Alfau les comunicó a los Incoherentes que quizás aquella tarde se presentara alguien muy especial en El Periscopio, y procedió a referirles el singular encuentro que había protagonizado unas horas antes. La tertulia dio comienzo conforme al orden del día, que en aquella ocasión versaba sobre las ventajas y desventajas del comunismo soviético. En el fragor de la discusión, a los Incoherentes (en particular a Alfau, que era un anticomunista furibundo y estaba en minoría) se les olvidó que cabía la posibilidad de que el extraño que había hecho migas con el presidente en funciones de la cofradía (el cargo era rotativo) pudiera aparecer. Estaban a punto de llegar a las manos; en el aire flotaba aún el eco de las últimas imprecaciones pronunciadas a gritos por dos de los contertulios (¡Eres un fascista de mierda! le había espetado Aquilino Guerra a Felipe Alfau a voz en cuello. ¡Y tú un asesino estalinista! fue la contestación del interpelado, a quien Jesús Colón tenía sujeto por los codos) cuando se oyeron unos golpes en la puerta. ¡Silencio de una puta vez, coño! ordenó Henry Martínez. ¿No oís que están llamando a la puerta? Los gritos cesaron al instante. Recobrando la compostura, Alfau se zafó de Colón, dio tres zancadas y descorrió la tapa de la mirilla. ¡Viva don Quijote! dijo alguien al otro lado de la puerta, con voz áspera y tímida, y Alfau le franqueó la entrada. El recién llegado vestía levita, chistera y pajarita de lunares (distinta de la que llevaba por la mañana, que era negra), y avanzaba muy despacio porque llevaba en las manos una tarta con tres velas, aún sin encender. No tocaremos a mucho, dijo con aire compungido, la había encargado para dos, pero la otra persona no se ha presentado. Alfau puso cara de circunstancias y le dio una palmadita en el hombro (la segunda del día). Adelante, por favor, dijo. Está usted en su casa. La Sombra plantó la tarta encima de la mesa y se descubrió la cabeza. Aquilino recogió la chistera y la colgó en el perchero de bronce. Alfau corrió al mueble bar y regresó con una botella de González Byass y una copa para cada comensal. Rogelio Santana, invitado de Jesús Colón encendió las tres velas. Antes de soplar, Mr. T. suplicó que nadie fuera a cantar ninguna cancioncilla ridícula. Mohínos, los Incoherentes y sus invitados movieron la cabeza de un lado para otro, como reprochándole que hubiera podido pensar semejante cosa de ellos. Cuando terminaron la tarta, Alfau propuso una votación extraordinaria para decidir si se le concedía al recién llegado el título de Incoherente Honoris Causa. Los cinco miembros fundadores dejaron solo un momento a Mr. T. con los demás invitados y deliberaron durante unos minutos en un rincón. De nuevo en la mesa, el secretario perpetuo de la cofradía, Martínez, comunicó a los asistentes que la moción se había aprobado por unanimidad. A propuesta de Colón, se resolvió no proseguir con la discusión política y la tertulia discurrió a partir de entonces por cauces más apacibles. Cuando Mr. T. se despedía, se llegó al acuerdo formal de invitarle a celebrar los cumpleaños que le quedaban en El Periscopio. Son tres, dijo Mr. T., alzando en el aire tres dedos enguantados de blanco, con el aire taciturno que nunca le abandonaba, y se sirvió otro jerez. Ni Alfau ni ninguno de los Incoherentes lo vería nunca fuera de aquella fecha.
