Llegó a Nueva York con dieciséis años. Su madre había muerto unos meses antes, en un accidente de tráfico en las afueras de Lausanne, dejándolos a ella y a su padre sumidos en un dolor desquiciado. Bernard Constantine era ingeniero industrial y cuando le acaeció aquella tragedia, su jefe, que era también su mejor amigo, le dijo que lo mejor que podía hacer era encargarse de la oficina de Nueva York, cuyo director hacía tiempo que deseaba volver a Suiza. Tendría que trabajar 60 horas por semana, lo cual le dejaría poco tiempo para pensar. Eso y el estar tan alejado de todo lo que le pudiera recordar a su mujer, le ayudaría a sobrellevar la pérdida. Monsieur Bernard y su hija se instalaron en un dúplex en el Upper West Side. Sylvie se matriculó en UNIS, la escuela internacional de Naciones Unidas, donde terminó el bachillerato. Luego ingresó en Vassar College. El último año de carrera se inscribió en el seminario de fotografía de Demetria Martin, la célebre fotógrafa de Harlem. Sylvie se enamoró perdidamente de ella, pero Demetria canalizó la pasión de su alumna hacia su verdadero objeto, la fotografía. Se pasó el año haciendo un proyecto sobre los negros de Nueva York. Fotografió cuanto tenía la menor relación con el tema. Asistió a conciertos, presentaciones de libros, exposiciones, manifestaciones, juicios. Fotografió bodas, ceremonias religiosas, escenarios de asesinatos, robos, incendios, accidentes. Retrató sus barrios, sus ferias, sus costumbres, sus tiendas, sus restaurantes, sus rostros, sus cuerpos. Hizo miles de fotografías de las que Demetria le ayudó a seleccionar una treintena, que expuso en The Tribes, una galería del Lower East Side. Después de graduarse, Demetria le propuso que trabajara como ayudante suya en un proyecto que consistía en fotografiar cadáveres en las funerarias de Harlem; muertos de todas las edades, vestidos con sus mejores galas, escrupulosamente maquillados, con expresión serena, vacía, cuerpos embutidos en ataúdes acolchados, con forros de colores; enfermeras, carteros, baloncestistas, músicos, empleados de banca, conductores de metro, policías; víctimas de cáncer, asesinados; niñas vestidas de blanco, adolescentes con corbatas de colores; rostros hieráticos, con los párpados sellados y los labios rígidos. Publicaron un libro de gran formato que tuvo mucho éxito. Debajo de cada instantánea, el nombre del difunto, su edad, profesión si la tenía, la causa de la muerte. A partir de entonces, empezaron a llamar a Sylvie de todas partes. Cuando Bernard Constantine se sintió con fuerzas para volver a Suiza, su hija decidió quedarse en Nueva York. La perspectiva de vivir en Europa la aterraba. En Manhattan estaba todo lo que daba sentido a su vida. Se le hacía insoportable la idea de trasladarse a ningún otro lugar. Las cosas le resultaban todavía más difíciles ahora que había conocido a Louise y había encontrado una suite en el Hotel Chelsea.
Por detrás de la gasa anaranjada que hacía las veces de puerta asoma la cabeza de Jair, anunciando la llegada de Mussifiki. Salimos de la jaima. Apoyado en el mostrador veo a un individuo de unos cincuenta años. Tiene la piel de un color negro mate muy intenso, con reflejos azulados, los ojos verdosos y rasgados, y los labios carnosos, de color violeta. Debe de estar acostumbrado a escrutinios como el mío, porque me dice sin venir a cuento: Mi madre es china, de Macao, y mi padre de origen zulú. Me da la mano y sin más ceremonia, se acerca a una pila de alfombras y con un movimiento certero extrae una que está casi al fondo. No gano nada con estas transacciones, dice, sosteniendo en vilo un extremo de la tela, mientras el resto cae en cascada sobre el suelo. Lo hago por el placer que me produce saber que alguien que conozco va a tener algo así en su casa. En cierto modo es como si el propietario compartiera conmigo el espíritu de la alfombra. La abarca con la mirada, satisfecho. ¿Deslumbrante, no? Todos asentimos. Os voy a contar su historia, dice, y aspira hondo. Mañana, Mussifiki, le interrumpe Louise. Cuando se la llevemos a Sylvie. Muy buena elección, comenta Jair, mientras enrolla la alfombra. La voz del alejandrino tiene un deje pesaroso, como si se reprochara a sí mismo no haber detectado el grado de interés que había suscitado aquel artículo en sus clientes. El precio está concertado desde el día que Mwanassali descubrió la alfombra y ahora es demasiado tarde para subirlo. Tienen suerte de que no le echara nadie la vista encima, comenta con resignación. Me la voy a llevar a casa para darle unos retoques, dice Mussifiki, haciéndose cargo del paquete. ¿A qué hora es la cita en el Chelsea, Louise?
