Daba igual… Secretos de la Sección Femenina. El caso es que todo funcionó a la perfección y que a las ocho en punto todo el mundo había acudido a la cita. Entre las chicas figuraban las hermanas de Miguel Rosselló, Chelo y Antonia. En total, unas diez parejas. Una sola ausencia: Agustín Lago. Agustín Lago recibió también la cartulina, pero se excusó por teléfono. Asunción comentó: "Será por el brazo amputado". Pilar negó con la cabeza. "No creo. Tengo la impresión de que las mujeres no le interesan". Marta exclamó: "¡Peor para él!".
El baile dio comienzo en medio de un clima de euforia. El capitán Sánchez Bravo impresionó favorablemente a todos. Tenía realmente buena facha y no era de extrañar que doña Cecilia, que lo trajo al mundo, se pirrara por él. José Luis se olvidó de Satán y andaba asustando a unos y a otros con un 'espantaviejas'. Chelo Rosselló se había colocado una flor en el pelo. ¡Asunción habría arramblado para la ocasión con todos sus escrúpulos! Lucía un bonito broche sobre la camisa azul. En conjunto, la fiesta tenía un aire bufonesco que sin duda hubiera encantado al padre Forteza.
La gramola era mala y los discos estaban rayados. ¡Qué importaba! Baile de los ex combatientes… Juventud. Mateo y Pilar se besaron y se oyó un ¡oh! de protesta. Ignacio besó a Marta y la reacción fue curiosa: hubo aplauso general. Apareció por allí Jorge de Batlle, solitario, y su entrada provocó un momento de silencio. El huérfano se dio cuenta y desapareció… Alfonso Estrada, que pese a haber asaltado parapetos era imberbe, bailaba torpemente, a trompicones. ¡Tanto mejor! El capitán Sánchez Bravo y Chelo Rosselló hicieron una exhibición bailando el tango: Esta noche me emborracho… que por cierto era uno de los preferidos de Carmen Elgazu.
¿Y el camarada Dávila? "¿No vendrán el camarada Dávila y María del Mar?". Ay, qué lástima, nadie se acordó de invitarlos… En cambio, de pronto irrumpieron en el local el teniente jurídico Manolo Fontana -el preferido de Pablito- y su esposa, que se llamaba Esther. Ignacio no podía sospechar hasta qué punto la presencia de esta joven pareja iba a resultar decisiva para él. Sin duda realzaron con su porte el tono de la reunión. Manolo tendría unos treinta y dos años y llevaba una barba a lo Balbo. Exhibía varita de bambú y fumaba tabaco rubio. Le dijo a Ignacio "¡Tanto gusto, monsieur Alvear!". La esposa de Manolo, Esther -veintiocho años, muy hermosa y madre de dos hijos- llevaba un peinado cola de caballo. Por un momento eclipsó a las demás, con sus ojos glaucos y su precioso talle. Era de Jerez de la Frontera, patria del padre de José Antonio. Mateo, que la conocía mucho, le susurró a Ignacio: "Esther se ha educado en Oxford… ¡Es anglófila!".
¡Qué importaba!… Fueron dos horas de camaradería, de amistad. De pronto, Marta advirtió que ya no quedaban un solo bocadillo ni una sola botella. Y todo el mundo aseguró sentir un hambre atroz…
Se propuso una tregua e Ignacio y el camarada Rosselló, previa la consabida colecta, salieron dispuestos a reponer la despensa.
Y he ahí que al regresar, cargados con dos enormes bolsas, se encontraron con que el clima de la reunión había cambiado por completo… Por lo visto se había producido un incidente. Mateo y Marta -algo menos José Luis- ofrecían un aspecto rígido. Por su parte, Manolo y Esther habían adoptado un aire un tanto pedante.
– ¿Qué ha ocurrido? ¡Traemos jamón y cerveza!
Tales palabras sonaron a hueco. ¡Ah, el tema de siempre! Alfonso Estrada, muy aficionado a la música, había tenido la peregrina idea de traer consigo un disco… no bailable. Un disco que requisó en un pueblo aragonés y que contenía una selección de himnos 'rojos', muy hermosos, a su entender.
