Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Siguió un silencio incómodo.

Bueno, no se quede ahí como un pasmarote. Dígale que han venido a verlo sus amigos del Periscopio, dijo Alfau, perentorio.

Ante todo calma, amigo mío. Calma y buenos modos. Ya han oído al recepcionista. Su amigo no contesta el teléfono, lo cual quiere decir que no está en su habitación.

¿Qué clase de razonamiento es ése? le increpó Alfau. Si le ha pasado algo no podrá contestar por más que se le llame. Aquí el amigo (al decir esto Alfau apuntó con el dedo al recepcionista), ha corroborado que le ha visto entrar, pero no salir, aparte de que, antes de venir usted especificó que su llave no está en el casillero.

Muchas veces los clientes se llevan la llave cuando se van, dijo el director del Hotel Chelsea, atusándose la guía derecha del bigote.

Usted sabe perfectamente que Mr. T. está en su habitación. Sólo que no quiere cooperar, lo cual es muy peligroso.

¿Por qué es peligroso?

Tal vez le haya pasado algo y si tardamos en subir puede que ya no tenga remedio.

¿Pero de qué demonios está hablando usted, hombre de Dios? dijo el director, lo más probable es que esté en la habitación haciendo vete a saber qué y no abre porque no le sale de las narices.

Tenemos razones fundadas para pensar que ha ocurrido algo muy grave. Lo más probable es que su vida esté en juego, y por eso hemos venido. Es más, puede que sea demasiado tarde. ¿Qué trabajo le cuesta subir y llamar a la puerta? dijo Alfau, cada vez más crispado.

Cálmese, se lo ruego. Tiene que comprender que la intimidad de los huéspedes es sagrada, sobre todo en un lugar como el Chelsea. Le supongo informado de nuestra reputación. No se pueden abrir las habitaciones así como así, sobre todo si, como se empeña en decir, hay constancia de que los ocupantes están dentro. Cualquiera sabe lo que nos podemos encontrar. Lo lamento de veras, pero no puedo acceder a su petición.

Colón se puso detrás de Alfau por si éste perdía los papeles y se hacía preciso sujetarlo. Con las mejillas encendidas de sangre, el catalán levantó la voz. Su vehemencia era tal, que la resolución del gerente se empezó a resquebrajar.

¿Cuántas veces quiere que le repita que cada segundo que pasa es crucial? ¿Es que no le importa la vida de sus huéspedes?

Colón juzgó prudente agarrar a su amigo por los codos. Fue este gesto lo que hizo ceder al director. José, dame el duplicado de la habitación 305, dijo, dirigiéndose al recepcionista.

Estuvo golpeando unos cinco minutos, cada vez con más fuerza. Al final, tan inquieto como el que más, introdujo la llave en la cerradura.

Ben me dijo que su padre jamás olvidó la escena que vio al otro lado de la puerta. Era una habitación pequeña, con el suelo de mármol ajedrezado, y un ventanuco que daba a un patio interior. El mobiliario se reducía a un armario de un solo cuerpo, una mesa estrecha, una silla donde había dejado la levita, la chistera, el reloj e, incongruentemente, una cama con un baldaquino de cortinas verdes, que estaban echadas. En el centro de la habitación había un taburete caído. Mr. T. colgaba de una pajarita de lunares, que había atado a un gancho que sobresalía de una viga del techo. Tenía la lengua fuera y el rostro hinchado y amoratado. Alrededor de la bragueta se veía una enorme mancha de humedad, que corría por las perneras abajo, hasta los dobladillos del pantalón, que aún goteaban sobre un charco amarillento que se había formado sobre las baldosas de mármol.

Por alguna razón, antes de quitarse la vida, Mr. T. se había despojado de la ropa interior, que era toda de color negro, y se había vuelto a vestir. Encima de la mesita de madera que había junto al armario podían verse unos calcetines y una pieza que era a la vez camiseta y calzoncillo, con las mangas y las perneras largas.

OPIUM

[De un cuaderno datado en 1972. Texto revisado en enero de 1991.]

