El agradable entendimiento entre el señor obispo y 'La Voz de Alerta' significó para éste un espaldarazo moral. ¡Eran tantos los que lo acusaban de intolerante que, en ocasiones, estaba a punto de chaquetear! El propio notario Noguer le decía: "¿No lo fatiga a usted firmar tantas denuncias? En la vida lo más hermoso es perdonar". Al oír esto, 'La Voz de Alerta' se estremecía. Pero entonces recordaba la dialéctica empleada por el doctor Gregorio Lascasas en favor de la "santa intransigencia" -y las palabras de Cristo: El que no está conmigo está contra Mí-, y cobraba fuerzas de nuevo.
Tal vez la única persona que hacía tambalear sus convicciones era su nueva criada, una rechoncha criatura llamada Montse, llegada a Gerona no se sabía cómo. La muchacha tenía veintidós años y para salir a la calle se perfumaba que era un placer. 'La Voz de Alerta' la contemplaba en ocasiones mientras ella fregaba de rodillas el suelo, y sentía violentas sacudidas en su carne pecadora. Sí, tenía la impresión de que, llegado el caso, ahí daría su brazo a torcer. "Con el permiso del señor obispo -se decía a veces- cualquier noche de éstas voy a cometer una barbaridad".
Dejando a un lado estas sacudidas provocadas por Montse, 'La Voz de Alerta' hacía honor a ese mote que adoptó como seudónimo en los primeros tiempos de la República. Tenía ojo para todo y los concejales lo ponían al corriente día a día de cuanto ocurría en la ciudad. Por cierto que tales informaciones a veces eran halagüeñas, a veces no. Era halagüeño, por ejemplo, que no existiera el paro obrero; que todas las calles tuvieran ya su nombre adecuado; que las madres pudieran pasear a sus hijos sin temor a huelgas o disparos; y, sobre todo, que la imagen de Laura, la mujer que fue su esposa, que murió lapidada junto con mosén Francisco, estuviera en verdad presente en el corazón de los ciudadanos, como se demostró con ocasión de los funerales celebrados en memoria suya, a los que asistió una gran multitud.
No era halagüeño, en cambio, que muchas personas hubieran descubierto de repente que tenían antepasados carlistas -"¿corno separar el grano de la paja?", se preguntaba el veterano tradicionalista- y que Gerona hubiera sido elegida para enviar a ella tantos depurados de otras provincias. "¿Se habrán creído que esto es una Casa de Salud?". Tenía noticia de que las tertulias que dichos depurados celebraban en el Café Nacional -a las que Matías Alvear se había ya incorporado- se criticaba a destajo y se propagaban toda clase de bulos. Un guardia urbano le habló de un tal Galindo, funcionario de Obras Públicas, quien por lo visto era un experto mecanógrafo que, utilizando sólo la letra 'm' y dos o tres signos, se dedicaba a hacer caricaturas de las autoridades, empezando por la suya. "¡Si consigue usted traerme uno de esos retratos, la caricatura se la haré yo!".
Tampoco consideraba halagüeño que los gerundenses se hubieran lanzado masivamente a leer tebeos. Era difícil saber qué mosca les habría picado. En todas partes, hombres hechos y derechos, lo mismo pertenecientes a la clase obrera que a la clase media, leían revistas infantiles. Caminaban por la calle absortos o se sentaban en lo bancos de los parques o en los cafés. Lo curioso era que no sonreían. Por el contrario, sus semblantes parecían dramáticamente hipnotizados por aquellos dibujitos y colorines. Fanny y Bolen, si los hubieran visto, habrían supuesto que leían a Nietzsche o a Rosenberg. ¿Qué ocurría? El concejal de Cultura, un hombre que vendía máquinas de coser, opinaba simplemente que aquellos gerundenses querían evadirse, bañarse de ingenuidad después de la tragedia pasada. Sin embargo, 'La Voz de Alerta' se preguntaba si detrás de tan singular fenómeno no se escondería algo más alarmante.
– ¿Qué podemos hacer para mejorar el nivel?
