Federico Moccia - El Paseo

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Tras la muerte de su padre, Federico Moccia relata un último paseo con éste a orillas del mar para tener una última conversación.
A orillas del mar es un conmovedor mini-relato sobre un gran sueño, el de poder pasar un día entero con una persona que ya no está y a la que echamos terriblemente de menos. Federico Moccia se reencuentra en este libro con su padre para un último paseo junto al mar.

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Pero luego sonreía. Como si todo aquel cine fuera algo que permanece, sí, pero que no lo es todo. Es parte de la vida, es pasión, es diversión. Pero nosotros, nosotros éramos su mejor película. Y ahora está de nuevo delante de mí. Me precede veloz, y no suda y no se cansa. Siempre ágil, como en los mil paseos que le encantaba dar, y en los que era siempre el portador divertido de una nueva idea, una observación, algo que lo había impresionado y que tenía ganas de hacerte vivir a ti también. Curiosos, también nos divertíamos entonces.

Cuatro escalones y hemos llegado al quiosco.

– ¡Venga, vamos, muévete!

Ahí está. Me espera en lo alto de la escalera. Tiene el cabello oscuro y una sonrisa confiada. Y yo subo, agarrándome al pasamanos azul.

– ¡Pero, papá…, hemos caminado un montón!

– Caminar hace bien…

– Pero yo estoy cansado… Esta mañana he jugado también al tenis en Villa Borghese. ¡Y a las nueve!

Lo digo bien fuerte para subrayar el hecho de que en vacaciones uno no se levanta nunca temprano. Pero él sonríe y parece no hacer caso, tal vez no quiera enterarse.

– ¿Has jugado bien?

– He hecho unas voleas increíbles…

– ¿Y qué son voleas?

Y yo doy mi interpretación, y él la suya. Y no estamos de acuerdo. Y, divertidos, comenzamos a discutir sobre una definición que, en realidad, no sabemos bien ninguno de los dos. Y, al final, él ve a un tipo absurdo sentado en el suelo, con barba larga, las piernas cruzadas y una cerveza abierta y a medio terminar a sus pies y una raída chaqueta vaquera, desteñida como esos cabellos rizados entre los cuales aparece algún mechón blanco. Y mi padre decide abordarlo para dirimir nuestro absurdo certamen léxico.

– Perdone, ¿qué es una volea?

El tipo nos mira con curiosidad. Y yo pienso: «Pero ¿cómo se le ocurre preguntárselo a éste? Si no habrá jugado al tenis en su vida, no debe de tener dinero más que para malvivir.» Y muchos otros pensamientos que ahora no recuerdo bien. Pero, del hombre, en cambio, sí que no me olvido. Lo piensa tan sólo unos segundos. Luego abre el rostro sereno en una amplia sonrisa:

– La volea es un golpe de tenis, puede ser de derecha o de revés. Tiende a cerrarse con un simple movimiento seco, un golpe de difícil ejecución…

– Gracias.

Y nos alejamos en silencio. El sonríe: «¿Ves? ¡Se aproxima más a mi explicación!»

Pero esto en sí no es que tuviera gran importancia. Lo que no olvido de aquel día es que, en lo que hacía, no cabía nunca la posibilidad de percibir una enseñanza molesta. Lo hacía y ya está. Luego eras tú quien decidía cómo interpretarlo. Gomo en aquel caso: «Cualquiera puede saber más que tú.» O bien: «No juzgues a quien no conoces.» O: «El hombre siempre puede sorprenderte, para bien o para mal.» O también: «Ser pobre no significa renunciar a la propia dignidad.» «Una persona pobre puede lo mismo saber más que tú.» O simplemente: «¿Has visto? Yo tenía razón.»

En cualquier caso, de un modo u otro, siempre te enseñaba algo sin hacer que te pesara. Y te asombraba.

Hoy no hay nadie en el quiosco. Así que tomamos algo y nos quedamos un rato en silencio contemplando el mar. A lo lejos, unos barcos de vela han abierto algún que otro spinnaker. Grandes retazos de color que brotan de aquellas barcas y danzan al viento antes de que los sujeten y los dispongan para todo lo que deberán hacer en realidad.

Decidimos regresar y le llevamos al bañero un café.

– Ha sido tan amable con nosotros que me apetece…

Lo lleva él. Lo sostiene con mano firme y ha colocado encima una tapa para que el viento no lo enfríe. En la otra lleva un poco de azúcar y un palito para removerlo.

