humillaciones, saldría la última mentira, se la encontraría de frente, no podría, ni aun queriendo, mirar a otro lado fingiendo no haber visto y sonaría la hora que desde hacía meses y meses él temía como condena irremediable.

Fiel a su promesa, al cabo de cinco minutos Laide le telefonearía para tranquilizarlo con informaciones precisas, como una mujercita atenta e inocente, y, sin embargo, él sentía ya que Laide se estaba alejando de él: esa criaturita lozana, insolente, impertinente, auténtica, estaba ya transformándose en un recuerdo inverosímil, como en un cuento, de personaje inventado. Por un instante había salido de su mundo popular, disipado y misterioso, él se había hecho la ilusión de poder introducirla en su propia vida, burguesa, honrada y respetable, la que él, en el fondo, despreciaba, pero que le pertenecía por la fuerza de la sangre. No, el amor no había bastado. El dinero, el respeto, la devoción, las atenciones, no habían bastado. Poco a poco ella iba apartándose de él, salía de su casa y de su vida, ahí iba con su impávido paso, se encaminaba hacia el enigmático corazón de su ciudad que nadie veía por lo general, entre escenarios desolados y angustiosos a través de patios de paredes desconchadas, ahumadas y goteantes de lluvia, entre los reverberos del lujo, en los antros de los viejos edificios, por los interminables corredores de linóleo, en los ángulos de las catacumbas del vicio, entre chirridos de neumáticos, estruendo de tornos, gritos, llantos y carcajadas, idas y venidas de hombres incansables y cansados, besos apresurados, sombras de aventureros a contraluz, batas verdes de cirujanos, asechanzas telefónicas, un revoltijo disparatado de deseos, esfuerzos e ilusiones que ardía confuso en la multitud, que llegaba, volvía a marcharse, se mezclaba, se empujaba, se deshacía y desaparecía, mientras otra multitud idéntica se lanzaba y se sumía en el remolino.

Más allá de los edificios que circundaban su estudio, sentía que aquel Milán secreto, ajeno a las crónicas y las guías, se encontraba dentro de sí y sus calles, sus casas y sus híspidos tejados vividos demasiado rápidamente se encerraban lentamente entre golfos de obscuridad y reflejos lívidos de delito, se alejaban de él, Antonio, y se llevaban a su Laide para siempre.

Perduraba aquella sensación de haber entrado en un sueño equivocado y no apropiado para él y una fuerza superior con mucho a su voluntad y a sus convicciones lo arrastraba como si fuese un pobre desgraciado cualquiera y no un hombre de cincuenta años, con su respetada posición en el mundo. Como el altivo príncipe que por orden del rey se ve de improviso desnudado, frustrado en público y encadenado a un remo de galera y el rey no explica -y él no sabe- el porqué, si bien comprende confusamente que debe de existir un motivo justo.

XXXII

Buscó en la guía la Via Sormani. "Corso Garibaldi, tercera a la derecha", leyó, "por el callejón del Fossetto". ¡Qué extraño! Precisamente aquel por el que dos años antes había visto desaparecer a aquella tía impresionante de estilo español y que después creyó que era Laide, si bien ésta le había asegurado que nunca había estado allí.

Eran las once y cuarto y aquella noche Laide le había dicho que hacia las diez iba a ir a ver a su tía. Sentía la necesidad de saber, de ver. Tal vez hubiera bebido demasiado, no le espantaba lo que unas horas antes lo habría desalentado: la idea de presentarse en persona en el asilo y preguntar por ella, el riesgo de encontrarse en una situación exageradamente embarazosa o poner furiosa a Laide. Sabía que era el tipo de cosas precisamente que más la herían, ese deseo de meter las narices en sus asuntos privados, de indagar, esa demostración de desconfianza absoluta.

Con toda la rabia acumulada en tantos meses de inquietudes y esperas, decidió ir, sí, debía de estar borracho, hasta la calle en la que vivía le pareció en cierto modo deformada, con casas que en tantos años no había visto nunca, incluso el coche se movía con una curiosa soltura, parecía que se anticipara, en los frenazos y las curvas, a sus deseos.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Un amor»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Un amor» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Un amor»

Обсуждение, отзывы о книге «Un amor» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x