Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Antes de entrar en materia, quisiera invocar la ayuda de don Miguel, por quien siempre me he guiado en asuntos de metodología. Con esto quiero decir que no es mi propósito dar cuenta cabal y sistemática de la historia del singular edificio objeto de mi perorata. Lo que he hecho ha sido tomar unos cuantos apuntes a mi manera, que no tiene nada de teutónica y sí mucho de unamuniana, adjetivo al que apelo para invocar el derecho a pasarme por salva sea la parte cierto tipo de formalidades que, disfrazadas de científico rigor, no hacen sino retrasar el objetivo de alcanzar la verdad, que nunca está donde se busca. No tengo la menor intención de respetar ningún hilo narrativo y menos cronológico, y cuando así ocurriere, téngase por coincidencia. Además pienso omitir los datos que me dé la gana. Y dicho esto empiezo, que ya es hora.

El edificio de apartamentos que hoy conocemos como Hotel Chelsea se erigió el año de gracia de 1884, época de apogeo de los Barones Mangantes, gente de la jaez de los Carnegie, los Morgan, los Astor o los Vanderbilt, entre otros sinvergüenzas. Tiempos de boato y corrupción, que cristalizarían en episodios de gran dramatismo, como cuando la amante del magnate Jimmy Fisk le saltó a éste la tapa de los sesos en la alcoba de la suite que compartían.

El estilo de nuestro edificio se podría definir como gótico-victoriano, una mezcla de Queen Anne y clásico libre. Los apartamentos eran (que ya no) enormes, los techos muy altos y las paredes estaban insonorizadas y eran resistentes al fuego. La escalera interior, de hierro forjado al igual que las rejas de los balcones, iba del vestíbulo a la azotea, y tenía el pasamanos de finísima caoba. La azotea, de losetas de ladrillo rojo, era una enorme explanada irregular, salpicada de escalinatas, claraboyas, chimeneas, estudios, observatorios, gabinetes, arriates, parterres, jardines y aunque parezca difícil, arboledas.

Antes de seguir apabullándoles con datos, quiero hacer constar que en gran parte se los debo a mi ayudante de investigación, aquí presente. Levántate, Murphy, no seas tímido, saluda, que te vean todos. Un aplauso para Murphy Burrell. Gracias, gracias, deja de inclinar el tronco como si fueras epiléptico, Murphy, ya puedes sentarte, es suficiente.

Hablábamos de estilo. En los inicios de la historia del futuro Hotel Chelsea, a la elegancia de los muebles y accesorios se añadía la nobleza de los materiales: suelos de mármol; molduras, puertas y armarios de caoba; sillones de terciopelo. Los gigantescos marcos de los espejos eran una de las marcas de identidad del lugar. Las habitaciones tenían vidrieras emplomadas. En tiempos hubo tres grandes comedores, uno de los cuales acabó siendo propiedad de unos americaniards , quienes le dieron el nombre de El Quijote, que sigue conservando hasta hoy.

Su fama atrajo a toda suerte de temperamentos artísticos, preferentemente desequilibrados. Pasaré revista a unos cuantos, empezando por Sarah Bernhardt. La actriz viajaba a todas partes con sábanas de seda, y se procuraba abrigo con un edredón de plumas hecho a medida del féretro acolchado en el que acostumbraba a dormir. Si el detalle les parece singular, se equivocan, es plural. La Bernhardt no fue ni la primera ni la última inquilina del Chelsea a quien le dio por dormir en un ataúd. Murphy ha comprobado fehacientemente la existencia de al menos otros dos casos. Gestos así dan buena cuenta del espíritu y estilo de las gentes que a lo largo de los años, eligieron pasar parte de su vida en el Chelsea, incluido el bueno de Mr. T.

En cuanto al gremio de los escritores, al que pertenezco, el primer nombre de alcurnia asociado a la historia de nuestro edificio es el de William Dean Howells, que ocupó una suite de cuatro habitaciones en 1888. Ese mismo año asentó allí sus reales el ilustre autor del Quijote yanqui, en cuyas narraciones las ciénagas del sur suplen a La Mancha y el ancho Misisipi es caudalosa reencarnación del huidizo Guadiana. Me refiero, como incluso los menos avispados habrán colegido, a Samuel Clemens, más conocido como Mark Twain. Sobrio o ebrio, que en eso no vamos a entrar, no era infrecuente ver al autor de Las aventuras de Huckleberry Finn haciendo eses por el bar.

