Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Lo siento, digo. Creía que llevaba un mechero encima.

¿Y aquí tampoco tienes candela? pregunta, amoldando el hueco de la mano a mis genitales.

Ten cuidado, blanquito, me susurra alguien, en inglés, al oído. Lo que le interesa es tu cartera, no tu polla.

Es Al Green, un amigo de Marc que toca el contrabajo en el Mad Stork. Choca su hombro contra el mío y me pone una bolsita de coca en la palma de la mano. No, gracias, le digo. Al le guiña un ojo a la chica, le da fuego y se aleja hacia el water.

¿Me invitas a una copa? me pregunta ella.

Le hago una seña a Colm para que la atienda. Pide una budweiser. Se llama Esmeralda y es de Spanish Harlem. Me dice que le han puesto ese nombre porque hace juego con sus ojos. Los abre mucho para que aprecie bien el color y parpadea. Me alegro de que no esté Marc. Habría sido capaz de decirle que hacían juego con el nombre del local. Miro a la puerta, preocupado porque tarda en volver. Mi preocupación no está justificada. Al final Marc sale indemne de todas. Hace años, cuando lo conocí, escribí esta semblanza sobre él:

Marc Capaldi, italoamericano, agente publicitario, 46 años, tres libros de poesía publicados. Quedamos en su casa del West Side. Cuando salimos, se metió uno de sus libros en el bolsillo. No sé por qué le da por cargar con sus poemas en sus incursiones por aquellos pozos de negrura y soledad, donde busca desesperadamente mitigar el dolor con unos cristalitos de cocaína y las migajas de afecto que caben en un estallido de semen comprado. Le atraen los tipos patibularios, cuanto más mejor, igual que los antros donde va a buscarlos. Habíamos estado hablando de poesía en su casa, antes de salir. En el cuarto o quinto bar, arremetió contra mí:

La canalla, me dijo, el culo del mundo. Sangre y mierda, detritos urbanos, los despojos de la humanidad. Ángeles sucios, no como los de tu Rilke, que ni tienen sexo ni saben de la vida.

Su rebeldía tenía algo de adolescente, y además estaba muy borracho, pero había estado mirando sus libros, y su poesía es así, manchada de sangre y mierda, hundida hasta el fondo en la desolación y la podredumbre. Sólo que al final, extrañamente, había una lucecita que permitía aferrarse a la esperanza.

Sí que tienen sexo, dije, pero no nos vamos a poner a discutir de poesía ahora.

¿Por qué, porque estamos rodeados de putas, delincuentes y maricones, yendo de bar en bar de mierda?

No, no es por eso.

Porque si es por eso, la mierda está para hurgar en ella. Por eso no me valen tus poetas. Ni siquiera Blake, por más que hable del infierno. Gente como Burroughs o Bukowski, todavía. Por lo menos, si se molestan en tener conversaciones con los ángeles es porque tienen intención de tirárselos y después limpiarse el culo con las plumas.

Vamos a dejarlo, Marc.

¿Y por qué? Es ahí donde está lo que buscas, y no en Rilke y todos esos poetas que te inflas a leer.

Nos acabamos de conocer, ¿cómo puedes saber qué es lo que busco?

Muy fácil. Buscas lo mismo que yo, sólo que no lo haces donde debes.

¿Y dónde se supone que tengo que buscar?

Ya te lo he dicho. En la inmundicia, manchándote el alma. Sólo así encontrarás lo que estás buscando. Sangre, mierda y semen, no lo olvides, como cuando te dan por culo, cosa que te pierdes por no ser maricón. Y un poco de coca. Follar y esnifar sin protección. Y si la palmas qué más da. Mejor. Te hacen ceniza, te meten en una urna y arreglado. ¿Qué es lo que busca la llamada gente de orden? ¿Hacerme creer que me voy a morir por echarme un polvo? Pues vale. Lo que cuenta es poder rozar la eternidad, aunque sólo sea un instante. Que nos quemen. A Dios le da exactamente igual.

El dueño del bar me llamó aparte y me dijo que tenía un minuto para sacar a Marc de allí, de lo contrario le encargaba el trabajo a los matones. Se llevó la mano a una medalla de oro que le colgaba del cuello. Aquí somos católicos, y no nos gusta esa gentuza. Y cuando se recupere de la cogorza dile a ese hijo de puta que no se le ocurra volver a asomar el hocico por aquí.

Marc fue a decir algo, pero le tapé la boca, lo arrastré a la calle como pude, lo metí en un taxi y desaparecimos.