El 16 de marzo de 1965, Mr. T. se presentó en la sede de El Periscopio con una tarta y dos velas. Al año siguiente la tarta tenía solo una vela. Siempre había sido parco en palabras, y enemigo de brindis, pero en aquella ocasión, antes de soplar la vela que ardía solitaria en lo alto de la tarta, Mr. T. dijo: Gracias, amigos míos. Ha sido un honor conoceros y haber pertenecido a la cofradía. Suspiró hondo antes de añadir: No nos volveremos a ver más. El 16 de marzo de 1967 El Periscopio había abierto sus puertas a numerosos invitados y estaba lleno hasta la bandera. Los Incoherentes discutieron de política con la misma vehemencia de siempre, aunque a lo largo de la tertulia se percibía una corriente subterránea de inquietud que socavó poco a poco la conversación hasta apagarla del todo. Hacia las siete, todo el mundo estaba pendiente del reloj, un Festina con las letras negras claramente rotuladas sobre una superficie de un amarillento desvaído. Unos centímetros por encima del agujero por donde se metía la llave para darle cuerda al Festina, había un recuadro de color azul con dos compuertas. El segundero rozó el punto inferior de la esfera. Medio minuto para las siete, exclamó un invitado. Los Incoherentes, que estaban sentados en una mesa transversal que hacía las veces de cabecera, dejaron de respirar y clavaron la vista en el reloj como un solo hombre. La delgada manecilla barría con lentitud desesperante el hemisferio izquierdo del reloj. En El Periscopio no se oían más que las cañerías de la calefacción mezcladas con los ruidillos intestinales de Aquilino Guerra, que había comido habas con almejas. Cuando el segundero y el minutero se encontraron, se abrieron de par en par las compuertas de color azul y saltó un muelle en cuya punta había un cuco tan diminuto que más bien habría que llamarlo colibrí. El exiguo pajarillo gorjeó siete veces seguidas y se metió en la cajita de donde había salido con un golpe seco. Los Incoherentes apartaron la mirada del Festina para clavarla en la puerta de la calle, pero nadie llamó al timbre. El primero en romper el silencio fue Martínez, que se alejó al fondo de la sala haciendo crujir los nudillos; Guerra encendió un purito y arrojó la caja al centro de la mesa, para que quien quisiera hiciera lo mismo: Colón se puso a hojear el NewYork Times , aunque se lo había leído de cabo a rabo por la mañana, y los demás fueron emprendiendo cada uno una actividad dilatoria distinta, incluido Rogelio, un primo hermano de Guerra que sacó un cortaúñas y se puso a cortárselas frente a la papelera. Los invitados observaban los movimientos de sus anfitriones como si estuvieran presenciando una obra de guiñol. A las siete y cuarto, Alfau abrió una botella de González Byass y sirvió una ronda, incluyendo una copa para el contertulio ausente, conspicuamente colocada en la cabecera de la mesa. Martínez propuso un brindis, pero Alfau le recordó que Mr. T. los odiaba. Guerra sugirió guardar un minuto de silencio, y Jesús Colón le llamó agorero. Mi abuelo comentó que habría que intentar averiguar lo sucedido, y Martínez le preguntó que cómo. Alfau insistió en que lo único que se podía hacer era seguir con la tertulia como si no hubiera pasado nada, pero no resultó posible. Había en el ambiente una pesadumbre que impedía que los Incoherentes se centraran en nada. A eso de las nueve comprendieron que había que actuar. Alguien sugirió que una delegación de Incoherentes cogiera un taxi y se presentara en el Chelsea. Tras mucho tira y afloja, se decidió que Alfau eligiera a sus acompañantes. Designó a Colón y a mi abuelo. Nada más llegar al hotel, se dirigieron al recepcionista, quien se sobresaltó al verlos tan agitados. Alfau le enseñó una foto de Míster T. El recepcionista frunció el ceño, puso cara de circunstancias, les dijo que tomaran asiento en los butacones del lobby, y se fue a buscar al director, foto en mano. El director salió, se plantó delante de ellos, se atusó con ceremonia una de las guías del bigote, que eran muy largas y puntiagudas, mientras estudiaba la foto, y les preguntó si eran familia del huésped. Mi abuelo le dijo que no. ¿Amigos, conocidos, compañeros de trabajo? Jesús Colón tomó la palabra para decir que no lo conocían más que de verlo una vez al año, tal día como aquél, es decir, el 16 de marzo, para celebrar su cumpleaños.
Igual que yo, dijo el director del Hotel Chelsea. Aunque no sabía nada de lo de su cumpleaños. Hacía una reserva con mucha antelación, mejor dicho, tenía una reserva fija a perpetuidad, y llamaba un par de meses antes para confirmarla. Se instalaba en uno de los cuartos más baratos. Este año hizo lo mismo. Le pidió al recepcionista que trajera el libro de registro. Efectivamente, aquí está. Habitación 305. Hizo la reserva el 16 de enero.
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