De todos modos, es cierto. Ese bañero siempre ha sido amable. Nos hacía reír y realizaba bien su trabajo, y nos trataba a todos como a sus nietos, con la severidad justa pero también con ganas de jugar. Y, mientras volvemos, echo a correr, más joven aún. Huyo entre las barcas, seguido de Walter el bañero y de sus reproches por haber arrojado demasiadas medusas a la orilla y haber jugado con ellas con un palo, haciéndolas pedazos. Al cabo de unos metros, sin embargo, he crecido de repente. Tengo el pelo más largo y transporto unas cuantas cervezas y cafés calientes y algún aperitivo y algún Campari en una gran bandeja. Era el joven camarero del grupo de amigos de mi padre. Ir al quiosco para llevarles el café de la sobremesa me daba derecho a un cremino o un piper, o a un helado de cola si no los habían terminado ya, o incluso a un arcobaleno, si tenía suerte de verdad. Y, así, iba de muy buena gana y no eran pocos los hijos de amigos que intentaban soplarme el privilegio.

De cuando en cuando, hacía que me acompañaran, y volvíamos como si hubiéramos hecho la compra. Estaban todos allí: abogados, notarios, contables, médicos…, tendidos en aquellas tumbonas con sus mujeres, sonriendo y charlando y contando chistes y hablando de los nuevos fichajes de su amado equipo de fútbol, y gastándose también bromas entre sí. Se lanzaban cubos de agua de mar, y el culpable salía en seguida corriendo, justificando la razón de ese gesto, casi siempre por haber perdido a las cartas la noche anterior, o por cualquier otra cosa que sólo ellos sabían.

Y estaba también aquella bellísima mujer. De otro grupo de amigos, de la misma edad, simpáticos también ellos. Alta, morena, con la cintura estrecha y el cabello rizado que le caía sobre los hombros, y una sonrisa preciosa, y unos pechos grandes, y aquellos ojos oscuros y profundos. Llevaba siempre bañadores de vivos colores y me gustaba muchísimo. No tanto como mi madre, claro. Pero era hermosa de una manera distinta. No sé por qué siempre me gustaba salirle al encuentro y saludarla. Ahora no me acuerdo bien, pero me parece que daba una vuelta a propósito para pasar justo por donde ella tenía su tumbona. Y ella siempre me sonreía, pero nunca conseguí decirle nada más. Además, tampoco sé qué podría haberle dicho…

– ¿En qué estás pensando?

– Oh, en nada…

Sonrío, ligeramente azorado. El sonríe a su vez. Qué tonto, tal vez lo sepa. Entregamos el café y seguimos andando. Bajamos, bajamos más aún, en dirección a los muelles. Primero. Segundo. Tercer muelle. Allí fue donde pesqué mi primer pulpo con una redecilla. Lo cogí a las ocho de la tarde y mi abuelo lo golpeó contra esas mismas rocas y lo preparó de inmediato para cenar. Hablamos de ello, y también él se acuerda. Teníamos alquilado el chalet de unos amigos, justo frente a ese muelle. De noche, cuando había un poco de luna, siempre daba un paseo entre las rocas. Y mis padres me dejaban ir, porque, aunque era pequeño, podían controlarme desde casa. Y yo me asomaba sin dejarme ver demasiado y observaba, abajo, los peces más diversos y su lento navegar nocturno, y todos aquellos reflejos de la luna que, de vez en cuando, hacían centellear sus vientres de plata. Mira. Está anocheciendo.

– ¿Algo va mal?

Ahora me observa serio, con una sonrisa disgustada pero sereno. Y yo permanezco en silencio por unos instantes. Después, decido abrirme, hablarle.

– Me siento traicionado por la vida. No debería transcurrir así. No sin darme el tiempo que necesito…, para ti, para mí, para poder seguir hablándote…

El sonríe y me apoya una mano en el hombro.

– ¿Qué más querías decirme? No siempre es preciso hablar para decir algo. Y tú me has dicho muchas cosas…

– Sí, lo sé. Pero me gustaría no tener dudas.

El cierra ahora los ojos como diciendo «tienes razón», y me deja hablar. Y logro por fin decírselo todo, es decir, mucho, y muchísimo más. Todo lo que siempre había querido decirle y, no sé por qué, nunca le había dicho. Y lo hago con vehemencia, con pasión, mezclando un poco de todo, intentando no dejarme nada. Es exactamente como cuando has pasado una velada estupenda en compañía de un amigo, has hablado de muchas cosas, y quizá ha habido una en relación con la que ambos os habéis bloqueado, un nombre que no os venía a la cabeza a ninguno de los dos, y que, sin embargo, habéis sabido siempre. Pero ya no tienes tiempo, debes volver a casa. Y, justo cuando estás regresando, lo recuerdas de golpe. Y entonces querrías llamar en seguida a ese amigo y decirle: «Eh, ¿sabes que me he acordado?», y dices el nombre de aquella canción o de aquel actor o de aquella película o de aquel libro que tanto te gustaría que él leyese…

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