Lo que voy a contar aconteció a mediados de invierno. En aquella ocasión se encontraban en el local Moreau y Hugues, que habían acudido con unas artistas francesas muy jovencitas, una de las cuales era ni más ni menos que Louise Lamarque. Los Incoherentes celebraban encuentros vanguardistas y aquella tarde habían convocado un acto poético que tenía como objeto tomarse a chirigota a Vicente Blasco Ibáñez. Al novelista valenciano le iba muy bien en Hollywood, pero los Incoherentes decían que se había vendido, lo que para ellos era un pecado imperdonable. En la pared del fondo de la sala, Guerra y Martínez habían puesto un póster con una caricatura de Blasco Ibáñez. Encima, en letras grandes se podía leer TIRO AL BLASCO. Las artistas francesas le habían pintado una diana con los colores de la bandera republicana en la punta de la nariz.
La guerra civil lo cambió todo. Alfau dejó de ir por la tertulia, y tardó muchos años en decidirse a volver. Las noticias que llegaban de España eran inquietantes. Las cosas empezaban a irles mal a los republicanos. Ben acudió a un mitin que dio Ralph Bates, en un hotel de Manhattan. Salió del mitin reafirmado en su decisión inquebrantable de alistarse en la Brigada Abraham Lincoln.
MR. T., ALIAS LA SOMBRA
[Originariamente escrito a mediados de los 70, aunque la fecha exacta de escritura es desconocida. Corregido y revisado en enero de 1992.]
Alfau conoció a Mr. T. por casualidad. Estaba sentado frente a la ventana de un chiringuito que quedaba a un par de manzanas de El Periscopio, disponiéndose a darle el primer sorbo a una infusión de menta, cuando vio que la trampilla de hierro que hay en la acera de Chrystie semiesquina con Alien se alzaba lentamente. Con la taza en vilo, Alfau vio emerger de las entrañas de la tierra a una enana negra que calzaba botas de goma y llevaba un impermeable de charol amarillo. La enana echó un vistazo cautelar en torno y asomándose al hueco de la trampilla, hizo señas a alguien que aún se hallaba bajo tierra, dándole a entender que podía salir. Al cabo de unos segundos se plantaba en la acera un individuo vestido con levita y chistera. La mujer se esfumó como por ensalmo y la trampilla se cerró con la misma lentitud con que se había abierto. El recién aparecido se alisó la vestimenta, se ajustó la pajarita, consultó un reloj de bolsillo y echó a andar como quien no quiere la cosa. Alfau había oído decir que aquella era una de las entradas de una ciudad subterránea donde se decía que vivían miles de personas perfectamente organizadas, pero comprobar la veracidad de algo que en el fondo nunca le había parecido más que una leyenda le produjo una intensa conmoción. Dejando la infusión intacta, salió del chiringuito resuelto a ir en pos de aquella aparición que más que un individuo de carne y hueso parecía un personaje de sus cuentos.
El tipo de la levita no tardó en percatarse de que lo seguían y volvió la vista un par de veces. A la altura de Houston por fin se detuvo y encarándose con Alfau le preguntó si no tenía nada mejor que hacer que perseguirle. El americaniard , que durante todo aquel tiempo andaba buscando una excusa para entablar conversación, vio el cielo abierto y le espetó: ¿Qué tal un café? Invito yo, no irá a decir que no acepta. El otro se quitó la chistera, se rascó el pelo, que tenía crespo y rizado, y aceptó la invitación, a condición de que fuera en Veniero's, porque le encantaban los cannoli que daban allí, y además era su cumpleaños. Happy Birthday , dijo Alfau, dándole la mano efusivamente. ¿Y por qué no una tarta, con sus velas y todo? Es lo propio, tratándose de un cumpleaños. Al desconocido no le pareció mal la idea y juntos se dirigieron a Veniero's, hablando sabe dios de qué. Una vez allí, Mr. T. eligió una tarta de frutas, llamó a una camarera y le dio instrucciones a la camarera de que le pusieran tres velas. Alfau estuvo haciendo cálculos y pensó que tal vez cada vela representara diez u once años, tal vez doce, y cuando la tarta llegó a la mesa le preguntó a su invitado por qué precisamente aquel número de velas y no otro. Es que, explicó el homenajeado, tengo por costumbre celebrar los cumpleaños al revés. Alfau lo miró con expresión desconcertada y su interlocutor se sintió obligado a decir:
