Rosa Regàs - Azul
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Azul es la relación de una intensa pasión amorosa entre una mujer, Andrea periodista, casada y con una complicada vida social y un muchacho más joven, Martín Ures, que llega del interior de la península para descubrir un variado mundo de gentes y trabajos y, sobre todo, esa capacidad alquímica del amor que lo convierte en algo tan mutable y tan definitivamente peligroso.
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Vivía enloquecido para construir una vida en común en la que, tras la sorpresa, no parecía haber más nube que sus dudas recurrentes. A veces cuando Andrea ya se había dormido a su lado se quedaba con los ojos fijos en el techo pensando en ella. Le llenaba de orgullo que hubiera renunciado a su profesión, a su marido, a sus hijos y a su ciudad por él pero al mismo tiempo le abrumaba, y había sido tan inesperado y el desplazamiento de intereses era tan desmedido que no podía sino pensar que Carlos, aun siendo el ejemplo de hombre civilizado que siempre había descrito Andrea, había descubierto su viaje del mes de junio a Nueva York y se había cansado de tanta infidelidad. Y en la soledad que inflige la suspicacia imaginaba lo que había ocurrido. Conocía el escenario: el salón de la casa con el mar al fondo. Era por la tarde y la última luz del ocaso acentuaba la penumbra del interior. Andrea entraba con la maleta en la mano y cerraba la puerta con cuidado para evitar que golpeara. Carlos dormitaba en un sillón con el periódico en las rodillas. Ella se deslizaba furtivamente hacia la escalera que subía a las habitaciones. Carlos se desperezaba vagamente con el ruido de la puerta y se levantaba hecho una furia. Una furia, no, nunca le había visto enfadado. No era ese tipo de hombre. Se levantaba y torciendo el gesto de la boca en un rictus amargo y un tanto cínico… No, tampoco había de ser así. Quizá lo que no funcionaba era el escenario porque era junio cuando Andrea fue a verle a Nueva York y ellos no iban a Cadaqués hasta julio por lo menos. Debía de ser en su casa de Barcelona. Ella llegaba del aeropuerto. Eran las ocho de la mañana. La entrada de puntillas servía igualmente. El marido ¿estaba desayunando? No, era demasiado temprano. Estaría todavía en la cama, o mejor en el baño, con lo cual ella tendría ocasión de dejar la maleta en la entrada, cambiarse, o meterse en su cuarto con el pretexto de un terrible dolor de cabeza. ¿Qué es lo que le hacía suponer que Andrea había entrado subrepticiamente en la casa? Lo más probable es que Carlos hubiera ido a buscarla al aeropuerto. ¿Qué habría ocurrido pues? ¿Qué habría producido la ruptura?
La noche de su llegada, Andrea, escondida aún la cabeza en su regazo, le había contado con muy pocas palabras que había sido ella la que a raíz de la visita del mes de junio y no pudiendo hacer frente por más tiempo a su propia doblez se había visto obligada a elegir. Pero no dio más detalles que las disposiciones legales que su marido como abogado había convenido a su modo, eso sí lo insinuó, y a los acuerdos que habían llegado sobre los hijos que vivirían con él.
Durante todo el tiempo, casi dos años, que estuvieron juntos en Nueva York y aún después, incluso ahora en las largas horas de navegación sin saber qué hacer, había ido cambiando los escenarios y los diálogos y los había elaborado mucho más que cualquiera de aquellos guiones que escribía antes de que ella llegara, pero ni siquiera al cabo de los años había logrado una versión firme y convincente que le disputara la oficialidad a la de Andrea. Y cuando recrudecía la duda no le hacía falta cerrar los ojos para asistir a una escena tormentosa en la que el marido la esperaba en casa paseando por la habitación como un león enjaulado, dolido por una infidelidad tan prolongada que más que uno de tantos devaneos suponía una traición; porque como bien repetía a lo largo de la noche interminable era ella quien había roto el pacto que habían establecido entre los dos, y él por tanto estaba decidido a tomar represalias. Andrea entonces, derrotada, perdido el trabajo en la empresa de él, no queriendo estar sola como había dicho tantas veces, e incapaz de hacer frente a una sociedad que la había conocido triunfante, no encontraba otra solución que ir a Nueva York a reunirse con él. Porque en realidad, se decía remachando su propio dolor, ¿qué podía importarle un muchacho vagabundo, sin futuro, sin dinero, diez años más joven que ella y que no tenía más que devoción que ofrecerle? ¿Cómo, voluntariamente, podía haberle elegido a él?