Moreau me explicó que había numerosas entradas por las que se podía acceder al fumadero, y que las cambiaban cada pocas horas.

Las hay cutres y lujosas, dijo, aunque no sé bien de qué depende cuál te toque. Sospecho que hay toda una red de galerías que comunican las distintas casas entre sí. La policía está comprada, por supuesto, pero también tienen a sus propios infiltrados en la mafia china, de modo que es como un infinito juego de espejos. Para mayor seguridad, se emiten tarjetas nuevas constantemente.

En la parte de atrás de la que me dio Moreau aparecía una banda de cinc. Al rasparla aparecieron una contraseña y la dirección de la entrada que me correspondía. Conforme me había advertido el amigo de Louise, las dos se empezaron a borrar nada más entrar en contacto con el aire, y en cuestión de minutos, se habían desvanecido por completo.

Además, siguió diciendo el francés, si no te presentas en el lugar indicado en un plazo de dos horas, la dirección puede haber cambiado.

¿Y en ese caso qué sucede?

Nada, que cuando llegues, te puedes topar con una floristería o una tienda de ropa para niños y lo más que puedes hacer es comprarte un ramo de flores o un conjunto de algodón. O un kilo de gambas, si es una pescadería, añadió soltando una carcajada y amagando un puñetazo al estómago. En todo caso, las direcciones siempre están en Chinatown.

No me dijo cuánto había pagado por la tarjeta, aunque sabía por Louise que eran muy caras.

Van a ir unos cuantos amigos míos, dijo, no sé si los conocerás. Entre ellos estarán Louise y Mussifiki. En fin, que lo disfrutes.

¿Rasco la dirección ahora?

Como quieras, con tal de que te presentes allí en un par de horas. Yo la recogí a las doce. En fin, me voy.

Raspé la cobertura con una moneda de veinticinco centavos.

La dirección era el número 120 de Mott Street. Debajo había una frase que parecía sacada del I Ching : Las grullas han puesto su nido en el jardín nevado. Observé cómo desaparecían los signos y me guardé la tarjeta en el bolsillo. Fui hasta la calle Canal en metro y entré en Mott desde el sur. Pasé por delante de un hervidero de bazares, puestos callejeros, jugueterías, tiendas de especias, salones de té, un templo donde había una estatua con un Buda enorme de color dorado. Crucé Canal y pasé por delante de las últimas pescaderías, fruterías y almacenes. El número 120 quedaba un poco más arriba de Grand Street. Era una puerta de madera pintada de marrón y estaba cerrada. Llamé al timbre y por el interfono se oyó una voz descascarillada. No entendí una sola palabra, pero cuando dejaron de hablar, articulé con claridad la contraseña. Las grullas han puesto su nido en el jardín nevado, dije, mientras pasaba junto a mí una mujer joven que llevaba a un niño en brazos y no me quitaba ojo desde que dobló la esquina. Se oyó el chisporroteo del portero automático y entré en un local que tenía todo el aspecto de ser una tienda recién desvalijada. Dos de las paredes estaban ocupadas por baldas metálicas en las que no había nada. Sobre el papel de la pared que daba a la calle se dibujaba con nitidez la huella de unos muebles que parecía que se hubieran acabado de llevar después de haber estado años allí.

Al fondo, detrás de un mostrador de madera, vi a un tipo enclenque, mal encarado, con pinta de siciliano de película. Llevaba barba de tres días, chaleco y boina negros, camisa blanca sin cuello y tenía los puños cerrados y los nudillos clavados en la barra. Me miró de arriba abajo sin decir palabra. Detrás de él había una puerta de color rojo.

La tarjeta, dijo, cuando se cansó de mirarme.

La saqué inmediatamente del bolsillo y la deposité boca arriba encima del mostrador. El anverso era de color violeta y en él aparecía dibujada la silueta de una grulla encima de una hilera de caracteres chinos. El tipo la miró de reojo y alzó una sección del mostrador, dándome paso. Fui a coger la tarjeta, pensando que me la podía quedar, pero el siciliano (suponiendo que lo fuera) la apuntaló con el dedo índice y señaló hacia la puerta roja con la barbilla.

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