Ese fue un buen período en mi existencia, a pesar de que tenía la sensación de estar suspendida en una nube, rodeada de omisiones y mentiras. A ratos creía asomarme a la verdad, pero pronto me encontraba otra vez extraviada en un bosque de ambigüedades. En esa casa las horas estaban trastocadas, se vivía de noche y se dormía durante el día, las mujeres se transformaban en seres diferentes al colocarse el maquillaje, mi patrona era un nudo de misterios, Melecio no tenía edad ni sexo definido, hasta los alimentos parecían golosinas de cumpleaños, nunca contundente comida casera. También el dinero acabó por ser irreal. La Señora guardaba gruesos fajos en cajas de zapatos, de donde sacaba para los gastos diarios, aparentemente sin llevar las cuentas. Yo encontraba billetes por todas partes y al principio pensé que los desparramaban a mi alcance para probar mi honradez, pero luego comprendí que no era una trampa, sino simple abundancia y puro desorden.
Algunas veces le oí decir a la Señora que sentía horror de las ataduras sentimentales, pero creo que la traicionaba su verdadera naturaleza y, tal como le ocurrió con Melecio, terminó encariñándose conmigo. Abramos las ventanas, para que entre el ruido y la luz, le pedí y ella accedió; compremos un pájaro para que nos cante y un macetero con helechos de verdad para verlos crecer, sugerí después y ella también lo hizo; quiero aprender a leer, insistí y ella se dispuso a enseñarme, pero otros afanes postergaron sus propósitos. Ahora, que han pasado tantos años y puedo pensar en ella con la perspectiva de la experiencia, creo que no tuvo un destino fácil, sobrevivía en un medio brutal, sumida en tráficos vulgares. Tal vez imaginaba que en alguna parte debía existir un puñado de seres escogidos que podían darse el lujo de la bondad y decidió protegerme de la sordidez de la calle República, a ver si lograba burlar a la suerte y salvarme de una vida como la suya. Al comienzo intentó mentirme sobre sus actividades comerciales, pero cuando me vio dispuesta a devorar el mundo con todos sus errores, cambió de táctica. Supe después por Melecio, que la Señora se puso de acuerdo con las otras mujeres para preservarme incontaminada y tanto se empeñaron en hacerlo, que terminé encarnando lo mejor de cada una. Quisieron mantenerme al margen de la rudeza y la chabacanería y al hacerlo ganaron una nueva dignidad para sus vidas. Me pedían que les contara la continuación de la radionovela de turno y yo improvisaba un fin dramático que nunca coincidía con el desenlace radial, pero eso no les importaba. Me invitaban a ver películas mexicanas y a la salida del cine nos instalábamos en “La Espiga de Oro” a comentar el espectáculo. A pedido de ellas, yo cambiaba el argumento convirtiendo los delicados amoríos de un modesto charro en una tragedia de sangre y espanto. Tú cuentas mejor que en las películas, porque se sufre mucho más, sollozaban ellas con la boca llena de torta de chocolate.
Huberto Naranjo era el único que no me pedía historias, porque las consideraba una diversión estúpida. Aparecía de visita con los bolsillos repletos de dinero y lo repartía a dos manos sin explicar cómo lo había obtenido. Me regalaba vestidos con volantes y encajes, zapatos de niñita y carteras de bebé, que todos celebraban porque deseaban conservarme en el limbo de la inocencia infantil, pero que yo rechazaba ofendida.
– Esto no sirve ni para ponérselo a la muñeca española. ¿No ves que ya no soy una mocosa?
– No quiero que andes vestida de buscona. ¿Te están enseñando a leer? preguntaba él y se enfurecía al comprobar que mi analfabetismo no retrocedía ni una letra.
Yo me guardaba muy bien de decirle que en otros aspectos mi cultura avanzaba de prisa. Lo amaba con una de esas obsesiones adolescentes que dejan huellas imborrables, pero nunca conseguí que Naranjo reparara en mi ardorosa disposición y cada vez que intentaba insinuársela, él me apartaba con las orejas en llamas.
