Rosa Regàs - Azul
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Azul es la relación de una intensa pasión amorosa entre una mujer, Andrea periodista, casada y con una complicada vida social y un muchacho más joven, Martín Ures, que llega del interior de la península para descubrir un variado mundo de gentes y trabajos y, sobre todo, esa capacidad alquímica del amor que lo convierte en algo tan mutable y tan definitivamente peligroso.
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Y esa forma de acabar las frases añadiendo «corazón» que utilizaba en público con un tono desenvuelto y natural y que diez años después todavía le producía un vago escalofrío de desazón como el chirrido del tenedor en la porcelana o el rasguño de la tiza en la pizarra. Nadie se daba cuenta del leve gesto de impaciencia visible únicamente por un conato de mohín en la comisura del labio superior, o por el cambio de una mano a otra del objeto que estuviera sosteniendo, tal vez porque los años los habían convertido en una reacción automática, un simple resorte de respuesta despojado ya del desagrado que lo provocaba. Quizás sólo ella lo captaba, quizás era ese breve y casi agotado movimiento de rebelión lo que la hacía insistir con una tenacidad que sólo cedería cuando el temblor involuntario del labio superior no fuera visible ni siquiera para ella.
– Siéntate a cenar, corazón -repitió dulcemente-. Te estábamos esperando.
Pero antes de que ocupara la silla cambió el tono:
– ¡Dios Santo! ¡Cómo te has puesto! -Y más inquisidor aún-: ¿Qué has estado haciendo?
Tenía todavía polvo en los brazos y el agua de la fuente no había hecho más que convertirlo en reguerones de lodo que el calor había secado dibujando arabescos en la piel.
– Nada, no es nada, tropecé y caí, eso es todo. -Y para que nadie pudiera verle la pierna se sentó a devorar los pimientos y berenjenas que Giorgios le acababa de servir. Pero antes bebió un gran vaso de vino de resina para calmar la sed y porque quería tranquilizarse.
Con la pierna herida bajo la mesa, oculta la mancha de sangre, había apenas recobrado la calma cuando por una callecita del fondo de la plaza apareció la vieja. Caminaba al mismo compás que durante la subida y el descenso y por un momento creyó que se dirigía hacia ellos. Pero pasó de largo sin ni siquiera mirarlos. Tras ella, con cautela, como si temieran alcanzarla, la seguía un grupo de gente y más lejos caminaba en la misma dirección el pope que ahora, entre el griterío y sus propios aspavientos y voces, había perdido la ebria majestad de unas horas antes cuando su paso por la plaza más parecía un desafío al universo entero que el camino rutinario hacia su deber de campanero. Le acompañaban el jefe del destacamento y un soldado, ambos con el rostro brillante de sudor, abierta la camisa caqui del uniforme y desgarradas las charreteras por el uso y el tiempo.
Fue Pepone, que se había levantado de la mesa para acercarse a ellos, quien al volver les contó lo que ocurría: había desaparecido uno de los perros del pope, dijo, y ahora corrían todos tras la vieja porque decían que ella era la culpable. Martín bebió otro vaso de vino pero no habló y apenas miró lo que ocurría; como si estuviera ocupado en quitarse un pellejo de la uña mantenía la vista fija en el dedo y parecía oír distraídamente las explicaciones de Pepone.
– Son perros que excepto cuando pasean con el pope o le acompañan al campanario rondan por el pueblo. Conocen a todo el mundo y sólo ladran a la vieja, quién sabe qué es lo que les turba o molesta en ella. -Se detuvo un momento satisfecho de la atención que provocaba. La plaza estaba silenciosa de nuevo pero aún podía oírse a lo lejos el griterío que se alejaba tras la mujer-. Aunque tienen aspecto de perros fieros no lo son -añadió- y estoy convencido de que el pope los lleva a su lado no como protección sino para hacerse respetar y temer, del mismo modo que se pone las vestiduras para los oficios y adquiere así la majestad que la naturaleza le ha negado. El pope es quien manda en esta isla -continuó-, el pope y su amigo, el jefe del destacamento, uno de los que iban con él. Aquí no hay más policía que ellos.
– ¿Y por qué suponen que la vieja ha matado al perro? ¿Qué puede haber hecho con él? -preguntó Andrea.