El negro del traje regresa sin Marc. Me asomo a la puerta, pero no hay rastro de él. Cuando vuelvo a entrar, Esmeralda está recostada en la máquina de discos, sonriendo. Alza la budweiser, y me dice por señas que me acerque. Espera a que termine la canción y entonces me coge de la mano y me saca del local. En la Novena Avenida, las sombras de las putas y los travestís se confunden con las de los árboles y las farolas. Caminamos por entre bloques de edificios y solares desiertos. En el cielo flota una luna sucia. Al cabo de unas manzanas me percato de que nos sigue un tipo escuchimizado que lleva una gorra de béisbol con la bandera de Puerto Rico.

Esmeralda se agacha sobre el bordillo de la acera y escupe un hilo de saliva, largo y viscoso, que se resiste a despegarse de sus labios, un gusano de luz podrida.

¿Qué te has metido? le pregunto.

¿De qué coño estás tú hablando? contesta con su cadencia caribeña, aún agachada. Los dientes le destellan a la luz del farol. Yo no me dedico a esto.

¿A qué?

Se levanta ágilmente.

No soy ninguna puta. ¿Está claro?

Ahora que sus ojos están a la altura de los míos reparo en que es ligeramente bizca. El semáforo cambia a verde. Lo miramos como si estuviera en la orilla opuesta de un río que no tenemos manera de cruzar. El puertorriqueño esquelético nos observa apoyado en un árbol, siempre a la misma distancia. Esmeralda echa a andar con el disco en rojo. Un coche pasa a gran velocidad, muy cerca de ella. Se escucha el jirón de un grito, seguido de un largo pitido que se desvanece en la noche. Pienso que se ha olvidado de mi existencia, y que se va sola a alguna esquina de la Avenida Once, pero cuando llega al otro lado me hace señas, apremiándome a cruzar.

Recorremos varias manzanas en silencio. De vez en cuando su mano roza la mía. En la esquina de la 23 nos volvemos a parar. A lo lejos reconozco el letrero rojo del Hotel Chelsea. Tuerzo hacia allí y me sigue sin decir nada. Pasamos por delante del restaurante El Quijote y al llegar junto al toldo rayado del hotel nos detenemos.

¿Entramos? pregunto. Una chispa de miedo le aletea en la mirada.

¿Tú crees que nos dejarán pasar?

No te preocupes, me conocen, digo, cogiéndole la mano.

Las lámparas, los espejos, el suelo de mármol, los cuadros y esculturas parecen intimidarla. Del techo cuelga una figura de papier maché pintada de verde, un coyote a punto de saltar. Esmeralda se ríe y me aprieta la mano con fuerza. El recepcionista me reconoce. Le doy las buenas noches, pero no contesta. Entramos en el ascensor. Durante todo el trayecto Esmeralda mantiene la mirada clavada en la botonadura luminosa. Los números de los pisos van saltando espaciadamente. Al encenderse el 10 se oye un sonido metálico y salimos. No tengo ni idea de lo que voy a hacer. Hasta ahora he actuado como si fuera a la suite de Sylvie, pero a partir de aquí el guión no sirve. Empujo las puertas batientes del rellano, y contemplo el largo pasillo, sepultado en la penumbra. A mi izquierda, de repente, veo el lavabo común. Siempre ha estado ahí, pero es la primera vez que reparo en su existencia. Abro. Esmeralda entra primero. Una vez dentro, me apoyo en la puerta hasta oír que queda encajada. Me quedo mirándola a los ojos. Está inerme, desarmada. Me pregunto qué ve en mí.

Primero el dinero, dice.