Todos somos conscientes de la inexorabilidad de la muerte, aunque pocos saben cuándo vendrá exactamente a por nosotros. Yo constituyo una excepción, pues sé a ciencia cierta que moriré el día que cumpla cincuenta años. Miró a Alfau con aire expectante, por si tuviera algo que objetar, pero éste seguía pendiente de sus palabras, y Mr. T. reanudó su alocución: Por este motivo, a partir de que cumplí los 35, adopté la resolución de celebrar mis cumpleaños al revés, es decir, en lugar de festejar los años que he vivido, celebro los que me quedan por vivir. Consecuentemente, en lugar de incrementar el número de velas que coronan la tarta, lo voy disminuyendo. Cuando cumplí 36 años apagué 14 velas; al año siguiente 13; luego 12 y así sucesivamente, hasta hoy. Mr. T. dijo que aquel día, 16 de marzo de 1964, cumplía 47 años, de modo que le correspondía apagar tres velas. De hecho, añadió, había encargado ya una tarta para aquella misma tarde, aunque dos mejor que una, sí señor.
Alfau asintió y le preguntó si la tarta estaba buena. Buenísima, muchas gracias, contestó Mr. T. De nada, dijo Alfau y carraspeó antes de comentar que ahora que caía en la cuenta todavía no se habían presentado. Eso tiene fácil arreglo, dijo Mr. T. ¿Usted cómo se llama? Felipe Alfau, dijo Felipe Alfau, ¿y usted? Mr. T. contestó que en la ciudad subterránea se le conocía como Mister T. y la poca gente con la que se había tratado en la superficie (el mundo superficial fue exactamente lo que dijo) lo llamaba la Sombra, pero que él le podía llamar de cualquiera de las dos maneras. Mucho gusto, Mr. T., dijo Alfau. El gusto es mío, señor Alfau, le contestó la Sombra. ¿Vive usted en los túneles del Lower East Side con carácter permanente? quiso saber Alfau. Míster T. le contestó que en efecto así era, pero que el día de su cumpleaños se registraba en el Hotel Chelsea, donde pasaba la noche. ¿Una sola noche al año? preguntó Alfau, tratando de asegurarse de que le había entendido bien. Correcto, confirmó la Sombra, sí señor.
Alfau le preguntó adonde pensaba ir entonces, y Mr. T. le dijo que al Hotel Chelsea, naturalmente, pues tenía la habitación pagada a partir del mediodía. Dicho esto, consultó el reloj de bolsillo y se puso en pie de un salto. Alfau le imitó y le pidió permiso para acompañarlo. Mr. T. no tuvo inconveniente en que lo hiciera. Durante el trayecto, que efectuaron a pie, la Sombra explicó someramente qué clase de vida llevaba en las profundidades de Manhattan y Alfau le explicó, también por encima, quiénes eran los Incoherentes y qué hacían. Muy interesante, comentó Mr. T. frente a la puerta del hotel. Pues da la casualidad de que esta misma tarde, replicó Alfau, hay tertulia. Nos reunimos en El Periscopio, tal vez lo conozca, queda muy cerca de la entrada de la ciudad subterránea que ha utilizado hoy. Para los Incoherentes será un placer recibirlo. A no ser que tenga otros planes, añadió, recordando que la Sombra le había dicho que había encargado una tarta. ¿Piensa usted celebrar su cumpleaños con alguien? No estoy seguro, dijo Mr. T.; con las mujeres nunca se sabe. Entiendo, dijo Alfau dándole una palmadita en el hombro, y sacando un papel del bolsillo, apuntó en él la dirección de El Periscopio y se lo dio. En fin, si al final resulta que está solo y se anima, ya sabe dónde estamos. Nos reunimos en el piso que queda encima del bar, es una puerta gris. El santo y seña, añadió Alfau antes de irse, es ¡Viva don Quijote! Míster T. leyó la dirección, asintió, dijo que ya vería, le dio la mano a Alfau y atravesó el vestíbulo con aire taciturno.
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