Pasamos por encima de los puentes que nos hacían poco menos que sobrevolar los ríos o los cultivos de arroz de Galliate y Villebano, y que nos permitían dejar detrás de nosotros nombres que perdurarán siempre; nombres como Greggio o como Stura di Lanzo o como Dora Riparia; nombres de ríos que transcurren lentos y plácidos por entre islas de blancos cantos rodados sobre los que se posa la luz de una forma imposible de considerar en mi nueva tierra de Brión, y que preceden al nombre, total y definitivo, del Fiume Po, ya antes de llegar a la propia ciudad en la que lo nutren; en sus cercanías, luego de festonearlo, o después de haberlo penetrado, al llegar al Ponte Amedeo IX, para resurgir en el de Alberto Belgio.
Entramos por el Corso Giulio Cesare, una vez abandonada, sin trauma alguno, la autopista A4 para poder llegar prácticamente hasta el centro de la ciudad sin tener que desviarnos. Y así fue hasta llegar a la Piazza della Repubblica que atravesamos sin pausa ni tregua semafórica, mientras que, desde distintos ángulos y, luego de un callejeo alegre y fácil, podíamos observar desde el coche, la Catedral, la Mole Antonelliana o la Porta Pallatina; porque ya habíamos pasado por la Piazza Castello o lo habíamos hecho por el Corso Emilia.
Era agradable poder ir haciendo pequeños alardes de erudición con la muchacha rubia al lado. Cuando dejé caer el pertinente comentario acerca de la Sábana Santa de la Catedral de Turín, pude observar su rostro atento, lo agudizado de su mirada, lo expectante de su actitud y no dejé de conmoverme. ¡¿Qué importará que sea verdadera o no la Santa Sábana, si induce miradas como la de Xana, si la gente opta por creer que sí lo es y si de ahí no hay quien la saque?! Ojalá sea verdad, ojalá sea cierto que envolvió el Santo Cuerpo de Jesús y ojalá sean ciertas todas aquellas otras creencias y todos cuantos ejemplos, hechos históricos o leyendas ayuden a que el ser humano sea mejor y más persona. Xana sonreía mientras yo hacía mi soflama de fe en la vida y, acaso también de esperanza, puestas en un futuro ciertamente no muy lejano.
Pero no creo que eso fuese todo; siempre pensé que no hay futuro; sino que el futuro es, única y exclusivamente, el presente que deseamos. Y si eso es cierto, si es cierto que el futuro es el presente que deseamos, estábamos en Turín y Xana, a mi lado, seguía sonriendo.
Desde la Piazza Castello pudimos ver, siguiendo la Via Po, la Piazza Vittorio Véneto y, a través del puente Vittorio Emanuele I, la Piazza di Gran Madre de Dio, la que algunos, dada su grandeza y desconocimiento de idiomas, llaman de la abuela de Dios, y también entonces pude hacer mi pequeño alarde.
De la Piazza Castello fuimos ya, festoneando calles, hasta la Via Carlo Alberto a un muy pequeño hotel al que yo tengo en gran aprecio. Cerca ya de nuevo de la Piazza Carignano, en el Grand Hotel Sitea, nos depositó el coche. Justo al final de todo empezó a funcionar el aire acondicionado y la expresividad manual de nuestro conductor experimentó un cambio que la aproximó a la dulzura del vuelo de la mariposa que se posa suavemente. Y no a otro.
Llegué sudoroso, pero ávido de recorrer la ciudad. Ordené subir los equipajes a las habitaciones y comenté con Xana que, lo mejor que podíamos hacer, sería irnos los dos solos a comer allí cerca a un restaurante que esperaba que no hubiese sido cerrado; pues malo sería que si permaneciera abierto desde 1757 fuese a coincidir, precisamente aquel día, con el de la fecha de su quiebra económica. Xana se reía, quiero creer que sin fingimiento, cada vez que yo decía alguna tontería semejante. Era cierto que estaba disfrutando. Los meses en Brión, en la serenidad de la Casa de la Santa, me habían devuelto la imprescindible curiosidad que nos lleva a reconocer lo sabido como recién descubierto e igualmente lleno de sorpresas. ¡Cómo se puede entusiasmar un viejo a la vista de lo perdurable!