– Dicen que la vieja es bruja -explicó Pepone, que apagaba ahora su cigarrillo y recogía la gorra dispuesto a irse-, y que tal vez harta de que le ladrara le ha echado mal de ojo o un sortilegio, quién puede saberlo. Lo cierto es que el perro ha desaparecido y ella tiene sangre en la orla de la saya. -Se levantó y saludó con la mano-. Volveré mañana. Adiós. -Y desapareció por la misma calleja que los demás, perdido como ellos en el silencio y el bochorno de la noche.
V
– ¿Nos vamos a dormir? -preguntó Leonardus-. No parece que en este pueblo haya mucho más que hacer. -Chasqueó la palma de la mano en el muslo de Chiqui y se echó a reír.
– Quita, ya -dijo ella de malhumor.
Martín echó mano de la cartera para ir a pagar la cuenta pero en el bolsillo del pantalón no había más que unos billetes arrugados y varias monedas. Recordaba muy bien haberla cogido del estante de su camarote cuando Chiqui había ido a buscarles aquella tarde. Además, había pagado la cinta al hombre del mercado, ¿dónde la habría metido?
De repente sintió un frío intenso en las sienes porque la memoria enarboló lo que la conciencia no había recogido entonces y oyó distintamente el chasquido de un objeto que caía al suelo en el mismo momento en que había sacado el pañuelo del bolsillo para limpiarse la herida sin atender a nada que no fuera el dolor en la pierna. Allí habría quedado la cartera. Hizo un gesto a Leonardus para indicarle que se había olvidado el dinero en el Albatros y entretanto intentó recordar qué es lo que había en ella que pudiera delatarle. No había documentos, pero ¿estarían las tarjetas de crédito o las habría dejado en el barco junto con el pasaporte? Sin embargo dos o tres días antes habían ido a tierra en la chalupa, habían cenado en un restaurante de la playa y él había pagado la cena con tarjeta. No recordaba el nombre del pueblo, Kinik o Kalkan, algo así. Fue la noche en que Leonardus harto de la discusión que mantenían Andrea y Chiqui se había ido a tomar el café a la terraza.
– Esos debates feministas, esas excusas para esconder la debilidad, no pueden interesarme menos -había dicho al levantarse.
– No son excusas ni debates feministas -replicó Andrea un poco tensa-, son la verdad. Lo digo y lo repito, una mujer sola ha de trabajar dos veces lo que trabaja un hombre para sobrevivir, en todos los sentidos.
– Pues no tiene más que buscarse compañía -dijo él sonriente ya casi en la puerta-, y eso es fácil. -Y añadió volviéndose-: Os espero fuera, tomando el fresco.
Fue entonces al ir a pagar al mostrador cuando Martín había sacado la tarjeta de la cartera, lo recordaba bien, agradecido casi de tener un pretexto para alejarse de la mesa.
– Y además -seguía enfurruñada Andrea por la partida de Leonardus, como si continuara un debate iniciado muchos años antes- una mujer sola, socialmente no existe.
Chiqui la miró con sorna:
– Eso será entre la gente de tu edad y en tu mundo. Yo estoy sola y existo -dijo.
Y respondió Andrea con la invectiva suspendida en la voz:
– No parece que estés tan sola.
– No estoy sola en vacaciones, pero sigo sin marido ni amante ni siquiera novio, si es de eso de lo que estamos hablando, y aun así sigo existiendo. -Y se alejó también.
Entonces Andrea, sola en la mesa, para ser la última en hablar, levantó la voz más como una amenaza que como una premonición y dijo casi para sí misma:
– Espera y verás -y se puso a hacer barcos y pajaritas con la servilleta de papel.
Desde el mostrador Martín había temido que Andrea se echara a llorar como había ocurrido la tarde de los delfines. Pero al poco se levantó y salió afuera con los demás ya calmada.
Él había pagado entonces en el mostrador y se había guardado la tarjeta y el comprobante en la cartera. Andrea había estado demasiado enfrascada aún en sus pajaritas y en su propia irritación para recogerla como hacía a veces cuando insistía en que él la iba a perder o a olvidar sobre la mesa como había ocurrido en tantas ocasiones.
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