Meto la mano en el bolsillo. Por la mañana he cogido cien dólares del cajón de la cocina. Vislumbro denominaciones de veinte, de cinco, de diez, algún billete de un dólar. No sé cuánto habrá. Le doy el dinero sin contarlo. Me extraña que ella tampoco lo haga. Abre el bolso, minúsculo, de lentejuelas rojas, echa el fajo dentro y saca dos condones pegados. La luz del techo emite un resplandor levemente verdoso. Sobre el esmalte de loza de la bañera hay un reguero de óxido que va desde el lateral donde golpea el chorro del grifo hasta el desagüe. ¿Cuántos años tienes? Le molesta que le haga la pregunta. Diecinueve, dice a regañadientes, y se recuesta contra las baldosas de la pared. Forcejeando con las caderas, empieza a bajarse los vaqueros, luego las bragas, hasta quedar desnuda de cintura para abajo. Se abre de piernas y espera. Un vello ligero le cubre los muslos. Separa los condones con las manos. Tira uno al lavabo, abre el otro de una dentellada y me lo da. Me ayuda a ajustármelo y me acaricia el escroto. El mismo gesto que en la barra, ahora sin ropa, epidermis contra epidermis. Tiene la mano caliente y áspera y en seguida la retira. Está seca por dentro. Siento la dureza de su sexo al penetrarla. Hace una mueca de dolor y me detengo. Sigue, dice, pero no se mueve. No sé qué ve, dónde está su pensamiento. Una sombra en el pasillo de un quirófano, un cráter de la luna, la nieve de un canal de televisión después del último programa. Se oye gotear el agua del bidet. Busco sus pechos, enterrados bajo varias capas de ropa y se deja hacer. Aprieta las palmas de las manos contra los azulejos y me empuja con la pelvis. Una caverna de carne. El roce de un animal ciego contra el techo de una gruta. Un gruñido, no sé si de ella o mío. El roce es doloroso, como si me restregara los ojos con los dedos rebozados de arena. Pálpitos de sangre irrigándome la verga. Por aquí entrará la enfermedad, ojalá se desgarre el condón. La imagen de Esmeralda escupiendo en el bordillo. ¿Qué se había metido? ¿Heroína? No tiene marcas en los brazos. Seguramente la quema en un papel de plata y aspira el humo. ¿Quién es? ¿Qué historia tiene? ¿Cómo es su madre, tiene hermanos, con quién hizo el amor por primera vez, a qué edad? Ruidos de tala, un bosque que cae a golpes de sierra mecánica, pasos en la hojarasca, los ojos de un jabalí, inyectados en sangre. La respiración ¿suya, mía? Jadeos de animal, ¿míos? No puedo. Un camino abierto en una cantera de granito, polvo de mármol, cal viva. Espera, me oigo decir, espera. En el bolsillo, la petaca de vodka. ¿Quieres? El animal fuera de la madriguera, reblandecido, con los cartílagos palpitantes, como si tuviera una herida reciente. Nos ayudará a los dos, ¿quieres? No contesta. ¿Qué hay en esos ojos tan verdes? Nada, un vasto silencio vegetal sin límites, un pasillo de luz, otra vez. Sin decir nada, alarga la mano, piel áspera, olor acre ¿a mi semen? ¿a sus flujos vaginales? Bebe un trago que la estremece. Otro, dale otro. Hace lo que le digo. Se le ilumina la mirada. Por la comisura de los labios le resbala un hilo de alcohol. Ahora yo. Nos miramos de cintura para abajo. Ella sin curiosidad, pero es para borrar esos detalles por lo que he sacado el vodka, así que me bebo lo que falta, de un trago. Es como subir varios escalones de una vez. Arriba, el monte de Venus, cubierto por un triángulo de vello ensortijado, una rendija de carne viva, violentamente sonrosada, la piel gruesamente granulada. Ahora sí. Nubes, no sé dónde, en el desierto. Se ha humedecido, entro fácilmente. Empujando hacia arriba, clavando la cabeza en el fondo de la noche. Limo caliente. Por fin se empieza a mover. Se apiada de mí. Me ayuda. Me agarra con fuerza de la camisa, me empuja hacia sí, me clava las uñas en la espalda, en los glúteos, los dientes en el cuello, me frota los testículos. Nuestros movimientos adquieren un ritmo mecánico. La niña se ha hecho hembra que aúlla desde el fondo de un pozo, y me entiende mejor que yo a mí. Se hace cargo de mi cuerpo, subsana mi torpeza. Me adelanta, me arrastra tras de sí, los músculos de su vagina me aprietan el tallo del pene, sus movimientos determinan los míos, me acerca y aleja sin permitirme salir de ella, me vuelve a arrastrar, ofreciendo un fondo al que no llego. No dice una sola palabra, espera a que desfallezca encima de sus pechos, crucificado, clavado en el vacío, hasta verme caer. Cuando me quedo sin fuerza, sin empuje en la sangre, vuelve a su pasividad inicial. Lejana, inmóvil, esperando que la falta de tensión muscular me expulse de su cuerpo. Su mirada está vacía. Me ciega la luz verdosa del techo. Distingo el segundo condón, sin abrir, tirado en el lavabo. Ella se acerca al bidet y escupe, como lo había hecho antes en la acera. Tiene los muslos brillantes de una espuma mezcla de sudor y semen. Se sienta a horcajadas sobre el potro de loza y se lava. Me pregunta si me quiero lavar yo y le digo que no. Los virus, heraldos de la muerte, ¿están ya dentro de mí? Pienso un momento en Marc. ¿Estará follando con un mendigo? ¿Dónde? ¿En un water colectivo, como acabo de hacer yo, en un descampado, en el aparcamiento del Green Snot, en su apartamento? ¿Le estaría leyendo en voz alta sus poemas a un analfabeto, a un homeless, a un camionero, a un anciano desdentado, a un chapero joven, de cuerpo aguerrido, que se apresta a robarle la cartera y si es necesario a romperle la crisma?

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