Al lado del teatro Carignano está el «caffe ristorante del Cambio» y allí introduje a Xana mientras le explicaba que en aquel lugar se habían cambiado las monedas, durante años, de los que venían en la diligencia procedente de París y que, desde hacía más de doscientos años, era un restaurante hermoso y de buena cocina. Entramos al salón y, Xana, se quedó maravillada de las dos enormes lámparas que penden del techo, del silencio que se había posado en los enormes cortinones de tela roja o sobre los doseles del mismo color que festonean los espejos. Hice que se sentase a la mesa que hay, entrando a la derecha, luego de la puerta que comunica con otro comedor interior, acaso menos hermoso, en el mismo sitio en el que lo hizo, durante muchos años, Camilo Cavour. Yo me senté enfrente de ella, de forma que podía observarla placenteramente en los diferentes ángulos y perspectivas que le proporcionaban los espejos. Era una situación hermosa.
Habían tenido que pasar tantos años y tantas cosas para que, la nieta de quien cogió la mano muerta de mi padre, llegase a Turín, a comer en aquel sitio, que decidí encargar algo que, ambos, pudiésemos recordar. Realmente me excedí, pero en sus últimas consecuencias la comida resultó frugal. Fue un menú muy italiano en su concepción y servicio: «Insalata di fagiano al tartufo nero», «Fricasea di pesci e crostacei con asparagi», para empezar y poder seguir con «Ravioli di melanzane al pomodoro e basilisco» y luego ya un «Cosciotto d'agnello in salsa Grand Veneur» con «Giardinetto di legumi» y terminar con un postre a base de «Tulipasno di frutta con zabaglione» y «Caffé» lo que, indudablemente no es lo mismo que «Café» ¡qué le vamos a hacer! Todo ello regado en abundancia con un «Bianco dei Roeri 1989» y un «Nebbiolo selezione del Cambio 1988». Un menú largo y estrecho que se dice ahora.
Salimos de allí algo tarde, al menos para una mente italiana, pero quiero creer que felices, los dos, y satisfechos. La tarde era nuestra y ni se me ocurrió pensar que ella podría estar cansada. La suponía víctima de idéntica excitación que la mía, consciente de las muy pocas horas que hacía que habíamos abandonado Madrid y del cambio que nuestras vidas habían experimentado. ¡Cómo podría querer encerrarse en un hotel! Ni yo mismo me acordaba del verdadero motivo de nuestra estancia en Turín. Lo único que quería era recorrer sus calles, enseñarle a Xana los cafés que pueblan la ciudad y excitar su curiosidad con una lluvia de datos que, es indudable, le serían muy difíciles de retener, pero que a mí me facilitaban el placer que da el compartir aquello que posees. Y todo lo que yo poseí siempre, acaso lo único de lo que desde niño fui dueño, fueron sensaciones y datos, asentados sobre una memoria eminentemente gráfica que tuve que contener y someter a otra auditiva que siempre latió en mí bajo el síntoma de su necesidad.
Regresamos por la Via Carlo Alberto, torcimos a la derecha por la del Principe Amedeo, luego a la izquierda por la Via Roma y, desde debajo de los soportales, fuimos asomando de forma paulatina, a la contemplación de las iglesias de Santa Cristina y de San Carlos, al fondo la Porta Nuova, en la Piazza que lleva el nombre del santo de la segunda de las iglesias.
No era la hora más apropiada para sentarnos dentro del «Caffé San Carlo», pero hice que Xana curiosease en su interior, completamente vacío en aquel momento, que viese la enorme lámpara y la tenue claridad que invade todo aquel ámbito. Un camarero amable le regaló una colección de postales del recinto, finamente metidas en un sobre en el que, la hermosa araña de luz, figuraba troquelada como logotipo del café y luego nos sentamos en el exterior, debajo de los soportales, dispuestos a contemplar la plaza y el ir y venir de la gente a aquella hora.
Empecé a impacientarme en seguida. Por delante de nosotros, en un sentido y otro, circulaban grupos de jóvenes dispuestos a pasar la tarde, de un día que debía de ser festivo, caminando alrededor de la plaza o a lo largo de ésta y los soportales de la Via Roma. No era un espectáculo gratificante en extremo. En cada uno de los grupos y según su número de componentes, un muchacho o dos llevaban en su mano la radio desmontable de su automóvil. Jamás habíamos visto tal cantidad de radios desmontables. Xana se rió y comentó que debía de haber un tenderete de alquiler de radio-casetes desmontables, completamente vacío, en la esquina de alguna calle cercana a la plaza o en un portal oculto y oscuro o en algún otro lugar insospechado para que los jóvenes horteras pudieran ofrecer a la vista de sus cortejadas la equívoca existencia de un automóvil que todavía no tenía otra entidad que la meramente imaginativa.
Читать дальше