Su cuerpo,
Pero
no:
me cuesta
demasiado
poner las palabras
los conceptos
en el lugar que les corresponden.
Por eso
necesito escribir
sobre ella /sobre ti.
Necesito escribir sobre ti en el diario, porque aquí, sólo aquí, puedo decir sin cortapisas lo que quiero expresar. Estando contigo no puedo, percibo tu tensión y al final opto por callarme. Así que espero a quedarme a solas para estampar en el papel palabras que estando contigo no me atrevo a utilizar. Reconozco que nadie sabe demasiado bien qué significan. Puede que no signifiquen nada, pero a mí me hacen falta. Las necesito para tratar de entender lo que me pasa. Contigo. Qué le pasa a mi alma cuando estoy contigo, qué me pasa cuando estoy dentro de tu cuerpo, y qué te pasa a ti, qué me transmites, qué te transmito yo. Yo, que nunca he tenido el menor atisbo de interés por nada religioso, siento que nuestros encuentros sexuales son una experiencia de ese tipo. No me dejas decirlo. Me doy cuenta de que para ti es otra cosa, o si es la misma, prefieres no verbalizarla. En eso eres distinta a mí, yo necesito manosear cada hecho, envolviéndolo en palabras, escribirlas después, y acariciarlas, una a una. Tenemos tanto miedo a llamar a ciertas cosas por su nombre. Sin embargo, todo lo que escribo ahora no es más que la verdad. Y si escribo pensando en unos ojos, es en los tuyos. Quizá algún día leas esto. No pienses que no me cuesta; aunque me atreva a llamar a las cosas por su nombre, no puedo evitar sentirme inerme al hacerlo. Algún día le daré forma a lo que escribo. Te devolveré a través de la escritura lo mucho que tú me has dado a mí. No sabía por qué iba escribiendo, pero ahora sé que tiene sentido por ti. Tengo en la cabeza la idea de escribir algo sobre Brooklyn. No sé qué clase de libro podrá ser, pero lo haré. No sé qué busco, sólo sé que es algo que se oculta tras los miles de palabras que no puedo dejar de escribir. No sé qué es, qué puede ser, pero me gustaría desenterrarlo y darle forma, sólo para ti. Para ti escribiré este libro, Brooklyn . Brooklyn nacerá gracias a ti, por culpa tuya.
Lo que más daño le hizo, dijo Frank, fue cuando supo que se había enamorado de un tal Eric… Gal me contó algunas cosas de él, más bien poco. Le hacía demasiado daño hablar de aquello. Esto, ¿cómo se apellidaba…? Rosoff, creo. Eric Rosoff, sí. Eso es. Era judío y era compañero de Nadia en la Juilliard School of Music. Era de Boston, muy frágil, casi femenino, algo más joven que ella. Pianista. Calzaba guantes blancos a todas horas, para salvaguardar la delicadeza de sus manos. Todo el mundo decía que era un genio de la interpretación y que tenía un gran futuro por delante. Era más joven que ella, tendría algo más de veinte años. Y Gal treinta y siete, a todo esto. La historia de Nadia con el pianista echó por tierra el tinglado que se había montado. Hasta entonces había conseguido mantener vivo el engaño. Había escrito mentalmente el guión de una película, y se lo creía a pie juntillas. Fiel al espíritu de su guión, había logrado convencerse a sí mismo de que Nadia no podía cambiar. Le costó trabajo, pero había conseguido aceptarla como era. No era de ningún hombre, ni su cabeza ni su corazón funcionaban así. Era rabiosa, gozosamente independiente y libre, y eso era lo que más le gustaba a Gal, aun al precio de tener que renunciar a ella. Reconozco que me gustaría que fuera mía, insistía en decir, pero no puede ser. Me ha costado trabajo, pero por fin he conseguido aceptarlo. Al principio creí enloquecer, pero ahora está bien. Me alegro de que sea así. Ya no me importa. Hablaba de ella con mucha autoridad, como si la comprendiera mejor que ella a sí misma, pero la verdad es que no sabía muy bien lo que pasaba. Eran tiempos muy confusos, en todos los sentidos. En cuanto a Nadia, era evidente que había cosas que no encajaban con la teoría de Gal, y como es lógico, él prefería no verlas. Para Gal había algo que lo justificaba todo: sucediera lo que sucediera, al final, Nadia siempre volvía a él. Sencillamente, lo necesitaba. Punto. Y en cierto modo, no le faltaba razón. Sólo que no lo hacía por los motivos que él hubiera querido atribuirle. Las cosas no tenían, cómo decirlo, la dimensión de eternidad que él tendía a asignarles. Digamos que el guión funcionaba hasta la mitad de la película, por explicarlo de alguna manera, y después fallaba. Para él era difícil, porque efectivamente Nadia, después de alejarse, tarde o temprano volvía a aparecer. Lo buscaba, se presentaba aquí y si no estaba, lo esperaba. Se quedaba a dormir en su cuarto, no se despegaba de él en varios días. Eso duraba a veces semanas enteras. Se iban de viaje, y luego el ciclo se repetía casi de manera ritual: Nadia dejaba de necesitarlo, volvía a dejarlo, a desaparecer. Cuando no la tenía cerca se volvía sombrío, desagradable, hostil. Bebía sin tasa ni medida. Durante mucho tiempo, el guión se repitió de manera cíclica, sin apenas variaciones. Pero lo del pianista fue diferente. Cuando entró en escena Eric Rosoff, cambió el guión de la película.
