Cuando se calmó la algarabía organizada por mi impulsividad incontrolada, pusieron un nuevo mantel que sustituyese al que yo había arrastrado detrás de mí, al levantarme bruscamente y con todo lo que tenía encima, pero ya no quisimos el té. Xana sonriendo pidió otra cosa y le sugerí unos pasteles y unos caramelos especialidad de la casa y muy famosos, por cierto. Aceptó y continuamos allí un buen rato, pero ya no volvió a retener mi mano entre las suyas; a pesar de que me entró una temblequera que tardó en desaparecer bastante tiempo. Se debió de sentir liberada de la hasta entonces irreprimible tendencia de los de su familia a retener entre sus manos las de la mía.
Creo que desde allí regresamos directamente al hotel. No lo recuerdo, pero debió de ser así. Todavía insistí en que recorriésemos la ciudad durante un rato e incluso debí de porfiar en que fuésemos al museo egipcio a ver momias y otras calamidades, pero no me hizo caso. Algo se había roto en el café y, a partir de aquel instante, todo serían componendas producto, si no de la buena educación sí, al menos, de la curiosidad por ver una ciudad que no se conocía y consecuencia de la inevitabilidad de tener que compartir un ambiente al que, de una forma habitual, muy poca gente tiene acceso, con la persona que te puede facilitar precisamente la entrada en él.
En realidad cuando pienso así es ahora. Aquéllos fueron otros días, distintos, en los que la ilusión me invadió de nuevo y las ganas de vivir me dolían hasta el gozo. Creía que de tanto desearlo y sólo con ello, era suficiente para que mi organismo se regenerara a la par que lo hacía mi mente. Tan ilusa es la voluntad del hombre que se entretiene con una mirada ajena, por muy dulce que ésta sea, y sospecha que la fe mueve montañas. ¡Ah, la voluntad del hombre! Cierto es que, gracias a ella, la humanidad avanza. Cierto es que lo hace hacia su propia destrucción. ¿A dónde, si no, se encamina?
Tesis, antítesis, síntesis. Ja. Como que la síntesis va a ser la desaparición de las clases, del estado, el paraíso marxiano en el que nadie oprima a nadie, nadie explote a nadie y todos seamos angelitos: la gloria eterna. Ésa va a ser, de forma exacta e ineludible, la conclusión a la que lleguemos; a la gloria eterna. Al fin de todo. A la gran apocalipsis. A la desintegración total. A eso, justamente.
Pero durante aquella tarde y durante algunas de las que le siguieron, diría incluso que durante alguna semana, o tan sólo durante unas horas, las que mediaron hasta que se publicó la fotografía que nos mostraba en la cariñosa actitud de estar cogidos de la mano y, acto seguido, Xana, desapareció discretamente; hasta entonces, hasta ese preciso instante, tuve la osadía de pensar que la música ya no era un refugio contra nada, que la música no era un arma contra nada y que, a última hora, pero todavía a tiempo, una mujer había entrado en mi vida.
Llegamos de regreso al hotel y fue cuando descubrí los cambios experimentados. Había querido ir allí, alojarme de nuevo en el Sitea, llevado de la mano de los recuerdos y con la dulce intención de poder retrotraerme emocionalmente a las escapadas, de curita rico y con posibles, que hacía desde Roma para hospedarme en él y asistir, desde aquel mi cuartel general de operaciones, a mis clandestinos encuentros con las putas en algún lugar vecino que la voluntad se niega a extraer de la memoria, porque permanece en ella dotado de total nitidez, adornado de toda la claridad que proporcionan los momentos gratos, desinhibidos, que en él pude vivir.
Abandonaba la ropa talar en el hotel romano, vecino del café Greco, el Hotel D'Inghilterra, y volaba, literalmente volaba, a Turín, a consumir el tiempo, repartido entre los cafés y las putas, entre las excursiones a los Alpes y las tardes placenteras olvidado en alguna taberna de aldea, oculta al pie de una langhe, al pie de una de las hermosas colinas que se extienden como olas de un apacible mar de fondo, de un apacible y verde mar tendido.