– Déjame tranquilo. Lo que tienes que hacer es estudiar para maestra o enfermera, ésos son trabajos decentes para una mujer.
– ¿No me quieres?
– Me ocupo de ti, eso basta.
A solas en mi cama abrazaba la almohada, rogando que me crecieran pronto los senos y me engrosaran las piernas, sin embargo nunca relacioné a Huberto Naranjo con las ilustraciones de los libros didácticos de la Señora o los comentarios de las mujeres que lograba captar. No imaginaba que esas cabriolas tuvieran alguna relación con el amor, me parecían sólo un oficio para ganarse la vida, como la costura o la mecanografía. El amor era el de las canciones y las novelas de la radio, suspiros, besos, palabras intensas. Quería estar con Huberto bajo la misma sábana, apoyada en su hombro, durmiendo a su lado, pero mis fantasías eran castas todavía.
Melecio era el único artista digno en el cabaret donde trabajaba por las noches, los demás formaban un elenco deprimente: un coro de maricas denominado el Ballet Azul ensartados por la cola en lamentable desfile, un enano que realizaba proezas indecentes con una botella de leche y un caballero de ciertos años cuya gracia consistía en bajarse los pantalones, volver el trasero hacia los espectadores y expulsar tres bolas de billar. El público se reía a gritos con estos trucos de payaso, pero cuando Melecio hacía su entrada envuelto en plumas tocado con su peluca de cortesana y cantando en francés, reinaba un silencio de misa en la sala. No lo silbaban ni lo ofendían con chirigotas como a la comparsa, porque aun el más insensible de los clientes percibía su calidad. Durante esas horas en el cabaret, se convertía en la estrella deseada y admirada, rutilante bajo los focos, centro de todas las miradas, allí cumplía su sueño de ser mujer. Al terminar su presentación se retiraba al cuarto insalubre que le habían asignado como camerino y se quitaba su atuendo de diva. Las plumas, colgadas de un gancho parecían un avestruz agónico, su peluca quedaba sobre la mesa como un despojo decapitado y sus alhajas de vidrio, botín de un pirata defraudado, reposaban en una bandeja de latón. Se quitaba el maquillaje con crema y aparecía su rostro viril. Vestía su ropa de hombre, cerraba la puerta y ya afuera se apoderaba de él una tristeza profunda, porque atrás quedaba lo mejor de sí mismo. Se dirigía al boliche del Negro a comer algo solo en una mesa del rincón pensando en la hora de felicidad que acababa de vivir sobre el escenario. Después regresaba a su pensión caminando por las calles solitarias para tomar el fresco de la noche, subía hasta su cuarto, se lavaba y se echaba sobre la cama a mirar la oscuridad hasta que se dormía.
Cuando la homosexualidad dejó de ser un tabú y se exhibió a la luz del día, se puso de moda visitar a los maricones en su ambiente, como se decía. Los ricos llegaban en sus coches con chofer, elegantes, ruidosos, aves multicolores que se abrían paso entre los clientes habituales, se sentaban a consumir champaña adulterado, aspirar una pizca de cocaína y aplaudir a los artistas. Las señoras eran las más entusiastas, finas mujeres descendientes de inmigrantes prósperos, vestidas con trajes de París, luciendo las réplicas de las joyas que guardaban en sus cajas de seguridad, invitaban a los actores a sus mesas para brindar con ellas. Al día siguiente reparaban con baños turcos y tratamientos de belleza los perjuicios de la mala bebida, el humo y la trasnochada, pero valía la pena porque esas excursiones eran el tema obligado de conversación en el Club de Campo. El prestigio de la extraordinaria Mimí, nombre artístico de Melecio, pasó de boca en boca esa temporada, pero el eco de su fama no salió de los salones y en el barrio de los judíos donde vivía o en la calle República, nadie sabía y a nadie le importaba que el tímido profesor de italiano fuera Mimí.
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