José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Montse, la rechoncha criada, no creía que la solución estuviera ahí. Montse pensaba que lo que le faltaba a aquel hombre era una mujer. "Lo que le convendría al señorito -se decía para sí, y cualquier día se lo soltaría por las buenas-, sería volverse a casar con una mujer joven y tener hijos". También 'La Voz de Alerta' había pensado en ello; pero había que dar tiempo al tiempo y esperar a que se difuminase un poco más el recuerdo de Laura.

Otro de los momentos en que 'La Voz de Alerta' se sentía solo era cuando, ya avanzada la noche, abandonaba la redacción de Amanecer. Era muy corriente que no se dirigiera directamente a su domicilio sino que se dedicara a deambular por la ciudad. Por regla general, se daba una vuelta por los Cuarteles de Artillería, donde inevitablemente se acordaba del comandante Martínez de Soria. Luego solía detenerse en el Puente de Piedra y allí, acodado en el pretil, contemplaba las lentas aguas del Oñar, soñando con poder canalizarlo un día, a fin de yugular el peligro de las inundaciones. Luego bajaba por la Rambla, o se internaba al azar por cualquier calle. Gerona estaba desierta a esa hora, desierta y oscura. Las guerras traían eso: luces de victoria, pero falta de bombillas. ¿Cuándo podría dotar a Gerona de una red eléctrica que asustase a las ratas e infundiese confianza a los hombres? 'La Voz de Alerta' escuchaba sus propios pasos de alcalde resonar en las aceras. Los serenos lo saludaban. La ciudad dormía, a excepción del Casino de los Señores, donde varias mesas de póquer se prolongaban hasta la madrugada; y a excepción del Convento de las Adoratrices, donde las monjitas se turnaban ante el Sagrario.

Gerona contó muy pronto con otro triunfador. Triunfador inédito, puesto que era forastero, puesto que llegaba de lejos. Era uno de los seis jesuitas llegados a la ciudad para cuidar de nuevo de la iglesia del Sagrado Corazón. Dichos jesuitas se instalaron en la Residencia aledaña al templo y en poco tiempo, confirmando las esperanzas del señor obispo -"¡ah, si los jesuitas volvieran a Gerona!", le había dicho el prelado a mosén Alberto-, se constituyeron en una célula viva y operante, que a buen seguro pesaría lo suyo en el remozamiento de la religiosidad gerundense.

Lo cierto es que la llegada de los representantes de la Compañía de Jesús había dado lugar a comentarios muy diversos, y no sólo en el Café Nacional.

– Los jesuitas son muy inteligentes, desde luego; pero van a lo suyo…

– No digas tonterías. Han sido siempre la flor y nata. Por eso la República los expulsó.

– ¿A ti te parece bien que jueguen a la Bolsa?

– ¿Y cómo sabes tú eso?

– Vamos hombre… ¡Verás lo que ocurre aquí! No habrá viuda rica que se les escape…

El padre Forteza, el más joven de la comunidad -el triunfador inédito de que se habló-, pareció llegar dispuesto a desmentir cualquier tipo de acusación. Nadie podía decir de él que se interesara por las viudas, fuesen ricas o pobres; más bien daba la impresión de que lo único que le importaba era glorificar a Dios y ocuparse del alma de la juventud.

– Si lo conocieras -le había dicho Alfonso Estrada a Jorge de Batlle-, podrías afirmar que has conocido a un santo. ¡Y cuidado que yo me resisto a emplear esta palabra!

Jorge de Batlle no puso en entredicho la declaración de su amigo Estrada, huérfano como él y que había combatido en el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat. Jorge había visto de lejos al padre Forteza y le habían llamado la atención sus grandes ojeras -lo mismo que a Ignacio, cuando éste, al pasar por delante del Sagrado Corazón, vio al jesuíta-, así como sus calcetines blancos, que le asomaban escandalosamente por debajo de la sotana.

– ¿De dónde es?

– De Palma de Mallorca.

Alfonso Estrada se había erigido en el gran propagandista del padre Forteza. Hablaba de él con todo el mundo; y todo el mundo le hacía caso, porque en verdad el jesuita se había hecho, por méritos propios, inmensamente popular.

Tenía unos cuarenta años, aunque aparentaba menos edad. Alto, de porte aristocrático, con lentes de montura de plata, su figura hubiera recordado a la de Pío XII, en el supuesto de que éste hubiese sabido sonreír. En las sienes le temblaban venillas azules. Su barbilla era afilada, lo que Alfonso Estrada atribuía a la abundancia de ayunos. Su expresión más característica era el asombro. "¡No es posible!", exclamaba siempre. Y después del asombro, la alegría. Su manera de andar y todos sus ademanes respondían a una íntima alegría interior.

El padre Forteza era efectivamente mallorquín, de ascendencia judía. Tenía un hermano, también jesuita, en la misión de Nagasaki, en el Japón. Siempre contaba que el relámpago de la vocación le había llegado una noche al salir de un baile. Dos hombres se peleaban en la calle y uno de ellos blasfemó. Aquella blasfemia se introdujo en sus oídos como si fuera un puñal. Regresó a su casa como tambaleándose, perseguido por un perro. Ya en su cuarto rompió a llorar, sin saber por qué. Quiso reaccionar silbando, pero aquella blasfemia le golpeaba una y otra vez el cerebro. Entonces miró el crucifijo incrustado en la cabecera de la cama, en la pared. Y cayó de rodillas, presa de un júbilo inexplicable. Al día siguiente, en misa, decidió consagrarse a Dios.

