Dino Buzzati - Un amor

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Un amor es una novela de gran intensidad literaria, que absorbe al lector desde la primera página. Narra la historia de un enamoramiento, de una experiencia personal inusitada y turbadora. Si bien por su tema, por su enfoque y por su escenario difiere del resto de las novelas de Buzzati, tiene en común con ellas su calidad, un trasfondo de preocupación ética y una poesía en la que reconocemos inequívocamente a su autor. Cuando se publicó por primera vez en 1963, Un amor se convirtió rápidamente en uno de los primeros «best sellers» de la historia de Italia. Esa aceptación por parte del público no ha cesado tantos años después, y hoy sigue siendo considerada como una de las obras maestras de Buzzati. Esta edición ha recibido el Premio de Traducción del Ministerio Italiano de Asuntos Exteriores en el año 2005.

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Dejó el coche en la plaza San Simpliciano y se dirigió a pie, había poca gente y se dio cuenta de que caminaba con una prisa absurda. Aminoró el paso, encendió un cigarrillo, ahí estaba en la esquina. El negro callejón antiguo se adentraba entre casas antiguas con amplias brechas de ladrillos que aparecían en los desconchados del enlucido. Allí donde el callejón se ensanchaba había un farol en una minúscula placita. Un hombre estaba absorto cerrando el candado de un cierre metálico. Otro estaba parado y fumaba, apoyado en la esquina de una casa.

De alguna parte bajó una mujer vestida de obscuro con un capazo y él fue a su encuentro:

«Disculpe, señora, ¿sabe por casualidad dónde está el asilo Elena?»

La mujer se detuvo a mirarlo y movió la cabeza.

«¿La pensión Elena? A mí no me lo pregunte, ¿eh? A mí no me lo pregunte».

Y se marchó como irritada.

¿Qué significaban las palabras de aquella mujer? ¿Qué significaba su reacción? Antonio miró en derredor; por fortuna, el alcohol lo mantenía en aquella convulsa excitación. Debía de ser aquélla de allí a la derecha, Via Sormani y tenía una placa, pero en la penumbra no se podía leer.

«Disculpe», preguntó al hombre parado que fumaba, «¿sabe usted dónde está la Via Sormani?»

El hombre era un joven: qué curioso que poco antes le hubiera parecido un hombre de unos cincuenta, cincuenta y cinco años y, sin embargo, era un joven de cara irónica y afable.

«¿Busca a alguien?», fue la respuesta, como si aquél fuera un feudo suyo y él tuviese derecho a enterarse.

«Via Sormani», repitió Antonio. «El asilo Elena».

«¡Ah, el asilo Elena!», sonrió y expulsó una bocanada de humo. «¡La pensión Elena!»

«¿Es aquí?», dijo Antonio, un poco desorientado.

«Por aquí, por aquí», dijo el joven indicando con el pulgar la callejuela, «una casa amarilla, no tiene pérdida: hay una lámpara en la entrada».

«Muchas gracias».

«No hay de qué», y volvió a sonreír.

La callejuela estaba mal iluminada, un gato, un sonido lejano de piano, pero, ¿era piano o era la radio? A la derecha un portal daba paso a un patio obscuro, Antonio se volvió: el joven seguía parado en la esquina y estaba mirándolo.

Con el reverbero de los escasos y mortecinos faroles, avanzó unos cincuenta metros, pero no vio la casa amarilla con una lámpara en la entrada, entonces Antonio notó que delante de un portal había una prostituta que esperaba fumando, tenía pelo corvino y cardado y lo miraba con una sonrisa dulzona y entonces Antonio le preguntó:

«Disculpe, señorita, ¿sabría decirme por casualidad dónde está el asilo Elena?»

Al abrirse los labios rojos, brilló un diente de oro.

«¿A mí me lo preguntas, apuesto señor, a mí?», y lanzó una carcajada llameante. «Pues ahí, querido, donde está esa casa amarilla».

Hizo una seña, Antonio se volvió, porque la mujer indicó la calle de donde venía él; en aquel momento sí que la veía un poco más allá: la casa amarilla tenía una puertecita de entrada y encima exactamente un farolito de hierro forjado con los cristales rojos esmerilados. Resultaba curioso, incomprensible incluso, que hubiera pasado por delante de ella sin verla.

«Gracias», dijo Antonio y se acercó a la casa amarilla. La puerta estaba cerrada.

Antonio miró hacia arriba. Era una casa de dos pisos, bastante presentable, pero vieja, todas las persianas estaban cerradas, pero por un par de ellas se filtraba la luz. "¡Qué asilo más extraño!", pensó. "Ni siquiera hay un rótulo". Después decidió llamar al timbre.