Todo esto se lo hubiese contado a Xana aquella tarde, de regreso en el hotel, o camino de él, de no haber surgido el flash fotográfico maldito. Pero no pudo ser así; llegamos y propuse quedar un momento en el bar que hay, al entrar en el vestíbulo a la derecha, pero el temor a nuevos periodistas lo impidió. Le sugerí a Xana que subiese ella, primero, que ya lo haría yo, después, y que dejase sin cerrar la puerta que comunicaba nuestras dos habitaciones. Podríamos ver la tele y cenar un sandwich juntos. Todo volvía a ser igual que antes y, sin embargo, todo había cambiado.
Me di cuenta en el preciso instante en que, un periodista emboscado en el vestíbulo, me abordó preguntándome:
– ¿Qué me puede decir del concierto, maestro?
Porque yo no había ido allí por causa de ningún concierto. Sin saberlo, había acudido a enamorar a alguien a destiempo.
Me demoré un buen rato, queriendo granjearme la amistad y la benevolencia del periodista, con la muy interesada intención de contrapesar la violencia habida con su compañero gráfico no hacía mucho tiempo, y por disfrutar de nuevo de algo de lo que voluntariamente había prescindido durante los últimos meses. Cuando subí a la habitación, me había excedido en el consumo de whisky; llamé, con suavidad y con una picardía de formas absolutamente senil y ridícula, en la puerta de Xana; pero Xana se había dormido. Me dirigí a mi cama, encendí el televisor, me tumbé vestido y, viendo no sé qué programa de televisión, me quedé profundamente dormido.
Sí, si se quiere, eso es triste, como todo es triste en la Naturaleza cuando se lo mira de cerca. Sucederá así mientras no sepamos su secreto o si tiene alguno. Y si algún día averiguamos que no tiene ninguno o el que tiene es horrible, entonces nacerán otros deberes que quizá aún no tienen nombre. Mientras tanto, que nuestro corazón repita si quiere: «Eso es triste», pero que nuestra razón se contente con decir: «Eso es así».
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Tercero, Cap. XXIV.
No me desperté temprano, ni mucho menos. Sospecho que, a mi edad, debiera de haberlo hecho y que, aun por encima, debiera de haberme despertado de buen humor, ligero de ánimo, feliz de ver un día más; pero no suele sucederme ser así. Duermo mucho; mucho y de forma muy pesada, de manera que acostumbro a despertarme malhumorado y con unas ganas, algo más que sublimes, de gruñir y de deleitarme en mis propios gruñidos en lo que, al menos para mí, significa una de las más peculiares expresiones del sentido del humor que me domina. Nadie me lo creería, de poder explicárselo, pero lo cierto es que me divierte el comportarme así, cuando me dejo invadir, sin prevención de ningún tipo, por el placer de observar los ojos atónitos de quienes me contemplan, recién levantado de la cama, apenas entreabiertos los párpados, hasta aproximadamente la hora de comer o, justo antes, de tomarme un aperitivo. Durante ese tiempo gruño y disfruto haciéndolo, creando tensión innecesaria en quienes tienen la desgracia de permanecer cerca de mí, mientras me debato entre el malhumor y el goce de saber que, a mis años, disfruto de la cama, de no menos de ocho horas de sueño y que, gracias a eso y a pesar del mal que me consume, me mantengo todavía joven.
Me incorporé e instintivamente busqué el olor de Xana como si, desde mi habitación, pudiese ventearlo de igual modo que un perdiguero lo hace con su presa. Me apoyé sobre mi codo derecho y permanecí con la cabeza levantada, manteniendo la nariz en la orientación de la puerta que comunicaba mi cuarto con el suyo, mientras imaginaba los olores que le serían propios, agridulces los más, tibios casi todos a esta hora de la mañana. ¿Permanecería aún en el lecho? Consulté el reloj y deduje que difícilmente; por eso me levanté con alguna precipitación, pero no con la necesaria como para haber eludido el sonar del teléfono mientras me duchaba: llevaban esperándome tiempo más que suficiente como para estar hartos de hacerlo y preocupados de tener que continuar haciéndolo: la orquesta me esperaba para mi primer ensayo con ella.
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