– ¡Bah! No hay más remedio que dejar pasar el tiempo… En otro orden de cosas, el alcalde se propuso atajar, en la medida de sus fuerzas, una epidemia que, según el comisario Diéguez, empezaba a propagarse por la ciudad: el homosexualismo. No quiso hablar de ello con el señor obispo para ahorrarle un disgusto. ¡Menuda parrafada -homilía- hubiera soltado el doctor Gregorio Lascasas, nacido en Zaragoza y antifeminista por convicción, apoyándose para ello en algunos textos de San Pablo! Pero no podía dudarse de que el homosexualismo era una realidad, con tres focos definidos: los cuarteles -lo que afectaba al general-; la cárcel -lo que afectaba al Jefe de Prisiones-; y el Manicomio -lo que afectaba al doctor Chaos-. Existían también algunos francotiradores dispersos por la localidad; pero ésos eran conocidos desde siempre por todo el mundo, no constituían peligro de contagio y de ellos se ocuparía el propio comisario Diéguez, quien por cierto llevaba siempre un clavel blanco en la solapa.
El general, advertido, reaccionó con violencia. "¡Eso lo acabo yo en una semana!". El Jefe de la Prisión prometió "tomar las medidas oportunas". El doctor Chaos, en cambio, al escuchar el aviso tuvo una expresión ambigua, los dedos de sus manos hicieron crac-crac y comentó: "Es algo inevitable en cualquier manicomio. Hay enfermos predispuestos a ello. Resulta muy difícil actuar".
¿Por qué resultaba difícil actuar en el manicomio? Otra circunstancia incomodaba a 'La Voz de Alerta'; pese a ser el director de Amanecer, su obligación era someter el periódico a la Censura. Las órdenes del Gobernador eran concretas al respecto. No podía publicar un simple anuncio sin enviar antes las pruebas de imprenta… a Mateo.
– Pero ¿qué pasa aquí? ¡Cuando Mateo andaba a gatas yo escribía ya los editoriales de El Tradicionalista!
– Eso no tiene nada que ver, amigo. No es cuestión de antigüedad. Mateo representa aquí a la Dirección General de Prensa y tiene sus normas.
Normas… ¡Sí, claro! Él mismo había repetido hasta la saciedad que sin disciplina no se podía ir a ninguna parte. Lo que ocurría era que existía una gran diferencia entre mandar y obedecer.
Bueno, no era cosa de hacerse mala sangre… ¡Existían tantas compensaciones! ¿No era el triunfador de la ciudad? El propio don Anselmo Ichaso, el de la hermosa barriga y los trenes miniatura, le había escrito desde Pamplona: "¡Le felicito a usted! ¡Ahora tendrá usted ocasión de llevar a la práctica sus proyectos, de organizar a su modo su querida Gerona!".
Era cierto. La naturaleza dual de 'La Voz de Alerta', pese a los pequeños inconvenientes, podía manifestarse a gusto. Para cerciorarse de ello no tenía más que recordar su situación cuando quien ocupaba el sillón de la Alcaldía era Gorki. Este solo pensamiento le bastaba para ser feliz, a lo que sin duda contribuía un equilibrio físico envidiable, gracias al cual el cuerpo no era para él un lastre; antes al contrario, un venero de sensaciones placenteras.
Semejante estado lo predisponía, como siempre, a dar rienda suelta a su vertiente afectiva, que existía, ¡cómo no!, en su interior. Aquella vertiente que lo llevó antes de la guerra a ocuparse de los problemas que solían atosigar a su fiel criada, Dolores. En esos meses de clima tibio, los beneficiarios de su explosión sentimental eran los ancianos. Sí, el flamante alcalde se ocupaba ahora de los ancianos gerundenses, de los que quedaron abandonados, como si de sus padres se tratase. Había internado a gran número de ellos en los Establecimientos previstos a tal fin y se las ingeniaba para obtener a su favor, milagrosamente, las debidas subvenciones. Además, consiguió que Marta lo ayudase en esa tarea. Las chicas de la Sección Femenina visitaban periódicamente a esos viejos asilados, protegidos de 'La Voz de Alerta', haciéndoles un rato de compañía y llevándoles pequeñas fruslerías que distrajeran su ánimo.
Con todo, los días eran largos y 'La Voz de Alerta', de repente, dejaba de ser feliz y se sentía abrumadoramente solo. Sobre todo al caer la tarde, no era raro que se pasease por el Piso, con las manos a la espalda, contemplando las paredes como si en ellas hubiera un jeroglífico. Entonces se preguntaba si no le convendría volver a abrir su consulta de dentista, tanto más cuanto que sólo habían quedado dos profesionales en la ciudad, que al parecer no daban abasto, puesto que las dentaduras se habían estropeado con la guerra tanto como los espíritus.
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