Al otro lado de la puerta, saltó un pestillo, se oyeron unos pasos, rápidos, como de sandalias con tacones. Se abrió la puerta. Era una mujer de unos treinta años, con ojos y labios cargados de maquillaje y una boca intensamente vulgar, muy ancha y fina.

«¿Qué desea?», preguntó con una sonrisa simplona.

No tenía treinta años, era una vieja, tendría sesenta como mínimo.

«¿Es aquí el asilo Elena?»

«Exactamente. ¿Qué desea?»

«Buscaba… buscaba a la señorita Laide Anfossi».

«Ah, Laide», dijo la vieja y asintió repetidamente con la cabeza como si estuviera al corriente de todo. «Entonces diríjase arriba, al primer piso. Llame al timbre y encontrará a su Laide».

Una rampa de escaleras con una mugrienta alfombra roja, una triple puerta con cristales esmerilados, un rótulo de bronce: «Elena Pistoni». Sintió la tentación de huir, pero el dedo ya había pulsado el timbre.

Se encendió la luz, unos pasos, una sombra, quien abrió era una señora delgada, vestida de negro, bastante distinguida.

«¿Deseaba?», preguntó: se veía que recelaba.

«¿Es aquí el asilo Elena?»

La señora se rió:

«Bueno, llamémoslo así. A usted, disculpe… ¿quién lo envía?»

«Perdóneme», dijo Antonio, «buscaba a la señorita Anfossi, Laide Anfossi… me ha dicho que esta noche iba a venir para asistir a su tía enferma…»

«Oh», y un estupor satisfecho iluminó la simpática cara, «¿se trata de eso? Bien, bien, tome asiento… Pero Laide, perdón, la señorita Anfossi, creo que está ocupada un momento».

«¿Podría llamarla?»

«Oh, sí, sí, desde luego, pero debería tener paciencia un momento. Tome asiento, por favor».

Le hizo entrar en un saloncito con muebles modernos y de un gusto espantoso, una alfombrilla falsa, la televisión, un servicio de té de porcelana plateada y en las paredes tres toscas copias de Millet.

«Siéntese, siéntese… Tendrá que disculparme… si quiere fumar, ahí, en la caja… Cinco minutos, no más… En cuanto Laide esté lista, se la mando».

"¿Qué significará 'lista'?", se preguntó Antonio, que ahora calibraba la imprudencia de haber acudido.

«¿Está ahí con su tía?», preguntó, con la poca esperanza que le quedaba.

La señora lo miró por un instante, incrédula. Después respondió:

«Claro», y dijo que sí con la cabeza a cada palabra, como si repitiera una fórmula. «Naturalmente. ¡La tía no se encuentra demasiado bien esta noche!» Se fue soltando una risita.

Antonio se quedó solo, se sentó en un sillón de estilo modernista con ribetes dorados, estaba solo: al salir, la señora había dejado un perfume nauseabundo de almizcle y había echado una cortina; al otro lado, en el silencio se oía de vez en cuando, entre voces quedas, una carcajada.

En el breve espacio que mediaba entre la jamba y la cortina, se perfiló, tácita, una figura: alguien que miraba en el saloncito.

Antonio sintió un malestar, un deseo desesperado de huir y se puso de pie. Descorrieron lentamente la cortina y apareció una muchacha morena, desgreñada y en bata, con una cara bellísima, pero cansada y apática.

«Usted, señor», dijo, con sorprendente lentitud.

«¿Espera a Laide?»

«Sí».

«Y usted… ¿quién es?»

«Yo… yo soy un amigo».

La muchacha lo observó, en silencio y después, en voz baja, dijo:

«Si yo fuera usted…», y con la mano derecha hizo un gesto como para invitarlo a marcharse.

«¿Por qué? ¿Se encuentra mal esta noche su tía?»

«¿Cómo?»

«Me refiero a la tía de Laide. Está aquí ingresada, ¿verdad?»

«Sí, claro», dijo la muchacha con expresión idéntica a la de la señora poco antes, «la tía… la tía».

De nuevo se calló, de nuevo lo miró como si quisiera descifrar algo. Por fin:

«La tía… la tía… si supiera lo mal que se encuentra la tía esta noche…»

«Se encuentra mal, dice usted…»

«La tiíta… por fortuna, está Laide para asistirla… pobre tía… Venga, venga… vamos, venga, que se la voy a enseñar… nadie va a darse cuenta de nada».

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