Dino Buzzati - Un amor

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Un amor es una novela de gran intensidad literaria, que absorbe al lector desde la primera página. Narra la historia de un enamoramiento, de una experiencia personal inusitada y turbadora. Si bien por su tema, por su enfoque y por su escenario difiere del resto de las novelas de Buzzati, tiene en común con ellas su calidad, un trasfondo de preocupación ética y una poesía en la que reconocemos inequívocamente a su autor. Cuando se publicó por primera vez en 1963, Un amor se convirtió rápidamente en uno de los primeros «best sellers» de la historia de Italia. Esa aceptación por parte del público no ha cesado tantos años después, y hoy sigue siendo considerada como una de las obras maestras de Buzzati. Esta edición ha recibido el Premio de Traducción del Ministerio Italiano de Asuntos Exteriores en el año 2005.

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Lo cogió de una manga y lo invitó a salir.

«Pero yo…»

«Venga, le digo… ¿No quiere ver a Laide? ¿Dedicada a obras de caridad? Venga entonces… Pero procure no hacer ruido con los pies».

Entonces Antonio se dio cuenta de que la muchacha iba descalza.

Desde la antesala la muchacha lo introdujo en un pasillo estrecho y obscuro, abrió una puerta, entraron en un cuarto también obscuro, pero a la izquierda, por una puerta con cristales esmerilados y cubiertos con un visillo de flores, se filtraba la luz de un cuarto contiguo.

«Venga aquí… y permanezca quieto… ¿La oye?»

En el cuarto contiguo, se oía una voz de hombre y después una de mujer, con acento milanés, con una erre característica.

No, no, ¿por qué este suplicio? Antonio hizo ademán de retirarse, pero la muchacha lo retuvo.

«Ahí tiene a Laide… ¿no es interesante?… ¡Pobre tía enferma!», le susurró.

Entonces él escuchó. A través de la puerta acristalada se oían las voces con la mayor claridad, como si los dos estuvieran allí presentes.

Él:

«No están nada mal, te felicito: pequeñas, pero graciosas… déjame sentirlas».

«Anda… mejor desnúdate».

«Pero primero un besito».

Silencio.

Después el hombre:

«Mira una cosa, guapa… ¿Tú cómo vives?»

«¿Qué quieres decir?»

«Digo que si tú vives exclusivamente de estos… caprichitos».

«Yo… yo tengo un amigo».

«¿Ah? ¿Y afloja?»

«Pues no puedo quejarme…»

«¿Viejo?»

«Viejo, no, aunque, desde luego, no es un niño precisamente».

«¿Y tú le quieres?»

«¡Qué cosas dices!»

«¿Y te deja libre?»

«¡Huy, por favor! No lo hay más celoso».

«Y entonces, ¿cómo te las arreglas? Para venir aquí, por ejemplo, ¿cómo haces?»

«Muy sencillo. Le digo que tengo una tía enferma y por la noche debo ir a asistirla».

«¡Una tía enferma! ¿Magnífico! ¿Y él se lo ha tragado?»

«Ah, él se lo traga todo».

«Entonces, aclárame una curiosidad».

«¿Cuál? Si te desnudaras, entretanto…»

«Si te da bastante dinero, ¿cómo es que vienes aquí?»

«Como decía mi abuelo, dinero nunca hay bastante». Una carcajada. «Pero, ¿has acabado de desnudarte?… Date prisa, por favor, que tengo frío».

Antonio oyó que la muchacha le susurraba:

«Ahora, ¿quieres verlo?»

Él dijo que no con la cabeza.

«Anda, que vale la pena… Mira, ahí arriba hay un precioso agujerito en la madera de la puerta… espera que te traigo un taburete».

La voz del hombre:

«Oye, guapa, ¿quién hay ahí, en el cuarto contiguo?»

«No hay nadie. ¿No ves que está todo apagado? Anda, venga, que la señora me ha metido prisa».

«¿Por qué? Después de mí… ¿Hay otra tiíta a la que cuidar?»

«No, no, así, que me dejas sin respiración… La Virgen, ¡cómo pesas!…»

«Deja ya… ¿no tendrás miedo de quedar estropeada?»

Antonio se alzó con prudencia sobre el taburete, ayudado por la muchacha desconocida. En efecto, ahí había un agujero por el que se podía ver.

Ahí tenía la horrenda escena, tantas veces imaginada, como el infierno, la destrucción de su vida misma: el cuerpo blanco y musculoso de un joven arrodillado en la cama y a horcajadas sobre ella, que estaba boca arriba, pero no se le veía le cara. Él sólo veía las piernas desnudas y abiertas. ¿Estarían besándose?