La cualidad predominante en el padre Forteza era la imaginación. Sus respuestas aturdían porque representaban lo insólito. Jugaba con las palabras como si fuesen gnomos domesticados. Si se le hablaba del cielo, al que llamaba "aldea futura", decía: "Allí podré quitarme los lentes". Si se le hablaba de Gerona, contestaba algo parecido a lo que antaño dijera José Alvear: "Las murallas no impiden entrar, sino salir". Si se citaba la bahía de Palma, su patria chica, cortaba rápido: "Nunca he comprendido del todo la utilidad del mar. Creo que podríamos prescindir de él; y por supuesto, sin él sería mucho más fácil llegar a Mallorca".

El padre Forteza, al ser expulsada de España la Compañía de Jesús, pasó una temporada en Roma, donde cursó estudios bíblicos, y luego se fue a Alemania, a Heidelberg. En Heidelberg vivió rodeado de libros, cuyas márgenes solía acotar con pintorescos comentarios. Al llegar a Gerona tuvo dos sorpresas. La primera, que la necesaria reconstrucción de la fábrica Soler se efectuara en el mismo sitio que ocupaba antes, en el centro del casco urbano. "¿No era la ocasión para destinar el solar a jardín? A esta ciudad le faltan zonas verdes". La segunda que circulara por todas partes tanta propaganda nazi. Los primeros muchachos que acudieron a él, y que constituirían el fermento de su gran obra, las Congregaciones Marianas, recibían la revista 'Signal', la revista 'Aspa' y toda clase de folletos. "Pero -les preguntaba el padre Forteza- ¿es que el Gobierno Español no está enterado de que, exactamente el 10 de abril de 1937, Pío XI condenó oficialmente el nazismo? ¿Y no está enterado de que Hitler persigue a los católicos?". Los muchachos, entre los que figuraban, además de Estrada, Pablito, hijo del Gobernador; Enrique Ferrándiz, hijo del Jefe de Policía; Ramón Montenegro, hijo del Director del Banco de España, etcétera, se encogían de hombros. No se les escapaba la contradicción, pero ¿qué hacer? Estaban influidos por la arrolladura ofensiva desencadenada en España por el Führer y sus seguidores. "Alemania empuja ¿no es cierto, padre? Trae un aire nuevo". El padre Forteza asentía, estupefacto y murmuraba: "Ya…"

Según mosén Falcó, joven sacerdote nombrado consiliario de Falange, y que formaba parte de la Comisión Depuradora del Magisterio, la clave del éxito apostólico obtenido en pocas semanas por el padre Forteza se debía a la sabia combinación de ironía y piedad. No era fácil encontrar un hombre tan entregado a Dios y que al mismo tiempo supiera hacer el payaso. Así como Galindo, el funcionario de Obras Públicas, caricaturizaba con los signos de su máquina de escribir los rasgos faciales de la gente, el jesuíta imitaba sus gestos y sus posturas, incluyendo los de sus superiores jerárquicos. A mosén Alberto, por ejemplo, lo parodió muy pronto con extrema facilidad, a base de levantar coquetonamente la cabeza, de simular que se cambiaba de brazo el manteo y de tomar cualquier taza irguiendo el dedo meñique. Del profesor Civil hacía una auténtica creación, encorvándose un poco, mirando por encima de las gafas y echando a andar saludando con timidez a derecha y a izquierda. Y un día en que Mateo fue a visitarlo, para pedirle que diera una charla en el local de las Organizaciones Juveniles, el muchacho se quedó perplejo cuando el padre Forteza, al término de la conversación, le mostró la uña del pulgar derecho, en la que llevaba dibujadas con tinta china las cinco flechas. "¿Qué te parece? -le preguntó el jesuíta-. ¿Son así, o he cometido algún error?". Mateo se rió, recordando que Pilar acostumbraba a dibujarse en la misma uña una cara de monja. La expresión plástica de la personalidad del padre Forteza era su celda, en la que recibía a los congregantes. Tenía un aspecto revoltoso y deportivo que hubiera sacado de quicio al rígido Cosme Vila. Libros en desorden, un pajarito amarillo en una jaula, objetos mil y ropa tendida a secar. En efecto, siempre colgaban de una cuerda tensa, atada a la ventana, calcetines y pañuelos, pues el padre Forteza gustaba de lavarse él mismo esas prendas en el lavabo. Más de una vez había oído en confesión mientras lavaba una camisa. Porque el padre Forteza se negó desde el primer momento a confesar a los chicos en el confesonario. "El confesonario es para las mujeres, que no hacen más que contar chismes. Vosotros en mi celda, dándome la cara y recitando los pecados en voz alta, que es lo que os hará rabiar". La celda del padre Forteza cobró pronto tal celebridad que no faltaron muchachos que se inventaron graves culpas con el solo objeto de poder verla. Aunque el jesuíta, que no se dejaba engañar, después de escuchar con paciencia le decía al presunto arrepentido: "Ahora arrodíllate y confiésate de haberme contado esta sarta de embustes".

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