A veces estaba tan convencido de la versión que había tramado su propia imaginación y se dejaba llevar de tal modo por la desconfianza, que se sumía en un mutismo prolongado y profundo, se iba alejando de ella y la dejaba sufrir como si el destino le hubiera adjudicado el papel de justiciero.
Así fue como a las pocas semanas de llegar Andrea a Nueva York desapareció dejando un simple mensaje sobre la mesa de la cocina para que no se le ocurriera avisar a la policía. Tres días estuvo ausente, tres días que pasó encerrado en un motel de New Jersey perdido en una carretera entre tinglados cerca del Hudson con una actriz que había conocido hacía varios meses en un rodaje, amándola con brutalidad e insistencia como si con ello hubiera podido paliar su despecho.
Cuando volvió encontró el cuarto cerrado con llave. El apartamento era reducido y oía su respiración tras la puerta sobre el fondo de frenazos, bocinas y sirenas. Sacudió el tirador no por querer forzarlo sino por darle a entender que había vuelto.
– Andrea -dijo quedamente haciendo bocina en el quicio de la puerta-, Andrea, abre.
Pero no hubo más respuesta que el chirrido de un muelle del colchón. Se ha dado la vuelta, pensó. Miró por el ojo de la cerradura: el anuncio luminoso que recorría la esquina del edificio lanzaba intermitencias de color sobre un segmento de la pared, los pies de la cama y el suelo. La cabeza estaba en la penumbra pero alcanzó a ver cómo metía el brazo bajo la almohada y se cubría el hombro con la sábana, como hacía siempre, incluso los días en que no se podía soportar el calor de la calefacción, porque decía que necesitaba peso para dormir.
– Andrea -repitió-, abre, por favor, abre. -Golpeó la puerta-: Abre. Te lo ruego, te lo contaré todo. Déjame que te lo cuente.
Chirrió el muelle otra vez.
– Andrea -repitió aún, casi en un susurro, pero cuando se convenció de que era inútil seguir llamando y se vio a sí mismo aplastado contra la puerta recitando una súplica que se había convertido en estribillo, se dejó caer en el sofá desvencijado que ambos habían recogido de la calle a los pocos días de su llegada cuando sólo las lágrimas de sus ojos miopes enturbiaban un presente que ahora le parecía irrecuperable y permaneció atento al indescifrable sonido del aire, concentrado en la habitación, en las sábanas que tan bien conocía y en la mujer que yacía entre ellas a la que nunca había amado tanto.
Nada rompió la densidad de aquel silencio que alejaba el metálico rumor de la calle, y rendido de cansancio y de dolor y de la carencia que trascendía la medida de su deseo, se le cerraron los párpados y sucumbió a la duermevela del que no quiere dormir pero le vence la somnolencia a cabezadas, hasta que casi al amanecer traspasó la puerta un breve suspiro o quizá un sollozo contenido. Sólo entonces se abandonó al sueño mecido por el balanceo consolador del dolor ajeno.
Aunque al día siguiente ella amenazó con irse, la reconciliación que siguió fue tan esplendorosa que se convirtió en una pauta, un modelo de comportamiento al que él habría de recurrir ávido no tanto para desterrar el remordimiento y alcanzar el perdón por las infidelidades a las que se lanzaba cuando aparecía de nuevo el fantasma de la duda que ya no había de dejarle en paz, cuanto por recobrar la seguridad y disponer una vez más de la confirmación de su amor que en esas ocasiones desbordaba la plenitud de los primeros tiempos y aun superaba los espectaculares paraísos que había construido en las quimeras de la añoranza. Hasta tal punto que muchas veces se preguntaba si lo hacía realmente empujado por la incertidumbre o bien para espolear, con el sufrimiento que provoca la traición, la posterior reconquista y la concordia que no hacían sino acrecentar su vehemencia cuando ella le convencía una vez más de que había renunciado a todo por compartir su vida miserable.
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