Aprovechando la tregua había propuesto escuchar dichos himnos y se desencadenó la tempestad. Mateo y Marta se negaron rotundamente. En cambio, Manolo y Esther se mostraron partidarios de ponerlos. La cosa degeneró en polémica. Alguien preguntó: "Pero, ¿qué ocurre?". También se oyó la palabra "fanatismo". Finalmente Mateo, en un exabrupto, cogió el disco, lo partió contra su rodilla y tiró los pedazos a un rincón…
Entonces Esther, después de acariciarse su peinado cola de caballo, se dirigió a recoger los pedazos y se los entregó a su infortunado dueño, Alfonso Estrada, diciéndole: "Lo siento, chico… Pero procuraré que me manden otro igual desde Gibraltar…"
Fue en ese momento cuando Ignacio y Rosselló entraron con sus bolsas de jamón y de cerveza… Al enterarse de lo ocurrido, Ignacio hizo un gesto despectivo.
– Pero todo esto es una idiotez, ¿no os parece? -exclamó.
Mateo comentó, simplemente:
– Lo blanco ha de ser blanco y lo negro, negro.
El capitán Sánchez Bravo intervino. Sus tres estrellas adquirieron en aquel momento una gran dignidad. Propuso olvidar el asunto y terminar la fiesta en paz. Por su parte, Alfonso Estrada, que jamás imaginó provocar todo aquello, pidió excusas a unos y a otros con una expresión tan sincera que predispuso los ánimos a cancelar la disputa.
Entretanto, Pilar se había acercado a la gramola y había Puesto en marcha una rumba… El ritmo se apoderó del local.
Acto seguido, Miguel Rosselló, que cuando se lo proponía sabía hacer el ganso, se acercó contoneándose a Marta y la invitó a bailar. Marta, haciendo de tripas corazón, accedió.
Aquélla fue la señal. Minutos después todo el mundo se había apareado e iba moviendo la cintura. Ignacio, entretanto, iba recordando la respuesta que el Gobernador le dio a Mateo cuando éste le dijo que "la política era homicida". El Gobernador había contestado: "Pero nos morimos a gusto, ¿verdad?".
La ciudad de Figueras, tan próxima a la frontera, había de significar para Ignacio algo así como lo que antaño significara Para él la entrada en el Banco Arús: el súbito contacto con un mundo desconocido. Apenas se apeó en la estación, llevando en la mano un sobre verde en el que estaban anotadas las señas del Servicio de Fronteras, relacionó lo que veía con lo que viera al incorporarse al Banco Arús: un determinado número de "caracoles humanos", al mando de un jefe. En el Banco, los "caracoles humanos" eran los empleados, y el jefe el Director; en Figueras, los "caracoles humanos" eran toda la población, y su jefe el coronel Triguero, nacido en Sevilla, cincuentón, separado de su mujer.
Figueras era un pequeño Cafarnaúm. Las calles rebosaban de tropa, de guardias civiles, de vendedores ambulantes y de chatarra. Muchas bicicletas, en cuyas ruedas, incrustados entre los alambres, tableteaban cartoncitos triangulares pintados con la bandera nacional. Muchos camiones, transportando hombres con aspecto de prisioneros. Sonaban las ambulancias, abriéndose paso. Ignacio pensó: "Diríase una ciudad muy próxima al frente". Innumerables letreros ponían: "Prohibido pasar".
El coronel Triguero era, en efecto, un "tipazo" tan singular que mientras rasgaba el sobre verde que había tomado de las manos de Ignacio, iba formulándole al muchacho, atropelladamente, toda clase de preguntas:
– ¿Cómo está el camarada Dávila? ¿De dónde eres? ¿Te ha gustado este pueblo? ¿Crees que en esta pocilga se puede trabajar?
Ignacio escuchaba al coronel con expresión divertida. Tuvo que mirarlo tres veces para cerciorarse de que no llevaba patillas. Era alto y fornido, pero Ignacio le gastó, como solía hacer con los militares, una mala pasada: lo imaginó vestido de paisano. Y el resultado fue espectacular. Le pareció mucho más bajo, menos seguro de sí y como si le hubieran regalado el traje.
– ¿Cómo te llamas, eh?
– Ignacio Alvear.
Al oír la voz del muchacho, el coronel Triguero se dignó mirarlo a la cara. Y entonces su actitud cambió. Abrió la boca como si estuviera tocando el clarinete. Evidentemente se había calmado, pues formuló sus preguntas por orden y de manera espaciada. E Ignacio se las contestó con tal precisión, que al final el coronel Triguero exclamó:
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