Entre 1907 y 1910, cuando el Chelsea ya era hotel, vivió en uno de sus aposentos nada menos que O. Henry. Ah, magnífica redondez del primer nombre, elidido y despojado de todo oropel consonántico, reducido a la vocálica perfección de un círculo al que acompaña con humildad de escudero una mancha de tinta imperceptible, huella sin dimensiones, el más exiguo de los signos diacríticos: el punto de la i, caído por tierra como una pelota de petanca. Y aquí, mis queridos contertulios, estudiantes y amigos, si se me permite introducir una nota personal, diré que tuve el honor de toparme vis à vis con el gran O. Henry. Sí, como lo oyen. Fue en McSorley's, la cervecería del East Village. Él llevaba cuatro jarras de cerveza, dos en cada mano y yo tan solo un par, una a la diestra y la otra a la siniestra. Las mías eran rubias, las de él morenas. ¡Mr. Henry! dije, rendido de admiración, cuando lo tuve frente a mí, y fui incapaz de añadir nada a mi invocación. Me miró con expresión chusca. No hay necesidad de ser tan formal, me espetó, llámeme O, así, a secas, sin el punto, y dándose la vuelta me dejó a solas con mi admiración y mis dos jarras de cerveza. Jamás olvidaré aquellos ojos, redondos como su nombre, los puntos negros de sus pupilas clavados en los de las mías. Me sentí el ser más afortunado de Manhattan. El mejor cronista de la ciudad se había dignado dirigir la palabra a un humilde servidor. Mi experiencia se inscribe en el orden de lo sublime, por más que mi informante, Murphy Burrell, quiera empañarla recordándome que O. Henry se agarraba unas curdas monumentales durante las cuales se dedicaba a intentar pellizcar en el trasero a las camareras.

Pero no sólo de prosa vive el Chelsea. Por sus pasillos resonaron los pasos de poetas del calibre de Hart Crane. Si tuviéramos tiempo, les recitaría de cabo a rabo su poema sobre el puente de Brooklyn, que me aprendí de memoria el día que cumplí quince años. Pero no lo hay. De quien sí que voy a hablar es de Edgar Lee Masters, el Poeta de la Muerte. La última vez que Mr. T. se personó en este local, los Incoherentes le regalamos un ejemplar de la Antología de Spoon River , poemario magnífico donde los haya. Edgar Lee Masters fue hombre de un solo libro que valga la pena recordar, todo hay que decirlo, pero qué libro, amigos míos. Qué golpe de genio escribir un volumen que consta exclusivamente de epitafios. Y en cada epitafio, una historia. Locos, borrachos, asesinos, putas, todos están allí, hablando desde la tumba.

Sigamos… pero ¿dónde diablos he metido la chuleta? ¿No la tendrás tú, eh, Burrell? ¿Seguro? Ah, no, tienes razón, perdona. Aquí está… ¿A quién le toca ahora? ¿Vladimir Nabokov? Pero si no lo pensaba poner a caldo hasta el final. Lo has hecho a propósito, ¿verdad Burrell? De nada te servirá la treta. Me da igual lo que digan los enterados. A Nabokov no hay quien lo digiera y se acabó. En fin, pongamos un mínimo de orden. Lo que yo tenía intención de hacer era contar una anécdota muy jugosa de Sinclair Lewis. ¿Preparados? Bien, entonces hagamos la prueba. En cierta ocasión, el bueno de don Sinclair se disponía a dirigirle la palabra a un público que se le había rendido de antemano… Vamos a ver, ¿cuántos de los aquí presentes tienen intención de llegar algún día a ser escritores? ¿Eh? Levanten la mano, por favor. No, no me refiero a ustedes. Es lo que dijo él entonces, me refiero a Sinclair Lewis. Murphy, baja la mano, haz el favor. ¿No ves que todo el mundo la ha bajado? Siempre tienes que dar la nota. Más de la mitad de los asistentes alzó la mano, igual que acaban de hacer ustedes. Al ver aquello, Lewis dio un puñetazo en el atril y exclamó encolerizado: ¿Y se puede saber qué narices hacen aquí, en lugar de estar en su casa escribiendo? La anécdota ilustra una gran verdad: escribir es un oficio muy duro. Durísimo. Sea esto como fuere, y ahora me dirijo a vosotros, aspirantillos a escritores, hay una ley que jamás debéis perder de vista: lo último que se puede hacer es aburrir al lector. No sé a santo de qué venía esto, pero no quería dejar de decirlo.

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