De improviso él se levantó, como si ella lo rechazara, y entonces ella se irguió y se quedó sentada, apoyándose en las almohadas. Ahí estaba la cara.

Pero no era ella. Era la cara de Flora, la cara de su secretaria del estudio, la cara, toda pintada, de la vieja que le había abierto la puerta poco antes, pero no era ella. Era una mujer horrenda. Era una cara ancha e hinchada, de mastín. Tras entreabrir los labios, miró fijamente el ojo de Antonio a través del minúsculo orificio de la puerta y se rió y se rió, se abrió de par en par con una carcajada salvaje.

Antonio se despertó sobresaltado, sorprendido de haberse quedado dormido en el sillón de su alcoba. ¡Dios, qué sueño!

Entonces, ¿no era cierto? Entonces, ¿la realidad era completamente distinta?

Pero la infame sombra de la pesadilla estaba dentro de él, llenaba el cuarto, se estancaba sobre el mundo.

XXXIII

Después todo cayó en un precipicio y sin golpes, así como la desventura por mucho tiempo temida se presenta de improviso al hombre en forma descarnada, con formalidades triviales y el entendimiento no acaba de concebirla.

Por la mañana el teniente Imbriani le telefoneó al despacho. Estaba casi mortificado por las previsiones que la realidad desmentía.

Existía el asilo, existía la tía enferma, pero el enfermero jefe excluía de la forma más precisa las velas nocturnas por parte de los parientes. Por la noche los parientes estaban excluidos. Una muchacha que respondía a las señas indicadas había acudido de visita un par de veces con una señora, por la tarde, en las horas permitidas. Nada más.

«¿Debo proseguir las investigaciones?»

«No, gracias. Con eso tengo bastante».

No sintió dentro de sí la punzada. Al contrario, una tensión exaltada lo sostenía. La sensación casi increíble de libertad que infunde el amor y en particular el amor desdichado es tan intensa, que en el primer momento permite afrontar la desgracia como con furia. Es como una liberación, algo semejante. Antonio recordó que así sucedía en la guerra, cuando el desencadenarse del fuego rompía la exasperante espera y el miedo se transformaba en una energía tensa y fría.

Laide le telefoneó a las once. Según dijo, había pasado la noche con su tía y estaba muy cansada, iba a intentar descansar un par de horas. Para almorzar tenía que ir a casa de su hermana.

«Entonces, ¿tampoco hoy nos vemos?»

«No sé. Podrías venir a recogerme en Via Squarcia».

«¿A qué hora?»

«¿A las dos y media?»

«Pero te ruego que no me hagas esperar como de costumbre».

Aquella maldita Via Squarcia, aquellas tormentosas subidas y bajadas en la acera opuesta las recordaría mientras viviera, pero no le dijo nada. Antonio no veía la hora de verla, de arrojarle a la cara lo que sabía, de verla desenmascarada, por fin. La odiaba, le habría gustado verla muerta, con gusto la habría estrangulado: los dos pulgares hundidos en su blanco cuello liso, la boca abierta de par en par con su boquita, con todos sus bonitos dientes.

Pero, al cabo de una hora, Laide le telefoneó de nuevo. Por desgracia, a las dos y media no podían verse. Debía correr de nuevo al hospital: su tía había empeorado. Antonio debía tener paciencia: peor, en el fondo, lo pasaba ella, Laide, que había de llevar aquella vida día y noche».

«Bueno, pero me parece que estás exagerando».

«¿Cómo que exagerando? Me gustaría verte a ti solo en el hospital como un perro».

«No, digo que exageras conmigo. Ya me parece…»

«Oh, Antonio, no me digas eso. Precisamente cuando estoy muerta de cansancio y un dolor de cabeza me tiene deshecha, si también tú te pones a darme disgustos…»

«En una palabra, ya veo que tampoco vamos a vernos hoy».

«No, mira, sé bueno y hazme un favor. ¿No podrías ir a mi casa hacia las tres y media? Picchi no ha comido desde ayer. En la nevera encontrarás un paquetito con carne picada. Espérame allí. A las cuatro voy o te telefoneo».

«¡Qué vas a venir!»

«A poco que pueda, te prometo que voy… ¡Como si de mí dependiese!»

A las tres y media en casa de Laide. El perrito estaba comiendo. Era uno de los primeros días suaves, no se podía decir que fuese la primavera, porque en Milán ésta no existe y, aunque hubiese sido la más radiante, para Antonio no habría existido, pero el invierno ya se había acabado.

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