Miércoles. Había pasado muchas veces por delante de la fachada, pero nunca había estado en el interior del Hotel Chelsea. La suite 1006 se encuentra en el décimo piso, el último, a la izquierda de los ascensores. Hay que atravesar unas puertas batientes, y aventurarse por un largo corredor que siempre está en penumbra y que llega hasta el fondo del ala este del edificio. Para acceder a cada uno de los áticos hay que subir por un tramo de peldaños de madera crujiente. En la suite de Sylvie no hay casi ningún mueble. En la pared del fondo, junto a una cristalera, se ve una escalerilla por la que se sube a la azotea. Echa un vistazo, te va a encantar, sugiere Louise. Me veo en medio de un paisaje surrealista, perdido en un entramado de buhardillas, gabinetes acristalados, chimeneas retorcidas, parterres y arriates donde crecen todo tipo de plantas, arbustos e incluso árboles frutales. Tienes que venir a ver la terraza de noche, dice Sylvie. Me encantó la amiga de Louise. Tiene los ojos azules y muy grandes. Es menuda, rubia, frágil, atractiva, de una feminidad que complementa perfectamente la virilidad de Louise. No mira directamente a los ojos de quien le habla. Louise se mueve en torno a su amante como un predador que vigila una pieza recién cobrada. También me cayó muy bien Robert Moreau, el poeta amigo de Louise. Se parece a Picasso, aunque está harto de que se lo digan. Tiene un sentido del humor muy especial, que despliega como una especie de arma defensiva tras la que se escuda su personalidad. Ha venido a Nueva York para la inauguración de Louise en Westways. Hay un texto suyo en el catálogo. Mwanassali repite la jugada del día anterior en el Bazar Esmirna. Al filo de la hora convenida llama por teléfono para avisar de que llega con un poco de retraso. A la media hora justa, irrumpe en la suite sin llamar a la puerta. Louise hace las presentaciones a toda prisa, porque Mwanassali está ansioso por enseñarnos la alfombra. La trae envuelta en un papel marrón, sujeta con unos bramantes finos, que desata con agilidad antes de desplegarla sobre el suelo de madera. Se arrodilla, y sonríe con satisfacción antes de empezar a hablar:
Conforme a mis cálculos tiene en torno a un siglo de antigüedad, puede que algo menos. Es originaria de la región de Gaziantep, al suroeste de Turquía, en la frontera con Siria. Los colores, el diseño y el trenzado delatan su origen nómada. Le da la vuelta. Este trenzado simétrico recibe el nombre de nudo turco. Hay entre 60 y 70 nudos por pulgada cuadrada. Sus largos dedos negroazulados acarician con delicadeza el reborde inferior de la alfombra. Alzando el índice señala hacia el cuadrado que ocupa el centro de la alfombra. Eso es el mihrab, que quiere decir nicho, explicó Mwanassali. Es el equivalente de las aberturas que hay en las paredes de las mezquitas apuntando a la Meca. Mwanassali acaricia el tejido como si fuera el lomo de un animal de carga. ¿A que parece nueva, pese a los años que tiene? Eso es porque se utilizaba exclusivamente con el fin de orar, el resto del tiempo permanecía cuidadosamente guardada. Este tipo de alfombra es relativamente raro de encontrar, porque no están destinadas a la venta. Mwanassali se incorpora. Parece apesadumbrarle la idea de separarse de la alfombra kurda. Nos quedamos todos admirando su belleza en silencio. A los antiguos se les disparaba la imaginación contemplándola, dice por fin Mwanassali. Es como si fuera una puerta que en cualquier momento se puede abrir a otra dimensión. Es un regalo muy hermoso, que la acompañará siempre, Sylvie. ¿Quién sabe por cuántos lugares habrá pasado antes de ir a parar al bazar de Brooklyn donde di con ella, cuántos propietarios habrá tenido, cómo habrán sido las vidas de quienes la han pisado? Una cosa es cierta: los artesanos que la tejieron están muertos, así como sus primeros poseedores, y quizá los siguientes. Mwanassali lanza una mirada en torno. Cuando todos los que nos encontramos ahora en esta habitación hayamos pasado a mejor vida, su belleza se habrá acendrado, y quién sabe dónde estará entonces, quién y cómo será su próximo dueño.
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