¿Por qué?
Digamos que Gal aceptaba que, como decía él, Nadia le diera su cuerpo a otros… Eso fue algo que aprendió relativamente pronto. Pero con el pianista la cosa fue más lejos. Del pianista se enamoró de verdad, y eso era algo con lo que Gal no había contado. Conforme al guión, Nadia era incapaz de enamorarse, estaba por encima de aquella pasión que afecta al común de los mortales. A sus ojos, aquel desapego le confería un aura de superioridad; la veía como a una especie de diosa, y siendo él mortal, no podía aspirar a su amor. Conforme a la ficción que se había montado, Nadia era un alma instintivamente libre. La realidad hizo añicos aquella ficción. Gal intentó no darse por enterado, pero era difícil mantener el engaño. Nadia no era la diosa que Gal se empeñaba en creer que era. En presencia de aquel alfeñique se anuló: se sentía con él como Gal con ella. Se fue a vivir con el pianista, cosa que jamás había hecho con él, y cuando se lo propuso se casaron, otro detalle que no estaba previsto en el guión. Se suponía que a Nadia le espantaba la idea del matrimonio. Aquella era otra de las monsergas de Gal: desde siempre Nadia había proclamado a los cuatro vientos su aversión hacia la institución matrimonial. Gal lo contaba con tanto énfasis, que rozaba el ridículo. Y un buen día, zas, se casó, así, como quien no quiere la cosa. Ella misma le comunicó la noticia. Eso fue lo que Gal nunca pudo superar. Le atormentaba todo de su relación con Nadia, incluso el terrible sentimiento de frustración que generaba en ella el saber que jamás podría tener hijos, cosa que deseaba con tanta fuerza. Sólo que… en medio de la gran farsa que se había montado Gal en torno a Nadia, siempre hubo un punto de verdad, y eso es lo que justificaba su fidelidad, su esperanza.
¿A qué te refieres?
A que a ella le resultaba imposible despegarse del todo de él. A su manera, lo siguió necesitando. Y aunque dejaron de verse, siempre le escribió. Le hablaba de sus preocupaciones más íntimas. Lo primero que hizo cuando se divorció del pianista fue escribirle a Gal.
¿Eso cuando fue?
Al cabo de poco más de un año de casados. La historia del pianista no había sido más que un espejismo, eso es lo que pensó Gal. Nadia seguía siendo la misma, por eso aquel matrimonio no podía durar. Verás como aparece por aquí, me decía, y en efecto, un buen día Nadia se presentó en el Oakland. Nos quedamos todos de una pieza, menos Gal…
Esa parte la tengo en los cuadernos.
Ha vuelto. Lo sabía. Sabía que lo haría. Ha vuelto de la misma manera que otras veces: porque necesitaba seguir siendo ella, viviendo, explorando, tratando de ver qué le aguardaba en el mundo… Ha hecho lo que tenía que hacer, ha estado en el mundo y ha vuelto. Me llamó por teléfono y me pidió permiso para venir a verme al Oakland. Le dije que no tenía que pedirme permiso para nada, que sabía perfectamente que podía presentarse aquí sin avisar, cuando quisiera. Vino, subió al estudio. Su belleza casi no me dejaba entender sus palabras, pero cuando pude concentrarme lo suficiente, me di cuenta de que repetía algo que le he oído demasiadas veces ya: que ha vuelto porque me necesita, porque se siente segura a mi lado, porque el mundo está lleno de trampas y asechanzas, y sabe que yo no le voy a fallar. Sentí un leve vértigo. Dejé de prestar atención a sus palabras para fijarme sólo en ella. Me di cuenta de que algo había cambiado. La mujer que me hablaba no era la Nadia que yo había conocido. Comprendí que había una gran distancia entre lo que decía ella y lo que oía yo. Le pedí que no dijera aquellas cosas… Ahora era yo quien no aceptaba ciertas palabras. La pureza y la autenticidad de que hablaba no existían en el mundo, eran un reflejo de su ansiedad por encontrarlas, y como no lograba dar con ellas, me las atribuía a mí. Le dije que lo que me decía carecía por completo de sentido. Le pedí que me contara cosas de ella, y a medida que lo hacía vi con claridad qué era lo que no acababa de encajar: No ha vuelto por mí. Me necesita, pero no como yo hubiera querido. Ha vuelto porque le han hecho daño. La dejé hablar, esperando a que se calmara, y entonces se lo pedí. Le pedí que se fuera, que me dejara solo, que siguiera adelante con su vida. Me miró en silencio y volviendo en sí me dijo: Hasta siempre Gal y yo cerré los ojos agradecido.
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